EL CÓNCLAVE DE JUAN XXIII

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Luis Reyes, 17/10/2008

La fumata blanca trajo una sorpresa para el mundo. El nuevo Pontífice parecía la antítesis del recién fallecido Pío XII, era un anciano gordo y bonachón como un Papá Noel. Los que estaban en el asunto, en cambio, sabían que Angelo Giuseppe Roncalli era un favorito desde antes del cónclave. Lo que sí sorprendió a éstos fue la revolución que montó Juan XXIII al convocar el Concilio Vaticano II. La Curia, el núcleo de cardenales que domina la burocracia vaticana, lo había impuesto pensando que sería “un Papa de transición”. Creían que por su edad no tendría tiempo ni energías para hacer nada, pero que les daría plazo para organizar a su estilo las reformas que exigían los tiempos. El tiro les salió por la culata. Hoy sabemos que el cardenal Roncalli, aunque hombre de muy buen corazón, sencillo y afable, no era ninguna alma cándida. Que contaba con llegar a ser papa y que se movió hábilmente para serlo. El examen de las agendas de Roncalli, en las que llevaba un interesante diario personal, permite conocer muchos secretos de aquel cónclave que cambiaría la Historia.

“Como en otros casos, he tenido fenómenos de telepatía que me permiten conocer el futuro”. Este apunte del que iba a ser Juan XXIII resulta turbador. Un cardenal que pudiese ver el futuro parece cosa de la Edad Media, y podría haberle llevado entonces a la hoguera. Sin embargo es del 6 de octubre de 1958, tres días antes de la muerte de Pío XII. Para saber que ésta se hallaba cerca no hacían falta visiones. No, el futuro que Roncalli conoció debía ser el suyo propio, como cabeza de la Iglesia. Su carrera, aunque llevada con la sencillez personal que le caracterizaba, no había sido ordinaria. No era “un cura de pueblo”, como decían algunos miembros de la Curia que promovieron su elección, pensando en que lo manejarían fácilmente. Tenía una amplísima experiencia como diplomático de la Santa Sede, es decir, política. Durante tres décadas se había movido en la esfera internacional. Primero en Bulgaria; luego en Turquía y Grecia; por fi n en París, donde llegó al final de la II Guerra Mundial. Era el puesto estrella de la diplomacia vaticana, y además tuvo que llegar apagando fuegos. El general De Gaulle había expulsado con cajas destempladas al anterior nuncio, por su connivencia con el régimen colaboracionista de Pétain. También quería tomar represalias contra los obispos que habían colaborado con la ocupación nazi. A monseñor Roncalli le tocó apaciguar a De Gaulle, que no era cosa fácil. Sin embargo, fue capaz de algo que parecía imposible, llevarse bien con el irascible general, al punto de que en 1958 De Gaulle respaldó la candidatura de Roncalli en la elección papal. En 1953, Pío XII premió su labor nombrándole cardenal y patriarca de Venecia, lo que le daría la experiencia pastoral que faltaba a su currículum. Cuando llegó a Roma, en vísperas de la muerte de Pío XII, Roncalli era un serio candidato al papado en boca de muchos. Monseñor Roncalli, por su parte, no estaba inactivo. Una anécdota significativa es que prohibió que apareciera por Roma, hasta después de la elección, a su sobrino (nipote en italiano) cura. Pío XII había sido muy criticado por el papel de sus sobrinos en el Vaticano, y Roncalli no quería que lo asociaran con la práctica del nepotismo. Más importante es la cantidad de entrevistas que mantuvo antes del cónclave, 48 en doce días. Se vio con catorce cardenales con derecho a voto, con alguno de ellos hasta tres veces. También con miembros de la Curia que, sin poder votar, manejaban muchos hilos, o con el director de L’Osservatore Romano, el influyente periódico oficial del Vaticano. Pero el encuentro más significativo sería el último, celebrado poco antes de encerrarse en el cónclave. Fue con Giulio Andreotti, gran cerebro de la Democracia Cristiana, el político más maquiavélico de Italia. Allí le dijo a Andreotti que De Gaulle le había enviado sus auguri, es decir, sus deseos de que triunfara y, sobre todo, le explicó los inconvenientes de elegir al cardenal armenio Agagianian, que sería el principal rival de Roncalli. Andreotti contaría que salió de la entrevista convencido de que Roncalli iba a ser el nuevo papa, y el mismo cardenal parecía seguro de ello. De hecho, la Democracia Cristiana, “el partido de Dios” en Italia, respaldaría su candidatura.

En el encierro del cónclave, que queda aislado del exterior, hay que improvisar habitaciones para todos los cardenales. A Roncalli le asignaron el cuarto del comandante de la Guardia Noble Pontificia. “Curiosamente, a la entrada permanecía una placa con la inscripción: Comandante”, anotó en su agenda. ¿Otra señal divina de que iba a ser el jefe, como su capacidad de conocer el futuro? Sin embargo la elección iba a ser muy reñida, harían falta once escrutinios para que saliera fumata blanca. Enseguida se formaron dos partidos dominantes. Los que podríamos llamar cardenales progresistas, más abiertos al mundo y al cambio, respaldaban a Agagianian. Los conservadores y los miembros de la Curia iban a formar un bloque contra el armenio. Aunque los primeros tenían otros candidatos más a la derecha, aceptaron al propuesto por la Curia, Roncalli, que les pareció lo bastante viejo y chapado a la antigua para no iniciar aventuras. Craso error. Lo que pasa en un cónclave debe mantenerse en secreto, aunque siempre hay filtraciones. Sabemos por el diario de Roncalli que hubo una campaña sucia contra él, aunque resultaría ineficaz. De sus confidencias a la agenda se deduce que él se hallaba preso de sentimientos contradictorios. Por una parte, estaba convencido de que la voluntad de Dios era que se sentase en la silla de San Pedro, y que allí haría una importante labor. Por otra, veía el papado como una especie de cáliz de dolor, que le gustaría que el Señor apartara de sus labios. Cada vez que su nombre avanzaba en una votación, no bajaba a comer con los otros cardenales, como si tuviera miedo. Cuando su nombre retrocedía, volvía normalmente al comedor. El tercer día de cónclave llegó al fin la votación definitiva, la décimo primera. Los nombres de Agagianian y Roncalli iban saliendo alternativamente, manteniendo el suspense hasta el final. “Nuestros nombres se alternaban arriba y abajo, como los garbanzos en agua hirviendo”, contaría poco después en público Juan XXIII, con su peculiar sentido del humor. Pero cuando terminó el hervido, Roncalli tenía 36 votos, uno más de los dos tercios necesarios. ¡Habemus Papam!

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