SAN FRANCISCO MONTA EL BELÉN

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Luis Reyes, 22/12/06

Hubo que pedir licencia al Papa para la nueva excentricidad de Francisco de Asís: meter un buey y un burro en misa. Ya se sabe el especial amor de San Francisco por los animales, pero la asistencia de éstos a la misa de Navidad de 1223 no fue por zoofilia, sino porque eran necesarios para la escenografía.

“Quiero ver con mis ojos la pobreza en que nació el Niño en Belén, cómo fue colocado sobre la paja entre el buey y el burro”, había dicho el futuro santo, que buscaba una experiencia mística. Para ello se iba a reproducir con la mayor fidelidad el escenario en el que había nacido Jesús.

San Francisco estaba ya al final de su vida –moriría tres años después– y acababa de culminar su obra terrena. Tras tantos años de enfrentamientos con la Iglesia oficial, el Papa Honorio III había aprobado un mes antes la heterodoxia franciscana, la Regla de San Francisco. El poverello de Asís se retiró entonces a pasar la Navidad en un eremitorio franciscano en Greccio, y allí fue donde sintió la necesidad de reconstruir el nacimiento de Jesús.

A esas alturas sus caprichos eran aceptados por todos. Estaba prohibida la representación dramática en las iglesias, pero el Papa autorizó celebrar misa en una cueva, con presencia de animales y todo lo que quisiera Francisco. Los habitantes de Greccio participaron en lo que hoy llamaríamos un belén viviente y se reprodujo el pesebre en una gruta.

No está claro, sin embargo, quién representó al Niño Jesús. Una leyenda dice que era un niño muerto, que al ser colocado sobre la paja del pesebre resucitó. Otra que San Francisco había moldeado con sus propias manos una figura de barro, que cobró vida. Algunos de los presentes experimentaron visiones místicas en las que el auténtico Niño Jesús estaba allí. En fin, San Francisco disfrutó tanto que, según las crónicas, se relamía durante la función. En lo que todos estuvieron de acuerdo es en que la paja utilizada adquirió virtudes milagrosas, y los campesinos de Greccio se la daban a sus animales enfermos que, comiéndola, curaban. Otra vez la zoofilia franciscana.

El episodio de Greccio fue recogido por el biógrafo contemporáneo de San Francisco, fray Tomás de Celano, en su Vida Primera, que sirvió a San Buenaventura para escribir la Leyenda Mayor. Ésta, a su vez, sería la fuente para que Giotto, el inventor de la pintura italiana, pintara sus frescos sobre la vida de San Francisco de la basílica de Asís, que naturalmente incluyen la Navidad de Greccio, aunque de forma muy libre, pues transforma la cueva en una hermosa iglesia.

Pero junto a la evocación literaria y pictórica, los frailes franciscanos se inventaron otra, que podríamos llamar una “representación de la representación”. Reproducían la escena del portal de Belén como había hecho San Francisco en Greccio, pero con figuritas en vez de con elementos reales.

La expansión de la orden supuso también la expansión del belén. En 1252 ya había un nacimiento de figuras en el convento de Fussen, en Baviera. Pero de forma paralela a la moda franciscana, especialmente cultivada por las clarisas, rama femenina de la orden, comenzaron a realizarse figuras que representaban la Navidad en diversas iglesias, especialmente en Italia.

El ejemplar más antiguo conservado es el de Santa María la Mayor, de Roma, realizado en 1283 por Arnolfo di Cambio, famoso como arquitecto de la catedral de Florencia. Estaba compuesto por ocho figuras de mármol, de las que han sobrevivido San José, los Reyes Magos, el buey y el asno.

En 1470, Pietro y Giovanni Alemanno, artistas de origen alemán, realizaron un nacimiento en Nápoles, con figuras de madera de tamaño casi natural. Nápoles iba a convertirse en el lugar donde el arte belenístico alcanzaría su cumbre, aunque este primer ejemplo era notoriamente sobrio, para no distraer al público del contenido religioso de la escena.

Es decir, todo lo contrario de lo que llegarían a ser los barrocos belenes napolitanos. En el siglo XVIII, cuando alcanzaron todo su esplendor, los nacimientos napolitanos reproducían en escenas costumbristas el auténtico Nápoles de la época, un dinámico y caótico puerto en el centro del Mediterráneo, lleno de personajes exóticos venidos tanto de África como del Levante otomano. Por eso los belenes napolitanos, además de todos los tipos de la escala social, de todos los oficios y personajes callejeros, están llenos de negros y de turcos.

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