ASIA, LA PASIÓN DE SAN FRANCISCO JAVIER

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Luis Reyes, 03/04/06

Patrón de las misiones, Francisco de Javier abrió una ventana para Europa en Extremo Oriente. Ahora su cuerpo atrae a Goa masas de peregrinos.

En el Siglo de Oro español hasta los santos eran brillantes. Nobles, cortesanos, hombres de armas y letras, San Ignacio de Loyola, San Francisco de Borja o San Francisco Javier, la Santísima Trinidad jesuita, conocen las glorias del mejor de los mundos antes de tomar el hábito. Íñigo de Loyola, paje en la corte de los Reyes Católicos, gentilhombre del virrey de Navarra y capitán aguerrido, tiene el arranque místico de cambiar de vida tras una grave herida en batalla. Pero cuando decide fundar una orden religiosa, la concibe como una “compañía ligera de caballería”, la Compañía de Jesús, una organización revolucionaria en el seno de la Iglesia que se convertirá en la orden más influyente de la Historia.

Francisco de Borja es duque de Gandía, Grande de España, virrey de Cataluña, bisnieto de Papa y enamorado de la emperatriz Isabel, la esposa de Carlos V. La visión del cadáver descompuesto de ésta desencadena el trauma que le lleva a la Compañía de Jesús; pero al igual que le sucedía en la vida civil, alcanzará en ella la jerarquía suprema, general de la orden o, como se dice casi con temor, “Papa Negro”.

En cuanto a Francisco de Javier, de quien se cumple el quinto centenario, no sufre una conversión rodeada de dramatismo como los anteriores, pero su vida religiosa será la aventura vital más extraordinaria de los tres, la hazaña inaudita de un hombre que se lanza él solo a la conquista de Asia.

Francisco de Jaso y Azpilicueta nace el 7 de abril de 1506 en el castillo familiar de Javier, del que tomará el nombre. No está destinado a la nobleza militar, sino a la de toga, como su padre Juan de Jaso, consejero del último rey francés de Navarra, Juan III de Albret. Sus hermanos mayores sí se dedican a las armas, y luchan a favor del candidato francés contra Fernando el Católico. En Pamplona, un curioso destino les hace combatir frente a un capitán llamado Íñigo de Loyola.

Las lealtades de la nobleza son cambiantes. Una hermana mayor de Francisco ha sido dama de Isabel la Católica, pero el castillo familiar es confiscado, y el benjamín de Juan de Jaso se va a la Universidad de París, donde es un estudiante tan aprovechado como juerguista. Hasta que un día se encuentra durmiendo con su enemigo, pues en el colegio de Santa Bárbara donde vive ha de compartir habitación con... ¡Íñigo de Loyola!

El inicial rechazo se va a convertir en devoción. San Ignacio le da la vuelta como a un calcetín a la vida de Francisco, hasta el punto de que es uno de los siete iluminados que un 15 de agosto de 1534 fundan la Compañía de Jesús en la parisina capilla de Montmartre.

Pronto se va a convertir en primer secretario de la orden en Roma, pero hay una inquietud en él que le hace rechazar los puestos burocráticos, buscar la acción. Cuando el rey de Portugal pide misioneros jesuitas para sus dominios de la India, se las arregla para ir él a la empresa.

En una época en que a los 40 años se es viejo, emprende la aventura asiática con 35.Tarda más de un año en el azaroso viaje hasta la India, en el que pasa todo el catálogo de penalidades, pero vale la pena, pues cuando llega descubre su pasión asiática.

Recorre la costa índica hasta el extremo sur, convive con los pescadores de perlas y pasa a Ceilán, donde se enfrenta a la matanza de cristianos. Sube luego por la costa oriental de la India hasta Madrás, donde está la sepultura de uno de los Doce Apóstoles, Santiago el Menor, ante la cual se renueva su celo misionero- exploratorio.

Entre monzones y piratas navega hasta Malasia, y de allí va a las legendarias Islas de la Especería o Molucas, codiciadas por sus especias y temibles por sus antropófagos. En una terrible tormenta pierde el crucifijo, pero no hay que preocuparse cuando se va en nombre de Dios; un cangrejo se lo traerá de vuelta entre sus pinzas.

Oye hablar de un país muy civilizado llamado Japón y decide ir allí, aunque tenga que hacerlo a bordo de un barco pirata. Con enormes dificultades, sienta las bases del cristianismo en Japón, pero no se conforma. Intuye que la refinada cultura japonesa tiene sus raíces en China. Ése será su siguiente asalto.

China es un país prohibido a los extranjeros, pero ¿quién puede detener a Francisco de Javier? Solamente la llamada de Dios a su seno. Mientras espera en una isla costera el permiso para desembarcar en Cantón, contrae una pulmonía que le provoca la muerte a los 46 años. Su apostólica pasión por Asia queda recogida en 137 cartas que componen, valores espirituales aparte, una fantástica crónica de viaje a lo desconocido.

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