CUANDO SE ROMPIÓ LA TIERRA

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Luis Reyes, 17/04/06

San Francisco, la capital del Oeste, fue borrada del mapa hace un siglo por unos segundos de terremoto y cuatro días de incendio.

San Francisco es una ciudad enloquecida, habitada en su mayor parte por tipos completamente dementes, cuyas mujeres son de notable belleza”, opinaba Rudyard Kipling de lo que los más sofisticados llamaban “la París del Oeste”, y los temerosos de Dios “la moderna Babilonia”.

“Se han producido 1.400 asesinatos en seis años en San Francisco, pero sólo han sido ahorcados tres asesinos y uno de ellos era un desgraciado mexicano”, reseñaba en 1856 el periódico The Sacramento Union.

El descubrimiento de oro cerca de San Francisco había provocado en efecto el crecimiento urbano más brutal que pueda imaginarse. En 1848, vísperas de la fiebre aurífera, tenía 800 habitantes –“blancos”, especificaba el censo– y en poco tiempo pasó a cientos de miles, hasta llegar al medio millón en el momento del terremoto.

Pero además de estar junto a una veta de oro, San Francisco estaba situada al borde de la Falla de San Andrés, una herida de la corteza terrestre de 1.300 kilómetros de largo donde se encuentran y chocan la plataforma continental norteamericana y la del Océano Pacífico. Los iluminados que clamaban por el castigo divino de aquella Babilonia jugaban, por tanto, con ventaja.

El castigo llegó por fin a las 5 horas y 13 minutos del 18 de abril de 1906, cuan- do literalmente se rompió la tierra. Aún no existía la escala Richter, pero se calcula que el terremoto alcanzó un valor de 8,3 sobre 9. Es decir, 30 veces más fuerte que el tremendo seísmo que pudimos ver en San Francisco en 1989.

Y tras la furia tectónica vino el fuego. Las conducciones de agua se rompieron y los bomberos se vieron impotentes frente a los incendios de aquellos edificios apiñados y de mala calidad, fruto del crecimiento salvaje de la ciudad. Durante cuatro días, como si fuese el rito purificador que reclamaban los predicadores, San Francisco ardió.

La destrucción de San Francisco tenía un precedente, la de Lisboa por el terremoto seguido de maremoto de 1755.Ambos casos presentan un paralelismo, aunque en uno el agente apocalíptico fuera el fuego y en el otro el agua. Se trataba de grandes ciudades occidentales, no de la lejana Asia, lo que provocó una gran repercusión mediá