EL BAUTISMO DE JESÚS

En el Oriente cristiano, la fiesta del Bautismo es más importante que la Navidad, ya que se trata de la gran Teofanía, la plena manifestación de la divinidad de Cristo. La iconografía del Bautismo es sencilla y antigua, muy circunscrita a los Evangelios. En el momento en que Cristo se humilla bajando a las aguas del río para recibir el bautismo, una voz celestial le revela al mundo como Hijo de Dios. El descenso al "sepulcro líquido" del Jordán anticipa el Descenso a los infiernos, cuyo significado comparte: a través de la muerte, Cristo salva al hombre, y en la desnudez de su cuerpo se revela como el nuevo Adán.

El paisaje rocoso, que geográficamente corresponde a la depresión del Jordán, se abre a un abismo. El Precursor se inclina hacia Jesús, que domina las aguas y las santifica. Junto al Bautista aparecen un tronco y un hacha (imagen de Jesús), según la profecía de Isaías: "Ya está el hacha contra la raíz de los árboles". Varios ángeles, con las manos cubiertas en señal de respeto, esperan el momento de recibir el cuerpo desnudo de Cristo, paralelismo de la Eucaristía.

En la Iglesia Oriental en este día se bendecían las aguas ante una fuente al exterior del templo, con tres surtidores que aludían al misterio trinitario. En Occidente hubo menos tradición mistérica, y en himnos y antífonas se concentró la atención en la adoración de los magos.

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