| LA MARCHA SOBRE ROMA
Tiempo El fascismo italiano era una ópera bufa, mientras que el nazismo tenía caracteres de tragedia wagneriana. Se ha repetido eso tantas veces que resulta un tópico vulgar, pero es rigurosamente cierto. La obra de Mussolini fue una farsa, y el acto que le da entrada en la Historia, la Marcha sobre Roma, el timo de la estampita. El que triunfa escribe la Historia como quiere. El 30 de octubre de 1922 Mussolini se convirtió en jefe del gobierno de Italia. Se mantendría durante veintiún años en el poder, un poder avasallador y violento desde el principio, formalmente dictatorial desde 1925. Tendría mucho tiempo para explicar a su manera cómo fue su asalto al Estado, y llegó un momento en que hasta sus adversarios se creyeron el mito de la Marcha sobre Roma. Fue el momento de gloria de los camisas negras, una acción política desarrollada como una operación militar, de acuerdo con el espíritu castrense de los fasci di combattimento (fascios de combate) en los que estaba organizado el movimiento mussoliniano. Cuatro columnas de escuadristas venidos de todo el país se concentraron en los alrededores de Roma. 4.000 en Civitavecchia, 2.000 en Monterotondo, 8.000 en Tívoli. La reserva de 3.000 camisas negras algo más apartada del frente, como mandan los cánones militares, en Foligno. Detrás de la reserva, en Perugia, el estado mayor, formado por los cuatro quadrumviros del movimiento: Italo Bal- bo, el as de la aviación italiana; Bianchi, el antiguo socialista; De Bono, el general cuya barbita blanca pretendía dar respetabilidad al movimiento; y De Vechi, el abogado convertido en matón (los cuatro aparecen en la foto pequeña con Mussolini, que condenaría a muerte a los dos últimos cuando le traicionaron en 1943). żY el Duce? Controlando el proceso desde Milán, la capital económica de Italia, listo para hacer su entrada en escena en el momento oportuno. Solamente que todo eso es mentira. Los escuadristas no fueron capaces de llegar a sus puntos de concentración en las fechas previstas. El 28 de octubre, fecha oficial de la Marcha, no tenían 30.000 hombres listos para tomar Roma en unas horas, sino unas docenas. No disponían de armamento de guerra, ni municiones, ni transportes. Era como un golpe de Estado dirigido por Alberto Sordi en una película cómica italiana. Y Mussolini se había quedado bien lejos de Roma, en Milán, para cruzar la cercana frontera si las cosas iban mal. “Al sonar el primer tiro, todo el fascismo militante se evaporará como por arte de magia”, vaticinaba el general Badoglio, jefe del ejército italiano, que estaba esperando que el Gobierno proclamase el “estado de guerra” para disolver la asonada con sus tropas. El primer ministro, el liberal Luigi Facta, preparó el decreto de estado de guerra y se lo llevó a fi rmar al rey, pero éste no se atrevió a estampar su rúbrica, pensó que la cosa se podría arreglar con un poco de mercadeo. Víctor Manuel III era corto de talla física (habían tenido que cambiar la ley para que ingresara en el ejército) y aún más corto de talla moral. Le dio miedo enfrentarse a la situación. No ya a los fascistas, sino a las poderosas fuerzas que los respaldaban. Los empresarios de la industria, los grandes terratenientes, habían financiado con 20 millones la Marcha sobre Roma. En realidad, la plutocracia italiana se servía de los fascistas como fuerza de choque frente a los rojos. La posguerra, con sus problemas, era un caldo de cultivo para los enfrentamientos sociales; la revolución no era una utopía, en Rusia los bolcheviques habían tomado el poder y asesinado a toda la familia imperial. Para las clases altas y medias, los socialistas, comunistas o anarquistas, eran mucho más temibles que aquellos bronquistas de la camisa negra y la porra. Al fi n y al cabo, al padre de Víctor Manuel, al rey Humberto, le había asesinado un rojo. Además estaba el Papa. Pío XI se había dejado conquistar por Mussolini en la primera intervención de éste como parlamentario. El honorable diputado Mussolini había prometido que, si gobernaba, resolvería la “cuestión romana” a satisfacción de la Iglesia. El Papa se consideraba enemigo y prisionero del Estado italiano, que le había arrebatado el poder temporal; los Saboya estaban excomulgados. De modo que Pío XI, con su enorme infl uencia, bendecía la Marcha sobre Roma. Y por si fuera poco, cerca de los cuadrumviros se encontraba el duque de Aosta, primo del rey, cuyas intrigas inquietaban mucho a éste, que temía incluso que le reemplazara en el trono. El primer ministro Facta, frustrado, se retiró, y Víctor Manuel III inició un regateo político a la italiana. Quiso nombrar jefe del Gobierno al liberal-conservador Salandra, el primer ministro que había metido a Italia en la I Guerra Mundial, ofreciéndole a Mussolini cuatro ministerios. Pero el Duce olió el miedo desde Milán, y con eso se envalentonó. Exigió la presidencia del Gobierno y cinco carteras. El órdago le salió redondo. El 30 de octubre Mussolini fue recibido en el Palacio Real del Quirinale. Llegó vestido de levita y con botines, como un burgués, para no dar miedo a la gente de orden. El rey le encargó formar un gobierno de coalición. Aparentemente, allí no había golpe de Estado, los fascistas eran una fuerza parlamentaria minoritaria, y muchas veces las crisis se resuelven dándole el gobierno a un partido de la minoría. Mientras tanto las filas de los camisas negras habían aumentado de forma milagrosa. Al olor del triunfo, ahora que ya no habría tiros, muchos se habían apuntado a la Marcha sobre Roma. Ya no hacía falta que marchasen, pero había que inventar el mito fundacional, y el último día de octubre los heroicos escuadristas desfilaron por el Palacio Real, ante el rey y el gobierno. Primer acto de la ópera bufa. Cae el telón (en los actos siguientes habrá sangre).
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