| LOS NAZIS CAEN DEL CIELO
Tiempo Creta fue la primera invasión por aire de la Historia. Una derrota humillante para los ingleses, pero una victoria que dejó a Alemania sin paracaidistas para el resto de la guerra. Una palabra provocaba el pánico entre los aliados al inicio de la II Guerra Mundial: “paracaidistas”. Se sobreentendía que eran alemanes, pues ni el ejército francés ni el inglés contaban con paracaidistas. Las fuerzas aerotransportadas eran una de las diabólicas innovaciones que Alemania había introducido en el arte de la guerra, como la Blitzkrieg, la guerra relámpago de tanques, o la destrucción masiva de ciudades por bombardeo aéreo. Con estos métodos revolucionarios, el Reich se había apoderado de casi toda Europa. Francia se rindió en junio de 1940, e Inglaterra resistía gracias a que era una isla y su marina dominaba los mares. Pero los ingleses miraban al cielo con auténtica paranoia. La audacia de los paracaidistas era temible, solamente 82 de ellos habían tomado el inexpugnable fuerte belga de Eben-Emael aterrizando sobre el tejado. Lo que esperaba Inglaterra, sin embargo, era una auténtica invasión masiva por aire. No llegó a suceder porque para eso Alemania tendría que haber dominado totalmente el espacio aéreo, pero la RAF fue capaz de plantar cara a la Luftwaffe en la Batalla de Inglaterra, y había salvado a la isla. El mariscal Göring, jefe de la Luftwaffe y número 2 del Reich, se sintió humillado por la Batalla de Inglaterra; necesitaba una victoria espectacular, y el escenario elegido fue Creta. Nombre clave: Operación Mercurio; Día D: 20 de mayo de 1941. El Reich acababa de añadir Grecia a la lista de sus conquistas, y el ejército británico a la de sus retiradas vergonzantes. Parte de los huidos –ingleses, neozelandeses, australianos y griegos– se habían refugiado en la isla de Creta. Eran más de 42.000 soldados, y el jefe de los paracaidistas alemanes, el general Student, contaba con algo más de 10.000 hombres, sin embargo la audacia de su plan entusiasmó a Göring, de quien dependía el arma paracaidista. Ambos convencieron a Hitler, que no veía clara la operación. Ésta consistía en lanzar los paracaidistas sobre los tres aeródromos de la isla en la costa norte, que una vez controlados permitirían hacer un puente aéreo de tropas convencionales de refuerzo. Los paracaidistas se apoderarían también de los puertos de Suda y Heraklion, para traer por mar el material y más refuerzos. La desproporción de fuerzas al inicio de la operación sería de cuatro a uno a favor de los ingleses. Parecía una locura, pero las tropas británicas estaban desmoralizadas, desorganizadas y habían perdido su equipo en la evacuación de Grecia. En los dos primeros años de contienda cada vez que el ejército británico se había enfrentado con el alemán, en Noruega, Francia, África o Grecia, había salido derrotado. Los 10.000 paracaidistas, en cambio, eran sin duda la elite de los soldados del Reich. Sometidos a férreo entrenamiento, todos eran voluntarios y muy jóvenes. Gran parte venía de las Juventudes Hitlerianas, llenos de entusiasmo nazi. Pero también había un número muy elevado de junkers, miembros de la nobleza prusiana de tan gran tradición militar, alistados incluso como soldados rasos. Allí estaban tres condes Von Blücher, descendientes del famoso general vencedor de Napoleón, de 24, 19 y 17 años. Uno era teniente, otro sargento y el pequeño soldado; los tres morirían en Creta. Además de entusiasmo y preparación, los paracaidistas tenían excelente equipo, no sólo armamento, sino recursos como anfetaminas para compensar el agotamiento del combate. Disponían también de una ventaja táctica: iban a elegir los puntos de enfrentamiento y podían concentrar sus fuerzas en ellos, mientras que los británicos estaban repartidos por toda la isla. años. Uno era teniente, otro sargento y el pequeño soldado; los tres morirían en Creta. Además de entusiasmo y preparación, los paracaidistas tenían excelente equipo, no sólo armamento, sino recursos como anfetaminas para compensar el agotamiento del combate. Disponían también de una ventaja táctica: iban a elegir los puntos de enfrentamiento y podían concentrar sus fuerzas en ellos, mientras que los británicos estaban repartidos por toda la isla. Pese a todo ello, la invasión aérea de Creta, la primera de esa clase de la Historia, comenzó desastrosamente. Los paracaidistas sufrieron la traumática experiencia de ser acribillados como en un tiro al blanco mientras descendían lentamente del cielo; sus bajas fueron elevadísimas y perdieron la potencia necesaria para alcanzar sus objetivos. Además, la población cretense intervino bravamente contra ellos, complicando más las cosas. El segundo día de la invasión, ésta había fracasado en cuatro de los cinco objetivos fijados. Pero había tenido éxito en el aeródromo de Maleme. Los alemanes pudieron montar un puente aéreo para traer tropas de refresco, y la moral británica se vino abajo.A los seis días de la invasión decidieron evacuar la isla, una odisea atravesando las montañas a pie, pues el único puerto de escape estaba en el sur. 5.000 soldados fueron abandonados en retirada, aunque muchos de sus oficiales se las arreglaron para salvarse, lo que hizo que el escritor Evelyn Waugh, que estaba allí, la considerase “el símbolo del colapso de la clase dirigente británica”. Los ingleses tuvieron 3.500 bajas, y dejaron más de 12.000 prisioneros. Paradójicamente, los paracaidistas, que ganaron la batalla, tuvieron el doble de pérdidas, 3.100 muertos y 2.600 heridos. Fue una victoria pírrica, las mejores tropas del Reich destrozadas a cambio de una isla pedregosa sin valor estratégico relevante. Unas bajas del 50% no pueden ser asumidas en una ofensiva, y Hitler dictaminó que “el momento de los paracaidistas ha pasado”. En Inglaterra podían dormir tranquilos, ya no caerían nazis del cielo. Jorge II de Grecia se había refugiado en Creta, el último territorio griego libre. Instalado en una villa campestre con un mínimo séquito, la mañana del 20 de mayo una nube de paracaidistas cayó a su alrededor, y el rey tuvo que salir literalmente corriendo hacia las montañas, despojándose de la chaqueta llena de entorchados para no atraer la atención, mientras sus guardias rechazaban a tiros a los alemanes. Logró esconderse en una cueva y esa noche emprendió a lomos de mula la travesía de la montañosa isla, hasta llegar a un puerto del sur donde embarcó. Fue la última vez en la Historia que un rey estuvo a punto de ser hecho prisionero –o muerto– por el enemigo.
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