JOSÉ I, EL HOMBRE QUE NO PUDO REINAR

Tiempo
Luis Reyes, 12/06/06

Calumniosamente le llamaban “Pepe Botella”, pero hubiera sido mucho mejor rey que Fernando VII si hubiese podido gobernar. Ni el pueblo español ni Napoleón le dejaron.

Amados vasallos míos, reposad tranquilos: sabed que el ejército de mi caro aliado el Emperador de los franceses atraviesa mi reino con ideas de paz y amistad”. Carlos IV,Aranjuez, 16 de marzo. “Mal aconsejado, el populacho de Madrid se ha levantado y ha cometido asesinatos. La sangre francesa vertida clama venganza”. Murat, comandante en jefe francés, Madrid, 2 de mayo.

“He cedido a mi aliado y caro amigo el Emperador de los franceses todos mis derechos sobre España y las Indias”. Carlos IV, Bayona, 8 de mayo.

“Proclamamos por las presentes Rey de España y de las Indias a nuestro muy amado hermano José”. Napoleón, Bayona, 6 de junio.

“Se declaran nulos, de ningún valor ni efecto los decretos de abdicación y cesión de la corona de España”. El Consejo de Castilla, 19 de agosto.

Todos los datos de la tragedia que determinará a la España contemporánea están en esos párrafos, aparecidos en la Gaceta de Madrid entre marzo y agosto de 1808, desde la insólita entrega del país al ejército francés por el gobierno de Carlos IV hasta el rechazo por el Consejo de Castilla del traspaso de la corona a José Bonaparte.

Ya sólo queda la Guerra de Independencia, la más cruel que había conocido la Europa moderna, que abre un terrible ciclo de la Historia de España, un siglo y tres cuartos de guerras civiles, exilios, tiranías y revoluciones.

En el centro de ese prólogo está el traspaso de la corona española en la ciudad francesa de Bayona el 6 de junio, un vodevil familiar que parece inventado para un culebrón televisivo, si no fuera por sus terribles consecuencias.

Fernando VII, que ha subido al trono por un golpe de Estado, el motín de Aranjuez, acude a Francia para que Napoleón, amo de Europa, le legitime. En vez de ello, Napoleón le obliga a devolver la corona a Carlos IV y renunciar a sus derechos hereditarios junto a sus hermanos. Luego Carlos IV le cede la monarquía a su “caro amigo”Napoleón y éste se la traspasa a su hermano José, que no la quería porque estaba bien como rey de Nápoles.

La indignidad con que se portan Fernando VII y Carlos IV, tanto monta, haría bueno a cualquier candidato a substituirlos.“ Está ya consumada nuestra degradación con unos reyes haraganes... Busquemos en otra Casa destinos más prósperos”, dice un panfleto de los que enseguida van a ser llamados afrancesados. Sin embargo, la inmensa mayoría de España ignora cómo se han desarrollado los acontecimientos y mitifica a Fernando VII como la quintaesencia del patriotismo. José I, hombre de ideas avanzadas, antiguo revolucionario, representa, en cambio, una esperanza para una minoría de españoles esclarecidos y bienintencionados, admiradores de la obra modernizadora de Napoleón.“Los clérigos ilustrados y de luces, los literatos, los economistas y los filántropos”, como les llama con hostilidad el reaccionario Menéndez Pelayo.

La primera medida de la nueva monarquía resulta en efecto esperanzadora. Las viejas Cortes del Reino, reunidas en Bayona –aunque con ausencias– dictan una Constitución que supone el fin de la monarquía absolutista, suprime los privilegios de la nobleza y la Inquisición.

Será letra muerta, pues la nueva monarquía merece la repulsa generalizada, desde el bajo pueblo a la nobleza, pasando por la Iglesia como institución, aunque haya bastantes curas ilustrados que se afrancesan.

José I sólo tiene el apoyo de un número no despreciable en términos relativos, pero necesariamente reducido, de intelectuales y políticos reformistas –Moratín, Lista, Meléndez Valdés, Burgos–, el de algunos cortesanos oportunistas y el forzado de la masa de infelices funcionarios en la zona controlada por el ejército francés, que han de jurarle fidelidad para defender sus habichuelas.

Por si fuera poco, el nuevo Rey de España ha de enfrentarse con su poderoso hermano Napoleón. José I intenta sinceramente defender los intereses de su nuevo país, pero eso resulta imposible frente a las ambiciones de Napoleón, que pretende anexionar a Francia las provincias españolas al norte del Ebro.

Para intentar forzar la mano o sinceramente frustrado, José intenta abdicar cuatro veces, pero su hermano, que no tolera que nadie se interponga en sus designios, no se lo consiente. José se ve reducido al papel de mero comparsa de Napoleón, rechazado por un pueblo que se burla de sus buenas medidas de gobierno, cuando puede realizar alguna, y que le vilipendia con la calumnia de que es un borracho. “¡Pepe Botella!”.

:: Menú principal :: Pequeños artículos de Historia ::