AL KGB LE VA EL AROMA DEL VENENO

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Luis Reyes, 11/12/06

Desde tiempos de Stalin existe una tradición de “licencia para matar” al disidente que conseguía escapar de Rusia. El aparato de seguridad del Estado cambia de nombre, Checa, GPU, NKVD, KGB, Servicio Federal de Seguridad, pero la práctica, aparentemente, sigue. El más serio programa organizado de asesinatos en el extranjero fue el de la GPU contra los trotskistas, que culminaría en el atentado contra el propio Trotsky.

El GPU asesinó a trotskistas por todo el mundo, con o sin disimulo. Al ex espía Walter Krivisky le rodeó de notas de suicidio en Washington, pero a su camarada Ignace Reiss le metió 15 balazos en Lausana. A Rudolf Klement, secretario de la IV Internacional, se tomaron el trabajo de cortarle la cabeza antes de echar su cadáver al Sena, para difi cultar la identificación. El asesinato más sofisticado de esa serie sería el del propio hijo y mano derecha de Trotsky, Lev Sedov, en un hospital de París. Sedov sufrió una apendicitis a principios de 1938 y fue a operarse a una clínica parisina dirigida por un exiliado ruso. Aunque Sedov iba de incógnito era una imprudencia, pues los medios del exilio ruso estaban muy infi ltrados de agentes soviéticos.

La operación fue bien, pero enseguida el paciente comenzó a mostrar reacciones extrañas, al parecer causadas por la inoculación de alguna droga. Murió en una segunda operación. Cuando se abrieron los archivos del KGB, tras la desaparición de la URSS, aparecieron documentos de varios agentes que reclamaban el honor de haber participado en el asesinato del hijo de Trotsky.

Tras la Guerra Mundial el KGB creó una “sección asesina” –y seguramente la CIA también– para operar por el mundo. Se llamaba Smersh, contracción de la expresión rusa smert shpionam, que significa “muerte a los espías”. El Smersh salió a la luz pública cuando se pasó a Occidente uno de sus asesinos, Bogdan Stachinsky, el ejecutor del caso Bandera y la pistola de cianuro, un título que parece de folletín.

Stephan Bandera era un nacionalista ucraniano, un auténtico terrorista condenado en Polonia antes de la Guerra Mundial por el asesinato de un ministro. Su organización, los banderovisti, mantuvo en Ucrania, tras la guerra, una resistencia frente al poder soviético. A finales de los 50 ya había sido sofocada por Moscú, pero Bandera seguía conspirando en el extranjero.

Bogdan Stachinsky era un joven ucraniano, de una familia campesina que ayudaba a los banderovisti. El KGB le reclutó bajo la amenaza de tomar represalias contra sus padres, y le convirtió en informador de las actividades nacionalistas. Pero por su inteligencia y capacidad para los idiomas se decidió que podía asumir tareas mayores. Tras dos años en una escuela del KGB, fue enviado a Alemania.

En Munich, en 1957, fue encargado de su primera ejecución, la del periodista ucraniano Lev Rebet, un simple ensayo para la de Bandera. Un técnico del Smersh le entregó una extraña arma: un tubo que disparaba una ampolla de gas cianídrico, vulgo ácido prúsico, un potente veneno de cianuro que provocaba en dos o tres minutos la muerte de un hombre, sin dejar trazas de heridas ni violencia.

El método del asesinato por envenenamiento estaba aún en mantillas. A Stachinsky le entregaron unas pastillas de tiosulfato de sodio que debían tomarse antes de disparar, como antídoto ante la posibilidad de que el ejecutor inhalase también algo de gascianídrico. Inmediatamente después tenía que cascar en la mano una ampolla de nitrato amílico, y aspirar con la palma pegada a la nariz, para limpiar sus vías respiratorias del gas venenoso. ¡Para 007 las cosas no eran tan complicadas!

La pistola de cianuro se mostró eficacísima, no obstante. Stachinsky mató sin dejar rastro a Rebet, y en octubre de 1959 a Bandera. No se hubiera sabido cómo se había hecho si Stachinsky no hubiera desertado dos años después. Sus declaraciones permitieron instruir un proceso legal, y un tribunal federal de Karlsruhe (Alemania Occidental) dictó una sentencia en la que decía que: “La dirección política de la Unión Soviética (...) ha hecho ejecutar en territorio soberano alemán un asesinato por veneno, decidido a nivel de gobierno”.

Ahora, el portavoz del Servicio Federal de Seguridad, Sergei Ivanov, en su desmentido de responsabilidad por el reciente envenenamiento de Londres, ha reconocido el asesinato de Bandera. “Desde que Bandera fue liquidado en 1959 –ha dicho– los servicios rusos no se dedican a liquidar físicamente a las personas incómodas”.

El servicio secreto búlgaro era simple pero eficaz. Para asesinar disimuladamente en Londres, pensó que lo mejor era llevar paraguas. El disidente búlgaro Georgi Markov (derecha) murió de un paraguazo en el Metro. Un paraguas de punta afilada le inyectó una cápsula de platino con una toxina mortal llamada ricina. Más imaginativa pero menos eficaz fue la CIA, cuando planeó impregnar de tóxico el traje de buceo de Fidel Castro. Fue uno de los muchos atentados fallidos contra Fidel. Los especialistas en venenos de la CIA quisieron incluso provocarle la caída del pelo, para dejarle sin su simbólica barba.

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