LA PROVIDENCIA Y EL GENERAL FRANCO

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Luis Reyes, 20/02/06

El ascenso a general de un militar de sólo 33 años, hecho insólito en Europa, iba a determinar hace 80 años la Historia de la España contemporánea.

La compañía de Regulares de Melilla se lanzó al asalto de la Loma de las Trincheras, en monte Biutz, con su acostumbrado ardor temerario. Las fuerzas indígenas habían sido creadas para eso, para servir de carne de cañón en la terrible Guerra de África, para ahorrar muertes de reclutas españoles, que provocaban problemas políticos en España. En su primer año de existencia, los Regulares habían sufrido un 40 por 100 de bajas.

También era muy alta la mortalidad entre los oficiales españoles que mandaban a los soldados moros. El jefe de la compañía, un joven capitán llamado Francisco Franco, fue alcanzado en el vientre al coronar la loma. Los camilleros le trasladaron hasta el puesto sanitario avanzado, pero cuando el médico vio la herida su dictamen fue: “Mortal de necesidad”. Y le dejó morir sobre la camilla mientras atendía a otros que sí tenían salvación.

Aquí debería acabar la historia con minúscula de Francisco Franco Bahamonde. En realidad iba a suponer su entrada en la Historia con mayúscula.

Porque el capitán no se moría. Ni siquiera perdía el sentido. Veía ir y venir a las ambulancias que se llevaban al hospital de Ceuta a los otros heridos llegados después que él... Cuando comprendió que le iban a dejar morir allí, le pidió a su ordenanza el fusil y llamó al médico. Apuntándole con el arma le conminó: “En la próxima ambulancia voy yo, o te mato”. Fue evacuado en la ambulancia siguiente y en el hospital de Ceuta salvó la vida.

Ésta es al menos la historia que el propio Franco le contaría a su única hija, Carmencita, quien la daría a conocer muchísimos años después. No hay forma de refrendarla, pues no existen informes ni registros documentales del hecho. Si hubiesen existido le habrían costado un consejo de guerra al capitán Franco. En vez de eso, la acción de la Loma de las Trincheras le valió el ascenso a comandante por méritos de guerra.

Los generales que malamente dirigían la Guerra de África necesitaban apremiantemente héroes para disimular el desastre en que se habían metido. “Franquito”, como llamaban todos a aquel menudo oficial, daba bien el perfil. Era muy joven, casi con cara de niño, pero muy serio y, desde luego, valiente. Lo propusieron nada menos que para la Laureada de San Fernando, la más alta condecoración al valor.

Pero los estatutos de la orden eran muy estrictos y la petición fue rechazada. Para compensar el fiasco, los generales decidieron algo inaudito, ascender a Franquito a comandante.

Franco sólo tenía 23 años. A esa edad lo normal era ser teniente y mandar una sección de 30 soldados. Un comandante mandaba un batallón de 500 o más hombres, y tenía responsabilidades tácticas y organizativas. En ningún ejército europeo había comandantes de esa edad.

Ese extraordinario salto en la carrera militar de Franco sería la primera ficha de un dominó que le llevaría a la cúspide. Diez años después sería el general más joven de Europa; esto le permitiría, en otros diez años más, convertirse en el jefe supremo del alzamiento militar contra la República. Y así llegar a dictador de España hasta su muerte en la cama, cuatro décadas más tarde.

Junto a las consecuencias materiales para la carrera de Franco, la acción de la Loma de las Trincheras las tuvo también morales. Tras su inexplicable curación –motivada al parecer porque al coronar la loma, la fatiga hizo que se comprimieran los pulmones de Franco, con lo que la bala no tocó los órganos vitales– los moros comenzaron a decir que tenía baraka, la suerte milagrosa de los elegidos de Dios.

Quizá fue entonces cuando el propio Franco comenzó a considerarse a sí mismo un ser providencial. La máquina propagandística del franquismo haría posteriormente que millones de españoles le creyeran también un enviado de Dios.

La verdad es que en la vida del dictador se sucedieron acontecimientos extraordinarios que determinaron su destino y, con él, el nuestro. Los hagiógrafos del Caudillo prefieren ver en ello la mano de la Providencia en vez de la casualidad o el determinismo de la Historia.

El primero había sido el cierre de la Academia Naval tras el desastre del 98. Franco pertenecía a una familia de El Ferrol de tradición naval, y desde que nació estaba destinado, como sus hermanos, a ser marino. Pero los norteamericanos habían destruido la flota española en la Guerra de Cuba, y sin barcos no hacían falta marinos. La frustración de no poder entrar en la Armada ha sido apuntada por algunos historiadores para explicar la curiosa actitud de Franco respecto a la Cuba de Fidel Castro y su enfrentamiento con Estados Unidos; pese a su anticomunismo y a su alianza con Washington, Franco rompió el bloqueo norteamericano de la Cuba castrista y supuso un sostén de hecho para el régimen de Fidel Castro. Pero eso es otra historia.

Sin Academia Naval, el adolescente Franco no tuvo otro remedio que ingresar en la de Infantería y hacerse militar de rebote. Si hubiera sido marino, su papel en el alzamiento y la Guerra Civil habría sido tan intrascendente como el de todos los marinos y jamás habría alcanzado el poder.

No es extraño que en la semblanza biográfica de Franco publicada por una institución incondicional, la Fundación Nacional Francisco Franco, se diga: “Al contrariar su vocación, la Providencia empezaba a marcar el rumbo de su destino”.

El temprano ascenso tuvo otras consecuencias en el carácter del personaje. Como se había convertido en una celebridad, Millán Astray, personaje estrambótico y carismático, tuerto y manco, le fichó para su recién creada Legión, una tropa de choque mercenaria a imitación de la famosa Legión Extranjera francesa. Allí Franquito se convirtió en el Comandantín. No era sólo por su juventud, sino porque físicamente no daba la imagen de un comandante legionario. Era bajito, tendía a la obesidad y su cara era de expresión blanda, meliflua. Por si fuera poco, tenía la voz atiplada.

Así surgió la leyenda del castrado. No existe ningún dato que la apoye, pero como Franco ha tenido aún más detractores que hagiógrafos, su falta de virilidad aparente se convirtió en una constante en las burlas, las caricaturas y los chistes que, incluso antes de convertirse en dictador, corrían sobre él.

Para compensar esos rasgos feminoides, el Comandantín se convirtió en el jefe más duro que imaginarse pueda. Cuando hubo que ir a socorrer Melilla, a punto de ser tomada por los rifeños, Franco obligó a su bandera (batallón) de la Legión a realizar una marcha forzada de 100 kilómetros en día y medio, en la que varios curtidos legionarios murieron de fatiga. Y es fama que fusiló a alguno por decir que no le gustaba el rancho.

Su etapa de comandante de la Legión le hizo desarrollar esa falta de piedad que señalan los historiadores cuando, tras la Guerra Civil, firmaba sentencias de muerte para antiguos compañeros y amigos que habían permanecido leales a la República.

También le sirvió para desarrollar otras habilidades. La Legión era un microcosmos, y su sede central, el cuartel de Dar Rifién, una especie de estado dentro del Estado. Allí no se dependía de la Intendencia ni de la burocracia militar, la Legión no sólo tenía sus propias leyes –terribles– sino sus propios recursos: huertas, granjas, ganados que permitían a los legionarios vivir muy por encima del soldado español en campaña.

Como el organizador de todo esto fue Franco, desarrolló una extraordinaria seguridad en sí mismo, una autoestima que le haría pensar que era capaz de cualquier cosa, desde escribir el guión de una película –Raza, dirigida por José Luís Sáenz de Heredia bajo la directa supervisión del Caudillo– hasta gobernar de manera autocrática España durante 40 años.

En febrero de 1926, hace ahora 80 años justos, Franco dio otro salto providencial. Apadrinado por Alfonso XIII y en el ambiente propicio de la dictadura militar de Primo de Rivera, fue ascendido a general con 33 años recién cumplidos. Era algo sin precedentes en los ejércitos europeos desde las conmociones de la Revolución Francesa.

En España raramente llegaba un militar al generalato antes de los 50 años; los más brillantes, los que ascendían por méritos de guerra, en la cuarentena. Si Franco hubiera seguido esa pauta profesional, al estallar la Guerra Civil habría sido teniente coronel o todo lo más, coronel. Aunque hubiera tenido un papel importante en la rebelión, no habría podido ser designado su jefe supremo por la Junta de Generales que, en el primer momento, asumió el mando en la España sublevada.

No vamos a pensar que esto cambiara el desarrollo de la Guerra Civil, pero dado que la mayoría de los generales eran monárquicos, la victoria de los alzados habría supuesto seguramente la restauración de la monarquía, en Alfonso XIII o en su hijo don Juan. En todo caso algo es seguro: si no hubiese habido general Franco, no habría habido franquismo.

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