| LOS NAZIS, A LA HORCA
Tiempo
Tampoco es extraño que en algún momento fallara el sistema de sonido, puesto que la lectura de las conclusiones del tribunal de Nüremberg duró dos días. Y hay que tener en cuenta que era la primera vez que se utilizaba en Europa la traducción simultánea. Lo mismo que el aire acondicionado, eran dos inventos norteamericanos que los europeos conocieron con ocasión del más famoso juicio de la Historia. Para muchos, también fue el primer contacto con la Coca-Cola. En la desolada Europa y en la aún más destrozada Alemania, el Nüremberg del juicio era, gracias al Tío Sam, una especie de isla de bienestar y abundancia en un mar de depauperación. Estados Unidos se encargó de la puesta en escena y lo hizo a lo grande. La ocasión lo merecía. Los crímenes nazis eran de un espanto como no había conocido la Humanidad. Tampoco había precedentes de que los vencedores de tan perversos enemigos les ofrecieran un proceso con todas las garantías jurídicas, en el que incluso hubo absoluciones. Todo se preparó por tanto cuidadosamente, empezando por la elección del escenario. Nüremberg era la ciudad símbolo del nazismo, la que dio nombre a la legislación antisemita (Leyes de Nüremberg). A principios de 1945, la aviación aliada arrasó Nüremberg, pero con cuidado de respetar el Palacio de Justicia y la prisión, necesarios para el juicio, así como el Grand Hotel, donde se hospedarían los americanos. Al final de la guerra, los representantes de EE UU, la URSS, Inglaterra y Francia, tras cuatro meses de trabajo, firmaron el Acuerdo de Londres, que establecía el procedimiento del juicio y quiénes debían sentarse en el banquillo. En total fueron 22 los acusados que el 20 de noviembre de 1945 comparecieron ante el tribunal internacional. Solamente 22 altos capitostes en representación de aquella imponente máquina de horror y muerte que había sido el III Reich, en la que habían participado tantos millones de alemanes. En principio iban a ser aún menos, sólo diez. Por desgracia, los primeros actores escaparon a la justicia: Hitler, Göbbels, el mago de la propaganda, y Himler, el siniestro jefe de la SS, se habían suicidado. Bormann, mano derecha del Führer, desapareció. La pieza mayor capturada era Göring, número dos del III Reich. Junto a él, el mariscal Keitel, el militar lacayo de Hitler, Rosemberg, el ideólogo del nazismo, Von Ribbentrop, ministro de Exteriores, Kaltenbrunner, jefe de la policía, e incluso un periodista, Julius Streicher, fundador del Stürmer, el virulento panfleto antijudío. También estaba en la primera selección un personaje extraño, Rudolf Hess, el adjunto de Hitler que al principio de la guerra voló a Inglaterra para negociar extraoficialmente la paz. Sería el único en escapar a la horca del grupo inicial. Por cuestiones políticas se añadieron más nombres a la lista de acusados hasta completar 22. Durante más de nueve meses, esos 22 hombres escucharon el testimonio abrumador de sus delitos, tipificados en cuatro categorías: crímenes contra la paz, crímenes contra la humanidad, crímenes de guerra y conspiración. Y tuvieron a su favor todas las garantías del Estado de derecho. Por fin, el 1 de octubre de 1946 escucharon sus sentencias. Once condenados a la horca, tres a cadena perpetua, cuatro a penas de entre 10 y 20 años, tres absueltos. Más un condenado en rebeldía, el desaparecido Bormann. Durante el juicio se había suicidado Robert Ley, jefe del Servicio del Trabajo. Y la víspera de la ejecución, el protagonista principal, Göring, se envenena. Su guardián americano se ha dejado seducir por una guapa nazi, que a través de él envía a Göring un bolígrafo con pastillas de cianuro. Que un 10% de los reos logre suicidarse muestra terribles fallos de seguridad. En la madrugada del 16 de octubre, el verdugo John Woods, de Tejas, hace su trabajo en una hora y 43 minutos: diez ahorcamientos en dos horcas montadas en el gimnasio de la prisión. Luego son incinerados los cadáveres, las sogas y las capuchas que han cubierto las cabezas de los condenados. Las cenizas se esparcen en un río, para que no quede rastro de los mayores criminales que han podido ser ejecutados.
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