NACE EL MEJOR MUSEO DEL MUNDO

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Luis Reyes, 20/11/06

José Bonaparte habría sido un rey ilustrado y liberal, pero el pueblo le consideró un usurpador, Pepe Botella. Fernando VII, en cambio, fue el personaje más vil que ha ocupado el trono de España, sin embargo era El Deseado.

Fue José I quien decretó en 1809 la creación de un museo público para la colección de arte real. Seguía con ello una idea de la Revolución Francesa, que su hermano Napoleón había llevado a efecto por media Europa.

Pero la Guerra de Independencia frustró el proyecto. Sería Fernando VII, o más bien su segunda esposa, Isabel de Braganza, mucho más interesada por la cultura que él, quien lo realizaría. El 19 de noviembre de 1819 se inauguró el Museo de Pinturas. Para sede se aprovechó un gran edificio que Carlos III destinó a academia de Historia Natural, obra de Villanueva, situado en el paseo del Prado. Esa ubicación daría lugar al nombre célebre hoy en todo el mundo.

El edificio había sufrido durante la Guerra de Independencia, y sólo se pudo abrir la décima parte de su superficie. Aunque el rey había mandado 1.500 obras de su colección, solamente se expusieron 311 cuadros, todos españoles. Ya el decreto de José I estableció que el museo debía dar a conocer al mundo la Escuela Española, en aquella época ignorada por los entendidos de fuera. Esa política de promoción hizo que en 1823 se tradujese el catálogo al francés para los visitantes galos, que no eran turistas, sino los Cien mil Hijos de San Luis, el ejército que invadió España para restaurar el absolutismo.

Una década después comenzaron las sucesivas ampliaciones que permitieron exhibir el arte foráneo. El museo alcanzó así un objetivo más amplio: dar al disfrute público la fabulosa colección de los reyes de España.

El Prado era en origen –aunque posteriormente haya enriquecido mucho sus fondos– una colección familiar acumula- da a lo largo de ocho generaciones. Pero dado que se trataba de la Familia Real española, durante siglos la dinastía más rica y poderosa del mundo, podía considerarse la mejor colección familiar que ha existido.

Lo que hace decir que el Prado es el mejor museo del mundo es, sobre todo, que es único para conocer la obra de tres auténticos monstruos del arte, Tiziano, Rubens y Velázquez. Ningún museo tiene una obra de estos tres genios comparable en cantidad y calidad a la del Prado. Si añadimos que la colección real contaba con una amplia obra de Goya, tenemos las cuatro patas sobre las que el Prado se levantó hasta altura sideral.

La casualidad quiso que en la dinastía española hubiera auténticos entendidos en arte. Carlos V no lo era, pero su hermana María sí. Ella descubrió a Tiziano y le convirtió en pintor oficial de la Casa de Austria. Las pinturas que hizo Tiziano para Carlos V y Felipe II, más las de doña María, formaron el núcleo duro de la colección real.

Felipe II heredó la sensibilidad de su tía. Tiziano aparte, se rodeó de retratistas de primera categoría, como Antonio Moro, Sánchez Coello o Sofonisba Anguisola. Más notable es que supiera apreciar a un pintor tan extravagante como el Bosco (el Prado tiene la mitad de toda su obra), y tuvo la genial idea de encargarle expresamente a Tiziano los más bellos desnudos que hay en el Prado.

Felipe IV iba más allá, era todo un experto. Le bastó ver un cuadro de un pintor sevillano de 23 años llamado Velázquez para identificar a un genio único. Le convirtió en su pintor oficial, monopolizando prácticamente su obra.

También fue excepcional la relación de Felipe IV con el considerado maestro de maestros, Rubens. Los halagos del rey al pintor, al que ennobleció, fueron parejos a encargos enormes. Durante una visita a Madrid, Rubens pintó 50 cuadros mientras Felipe IV le contemplaba. Posteriormente le encargó 63 cuadros para la Torre de la Parada.

Otra prueba del buen ojo de Felipe IV fue la política de compras en Londres de parte de la colección del destronado y ejecutado rey Carlos I.

El interés por la colección real continuó con los Borbones. Cuando la corte de Felipe V se instaló en Sevilla, la reina Isabel de Farnesio descubrió al sevillano Murillo, del que compró un buen lote. E incluso un rey tan lamentable como Carlos IV se redime en el campo del arte, por haber tenido la buena idea de hacer de Goya su pintor oficial.

La mojigatería de Carlos IV hizo que retirase de palacio los desnudos que tanto gustaban a Felipe II y Felipe IV. Los envió a la Academia de Bellas Artes para que inspirasen a los nuevos pintores, pues al fin y al cabo eran obras maestras de Durero, Tiziano y Rubens. En 1828 se trasladaron al Prado, pero a la llamada “Sala Reservada”, donde hacía falta una autorización especial para entrar, que se daba a estudiosos, artistas o críticos. Diez años después desapareció la Sala Reservada; parte de los desnudos pasaron a la exposición general, pero los más eróticos fueron al Gabinete de Descanso, un espacio aún más exclusivo, pues era una sala de estar para el rey y las altas personalidades que visitasen el museo.

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