| MADRID BIEN VALE UNA MISA
Tiempo Toda España siguió el noviazgo, entre San Sebastián y Biarritz, de Alfonso XIII y Victoria Eugenia hace justo un siglo. Su culminación fue el bautizo católico de la princesa inglesa. ¿Quién es ésa del pelo casi blanco?”. El joven invitado no era precisamente discreto, y la muchacha señalada le oyó. “Éste se ha pensado que soy albina”, comentó irritada. Esas frases nada románticas fueron las primeras que se dedicaron el imberbe rey de España y la princesa más hermosa de Europa la noche que se vieron por primera vez. Sin embargo Alfonso XIII y Victoria Eugenia iban a protagonizar una de las raras historias de amor entre la realeza de hace un siglo. Duraría poco y terminaría como el rosario de la aurora, pero ésa es otra historia. A principios del siglo XX, toda España estaba en vilo porque Alfonso XIII se echase novia y se casara. La expectación que en nuestros días han despertado los romances del príncipe Felipe es un pálido reflejo del auténtico problema nacional que se vivía entonces. Alfonso XIII, nacido póstumo, era el único varón de la Familia Real, y presentaba un preocupante aspecto enfermizo. De hecho, sus dos hermanas morirían con sólo 24 y 30 años, su padre Alfonso XII lo había hecho con 27. El día que cumplió 18 años, el 17 de mayo de 1904, la comisión del Congreso que fue a cumplimentarle, tras las felicitaciones le planteó que era urgente que se casara. El joven monarca, sin embargo, les salió respondón. Dijo que pensaba casarse por amor y que no se iba a echar novia “por fotografía”. En aquellos tiempos la postura de Alfonso XIII parecía una irresponsabilidad, propia de la mala educación que había recibido, que le hacía pensar que su real capricho era la ley suprema. Lo normal era todavía que los matrimonios dinásticos se decidieran por razón de Estado, y que los jóvenes de la realeza se convirtiesen en novios antes de conocerse personalmente. La diplomacia matrimonial estaba trabajando ya. La madre del rey, la hasta hacía poco regente María Cristina de Habsburgo, quería una princesa germánica y católica, pero el gobierno prefería una inglesa con la que no hubiese lazos sanguíneos, y que además acercara España a Inglaterra, la primera potencia del mundo. El marqués de Villaurrutia, ministro de Estado (como se llamaba entonces al de Exteriores) se convirtió en el gran casamentero. Su elección fue la princesa Patricia de Connaught, nieta del rey Eduardo VII. Los respectivos gobiernos y familias reales dieron el visto bueno, y Alfonso XIII, con 19 años recién cumplidos, fue enviado en viaje oficial a Inglaterra. Pese a sus pretensiones de no echarse novia “por fotografía”, le habían resuelto el asunto a la antigua usanza. La novia elegida, sin embargo, no estaba por la labor. Se hallaba enamorada de otro y le demostró a Alfonso XIII que no le gustaba ni pizca. Tras una comida en casa de Patricia, el rechazo era tan evidente que a Alfonso XIII le entró una depresión. “¿De verdad soy tan feo?”, le preguntó a un cortesano de confianza. Lo era, en efecto. Su padre Alfonso XII había sido un guapo hombre, pero Mª Cristina era francamente fea –además de poco atractiva, seca y antipática– y tanto Alfonso como las infantas María Mercedes y María Teresa habían salido a la madre. Alfonso compensaba, no obstante, su poca prestancia física con un desparpajo y una simpatía que le hacían atractivo. Además, le gustaban mucho las mujeres, las mujeres guapas. Tras el bache en casa de Patricia, esa noche hubo una cena de gala en el palacio de Buckingham y Alfonso decidió quitarse las penas coqueteando con la más bella de todas las presentes, precisamente “la del pelo blanco” que ya había llamado su atención el primer día en Londres. Ella era Victoria Eugenia –Ena para los amigos– de Battemberg, nieta de la reina Victoria y sobrina de Eduardo VII. No tenía tratamiento de Alteza Real ni título de princesa porque su abuelo paterno, el príncipe Alejandro de Hesse, había rebajado su sangre soberana casándose con una simple condesa, y esas cosas se miraban mucho en la Corte victoriana. A Alfonso XIII no pareció importarle mucho esa pequeña falta de estirpe. Ena, además del célebre pelo rubio ceniza que parecía casi blanco, tenía unos ojos azules, un cutis marfileño, una perfección de facciones y un tipazo. No se acordaba cómo le habían dicho que se llamaba la belleza, pero le dijo: “¿Coleccionas postales?”. Era una fórmula para proponer escribirse un inicio de relaciones. Ella confesaría luego cómo lo había encontrado: “Muy delgado, muy meridional, muy alegre, muy simpático... Guapo no era”. No, pero ofrecía en bandeja una corona real, de forma que Ena le dijo que le encantaban las postales. Una semana después, el diario ABC publicaba la foto de Ena de Battemberg, dando a conocer al público el posible romance del rey. Romance por carta, o mejor dicho, por tarjeta postal, pues efectivamente, al volverse Alfonso XIII de Inglaterra, Ena comenzó a escribirle tarjetas, de las que se conservan 90 en el archivo del Palacio Real. A los españoles parece que les gustó la bella inglesa tanto como al rey. A primeros de septiembre, ABC publicó el resultado de un concurso entre sus lectores para que eligieran candidata a reina de España. Entre ocho princesas, Ena quedó la primera con 18.427 votos, 5.000 más que la candidata del gobierno, Patricia de Connaught. Ena encontraba, no obstante, resistencias. El ministro de Estado, humillado porque no hubiera salido su plan, daba malos informes sobre ella, y una tía del rey, la infanta Eulalia, hermana de Alfonso XII, inició en Inglaterra una auténtica campaña contra esa boda. En las postales de Ena hay repetidas referencias a las maquinaciones de la infanta Eulalia. Nunca ha quedado claro, pero quizá sabían o adivinaban que Ena era portadora del germen de la hemofilia. En todo caso, Alfonso XIII había decidido que era la novia que le gustaba y nada podría torcer su real voluntad. La madre del rey, la beatísima María Cristina, aún insistía en que hiciese un viaje por Austria y Alemania para conocer princesas católicas. A doña Virtudes, como llamaban a María Cristina, le espantaba que Ena fuese protestante –más le espantaría luego que fumase, se maquillara y enseñara las piernas en la playa–, pero eso tenía arreglo. Ella estaba dispuesta a sacrificar su fe para ser reina de España. A principios de 1906, hace ahora justo un siglo, el noviazgo se hizo oficial. El hermano mayor de la novia, Alejandro de Battemberg, vino a Madrid para formalizar los acuerdos necesarios, y Ena, acompañada de su madre, la princesa Beatriz de Inglaterra, se instaló en Biarritz, en Villa Mouriscot, la mansión de verano de la princesa Federica de Hannover, que se prestaba encantada al papel de casamentera. Inmediatamente, Alfonso XIII se trasladó a San Sebastián y el 25 de enero de 1906 se presentó en automóvil en Villa Mouriscot. No se habían visto desde que él le preguntara si coleccionaba postales. Aunque oficialmente iba de incógnito, había una nube de periodistas y fotógrafos esperándole a las puertas. Ahora nos parece lo normal, pero entonces era una situación insólita: ¡un romance de reyes ante los medios informativos! Alfonso pidió formalmente a la princesa Beatriz la mano de su hija, y le regaló a ésta un corazón de rubíes rodeado de brillantes, una joya soberbia. Dos días después la trajo por primera vez a España, al palacio de Miramar de San Sebastián, para que conociese a su severa suegra doña Virtudes. Después se separaron para atender sus obligaciones. Alfonso unos viajes oficiales, Ena la catequesis para convertirse al catolicismo. La preparación espiritual tuvo lugar en febrero en un sitio tan mundano como Versalles, y se encargó de ella un obispo católico inglés, el de Nottingham. Como Ena había dicho que le gustaban las naranjas españolas, Alfonso le mandó un naranjo cuajado de frutos en una gigantesca maceta, que iban regando durante el viaje por ferrocarril. A ella lo del catolicismo le resultaba un auténtico sapo, pero se lo tragó. En las postales a Alfonso le decía el sonrojo que le causaba tener que confesarse, y que la ceremonia de conversión le parecía “terrible” y “horripilante”. Pero el 7 de marzo estaba a pie firme en la capilla de la residencia real de Miramar, sola, pues su madre, como princesa de la Casa Real británica, no podía asistir a una abjuración de la fe anglicana. Quien sí estaba en la ceremonia, pese a ser ateo y masón, era el jefe del gobierno español, don Segismundo Moret... ¡obligaciones del cargo! Victoria Eugenia fue bautizada por segunda vez en su vida, y le añadieron a esos nombres el de Cristina, para contentar a su suegra. Al día siguiente, con 18 años, tomó la primera comunión, y enseguida llegó a San Sebastián Eduardo VII, que como rey de Inglaterra era cabeza de la Iglesia Anglicana, para bendecir con su presencia el cambio de religión. En Londres hubo muchas críticas en la prensa, a las que se sumaban en España los periódicos de extrema derecha. Eduardo VII concedió a Victoria Eugenia Cristina el tratamiento de Alteza Real y el título de princesa de Gran Bretaña e Irlanda, para que cuando subiera al altar con Alfonso no hubiese tanta diferencia de jerarquía. Pero le hizo renunciar a sus derechos sucesorios al trono británico y no le dio ninguna dote. Madrid bien vale una misa, y más si sale gratis.
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