EL ASESINATO DE CALVO SOTELO

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Luis Reyes, 10/07/06

No fue la causa de la sublevación, pero la justificó. Que unos policías asesinaran al jefe de la oposición marcó un punto de no retorno en el enfrentamiento civil.

La camioneta número 17 de la Guardia de Asalto arranca del cuartel de Pontejos al filo de las 3 de la mañana. En sus bancos corridos van varios guardias de uniforme y un capitán de la Guardia Civil de paisano, Fernando Condés. También hay unos cuantos militantes socialistas de los de armas tomar.

En la época, 1936, eso no es un eufemismo; militancia política en aquella España significaba estar dispuesto a manejar la pistola. Precisamente de uno de los pasajeros, Luis Cuenca Estevas, joven de buena familia, nieto de un general de la Guardia Civil, se dice que ha participado en el asesinato del estudiante falangista Matías Montero. Y ejerciendo de guardaespaldas de Indalecio Prieto, se ha liado a tiros con partidarios de Largo Caballero, el rival de Prieto en el PSOE.

Tras la camioneta 17 marcha un automóvil con cinco oficiales de la Guardia de Asalto, la policía gubernativa creada por la República para contar con un cuerpo armado de confianza.

Todos ellos van en misión de represalia, a vengar a uno de los suyos. La tarde antes los falangistas asesinaron al teniente Castillo. Castillo es amigo personal del capitán Condés, camarada de partido de los socialistas, compañero de cuerpo de los guardias de Asalto... Todos tienen por tanto una razón para hacer lo que van a hacer.

Llegan a la calle de Velázquez, número 89. Es el domicilio de José Calvo Sotelo, el jefe de la oposición monárquica, el llamado Bloque Nacional de las Cortes. Pero el enfrentamiento de Calvo Sotelo con el régimen republicano va más allá de la oposición parlamentaria, está en todas las conspiraciones de los militares contra la República. No es un adversario, es un enemigo.

Tras una conversación a través de la puerta cerrada, Calvo Sotelo accede a abrir. Condés se identifica con su carnet de guardia civil, lo que tranquiliza relativamente al político. No llevan orden judicial, por supuesto, pero hacen un registro, neutralizan el teléfono, para que Calvo Sotelo no pueda hacer ninguna llamada al Ministerio de Gobernación, y le conminan a acompañarles.

Calvo Sotelo dice que no pueden detenerle, que goza de inmunidad parlamentaria, pero no le vale de nada. Su esposa le prepara un maletín. La despedida de él no la deja precisamente tranquila: “Ya sabrás de mí si estos no me matan antes de media hora”.

No está claro si espera dar noticias antes de media hora o que lo maten antes de media hora, pero va a ser esto último. Ni media hora, sólo le quedan unos minutos de vida. A las 3.20 la camioneta 17 echa a andar Velázquez abajo. En el asiento justo detrás del detenido se ha colocado Luis Cuenca, que a la altura de la calle de Ayala le dispara dos tiros en la nuca. El vehículo enfila entonces hacia el cementerio del Este, donde dejan su macabra carga diciendo que es un sereno asesinado por malhechores.

Cuatro días después, el Ejército se subleva en África. Es la Guerra Civil.

El asesinato del prohombre de la derecha no es la causa del Alzamiento, aunque le sirva de justificación. Es más bien la penúltima ficha de un dominó trágico, que ha empezado a caer el 14 de abril anterior y al que juegan todos. Ese día, en la conmemoración de la República, el alférez de la Guardia Civil De los Reyes muere en altercado con militantes de izquierda. Su entierro es una manifestación a la que acuden muchos oficiales y toda la militancia antirrepublicana.

El largo recorrido de la comitiva fúnebre, que atraviesa todo Madrid, se convierte en una auténtica batalla urbana. Entre los andamios de las obras, donde toman posiciones los izquierdistas, y el cortejo se entablan nutridos tiroteos. En la calle O’Donnell los guardias de asalto intentan disolver el entierro, y su jefe, Castillo, le pega un tiro a un carlista.

Castillo es un personaje conocido. Para la izquierda es el ejemplo de militar leal a la República, para la derecha un chivo expiatorio de la muerte del alférez. En la tarde del 12 de julio cuatro pistoleros falangistas lo ametrallan a la puerta de su casa. Es lo que un corresponsal inglés llama “el Sarajevo español”, en referencia al atentado detonante de la I Guerra Mundial.

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