| LOS TANQUES RUSOS APLASTAN HUNGRÍA
Tiempo Kruschev había hecho la crítica del estalinismo en el XX Congreso del PCUS, y en Hungría se creyeron que se había levantado la veda. Se dieron el gusto de derribar la gigantesca estatua de Stalin, pero miles de personas pagaron con su vida por ello. La revolución húngara sobrecogió al mundo, pero fue flor de un día, o de unas semanas, para ser exactos. 1956 vendría preñado de acontecimientos históricos: la crisis de Suez, el desembarco de Fidel en Cuba... En marzo, en el XX Congreso moscovita, comenzó oficialmente la desestalinización. En los llamados “países satélites”, donde el comunismo había llegado al poder no por una revolución, sino impuesto por la ocupación soviética, se produjo una pugna en el seno de cada PC. En Hungría, el estalinista Matyas Rakosi purgó al reformista Imre Nagy antes de caer él mismo. Pero Nagy era popular. Los húngaros, hartos de ocupación rusa y de un sistema político que les impedía prosperar como la vecina Austria, confiaban en aquel comunista “moderno”, “nacional”, como en la década siguiente los checos confiarían en Dubcec y su Primavera de Praga. Todos pensaban que solamente un comunista reformista podría maniobrar ante la Unión Soviética para hacer menos opresivo el comunismo. En realidad, Moscú no permitiría la desviación ni siquiera a un miembro señero del PC. La chispa fue una manifestación de estudiantes el 23 de octubre, disuelta a tiros por la Policía. Cayeron las primeras víctimas, pero también cayó la gigantesca estatua de Stalin, pues ante la mano dura policial hubo una reacción de auténtica insurrección civil. El punto de no retorno se produjo cuando el ejército húngaro, llamado a reprimir la revuelta, se sumó a ella. Pero el poder estalinista no se disolvió fácilmente. Hubo varios días de combates en las calles de Budapest, la policía política y los rusos de un lado, los soldados húngaros y el pueblo de otro. El PC intentó controlar la situación y llamó a Imre Nagy, que formó gobierno a finales de octubre. Eran los tiempos más broncos de la Guerra Fría, detrás del Telón de Acero la gente carecía de información. Oían clandestinamente las emisoras occidentales, algunas, como la americana Radio Liberty, dedicadas no a informar, sino a desestabilizar. Los húngaros se creyeron que Estados Unidos vendría en su ayuda, como había hecho en Corea. Fue un error tan grande como pensar que la desestalinización iba en serio. Imre Nagy proclamó el fin del sistema político comunista y la salida del Pacto de Varsovia, y pidió ayuda a la ONU an- te la intervención soviética. Kruschev, por su parte, no sin cierta resistencia del sector más reformista del PCUS, ordenó “restablecer el orden”. El 4 de noviembre los tanques rusos se lanzaron contra Budapest. Los húngaros lucharon con heroísmo, casa por casa, durante tres días, pero no había nada que hacer. El 7, la radio rebelde emitió su último, desesperado mensaje pidiendo ayuda a Occidente. Hasta finales de mes hubo huelga general y algunos focos de resistencia en provincias, una lenta agonía del levantamiento. Nagy y varios miembros de su gobierno fueron fusilados, los combates causaron más de 2.500 muertos, 10.000 personas fueron internadas en campos de concentración y 150.000 húngaros se exiliaron en Austria. Occidente se lavó las manos. En Yalta se habían delimitado las zonas de influencia y Hungría era un asunto interno del bloque comunista. Además, EE UU, Inglaterra y Francia estaban muy ocupados con la crisis de Suez. Oriente Próximo importaba mucho más que un país aislado en el centro de Europa. Sin embargo, frente a la pasividad de los gobiernos, se dio una reacción furibunda de buena parte de la opinión pública occidental. En Italia hubo auténticas batallas campales entre comunistas y anticomunistas. En París incendiaron la sede del partido y del diario comunista L’Humanité, y Sartre se dio de baja del PC. El Partido Comunista norteamericano, que tras la represión macartista comenzaba a salir del pozo, resistió peor ver la cara real del estalinismo que la caza de brujas, y desapareció como fuerza política.
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