LA DINASTÍA ASMONEA

El nuevo Estado fue entendido por los asmoneos como una teocracia en la que se reunían en una misma persona el poder político y el religioso. Esta estructura no contaba con antecedentes en la tradición anterior y, además, los nuevos gobernantes no podían exhibir ningún título para legitimar sus aspiraciones al sumo sacerdocio. Tenían ante los ojos, como forma ideal, un estado en el que el cumplimiento de la Ley mosaica estuviera garantizado por el poder civil, recurriendo a la fuerza si fuera preciso. No dudaron, pues, en utilizar medios violentos para imponer la religión judía a las poblaciones de los territorios anexionados.

Fue, en concreto, el gobierno de Juan Hircano (134-104 a. C.) el que más se caracterizó por su dureza y su fanatismo. No se trataba sólo de erradicar a los apóstatas de sus propias filas (donde de hecho ya se habían practicado algunas purgas), sino de vengarse de los antiguos enemigos de Israel que habían prestado ayuda a los opresores de los judíos. Hircano se dirigió en primer lugar contra los árabes que se habían asentado en la altiplanicie moabita, para asegurarse sólidos puntos de apoyo en Transjordania. A continuación marchó hacia el norte, contra los samaritanos, qu edesde hacía 300 años tenían rotas sus relaciones con los judíos. Hircano conquistó y destruyó la ciudad de Sikem, así como el templo del monte Garizim (107). En el sur combatió a los idumeos, que seguían alimentando el odio ancestra de Esaú a Jacob. Hircano se apoderó de sus ciudades más importantes. A sus moradores se les perdonó la vida a condición de abrazar la ley mosaica. Su región fue convertida en una toparquía de Judá. Más adelante apoyaron con gran celo el levantamiento de los judíos contra Roma. Aun así, los judíos los consideraron siempre sólo como judíos a medias. Así veían también al idumeo Herodes, aunque en su familia se practicaba la circuncisión con la máxima escrupulosidad.

Si hasta entonces los asmoneos habían evitado el título de rey, conformándose con el de etnarca, la situación cambió radicalmente con el siguiente gobernante, Aristóbulo I (104-103). Se autonombró formalmente basileus, aunque su reinado fue de tan corta duración que no tuvo tiempo de acuñar moneda. Por esta razón, el título no aparece confirmado por la numismática hasta su sucesor Alejandro Janeo (103-76 a. C.) Éste llevó su celo proselitista hasta Galilea. Conquistó el área en torno al lago de Genesaret y colocó a sus habitantes en la alternativa de la circuncisión o la expropiación. Así, Galilea fue judaizada por vez primera desde la conquista asiria. Con todo, dado que se trataba de una medida impuesta por la fuerza, el judaísmo no echó hondas raíces entre los galileos.

Ésta era la razón de la desconfianza con que los contemplaba la ortodoxia jduía de Jerusalén. Para acentuar más la judaización de Galilea, Alejandro Janeo asentó en aquellas tierras gentes procedentes de Judea. Así se explica que en tiempos de Jesús hubiera en Galilea gentes oriundas de Judea, como José.

La política interior del reinado de Alejandro se caracterizó por su radical discordia con los fariseos y su inclinación a los saduceos. Los fariseos le declararon la guerra abierta y llegaron incluso a acuñar moneda propia.

A la muerte de Alejandro el reino pasó (en virtud de la última voluntad del rey) a su esposa Alejandra (76-67 a. C.). Fue la única mujer que ocupó el trono de los asmoneos. Dado que, a diferencia de los soberanos precedentes, no pudo reclamar también el poder espiritual, nombró de inmediato sumo sacerdote a su hijo primogénito, Hircano. Por lo demás, fue exactamente el polo opuesto de su marido. Mientra que éste había sido un déspota brutal y despiadado, Alejandra fue una regente temerosa de Dios, lo que le atrajo, sobre todo, la simpatía de los fariseos. También en el pueblo dejó un grato recuerdo, porque durante su regencia el país disfrutó de paz. A su muerte, este panorama experimentó un cambio radical.

Estalló muy pronto una guerra fratricida entre sus hijos Hircano II y Aristóbulo II. El resultado fue que al cabo de cuatro años aquella libertad que con tan enormes sacrificios habían conseguido los Macabeos frente a los sirios, se perdió ante los romanos. Mientras los dos hermanos guerreaban entre sí, había emprendido Pompeyo una marcha a través de Asia que le llevó hasta Damasco. Allí se le presentaron tres partidos judíos: Hircano y Aristóbulo, que se disputaban el trono, y el pueblo, que no quería saber nada de ninguno de los dos y reclamaba la abolición de la monarquía y el restablecimiento de la antigua estructura sacerdotal. Pompeyo rechazó a Aristóbulo, porque, mientras sus partidarios defendían Jerusalén, Hircano abría a las legiones romanas las puertas de la ciudad, que cayó así, sin derramamiento de sangre, bajo el poder de Roma (63 a. C.). Sólo se vieron precisados de combatir para conquistar (con grandes pérdidas) el monte del templo, donde se habían fortificado los partidarios de Aristóbulo. Pompeyo entró en el sancta sanctorum del templo, aunque aquella entrada estaba exclusivamente reservada a los sumos sacerdotes. Hizo prisionero a Aristóbulo y lo llevó consigo a Roma, donde fue envenenado más tarde por los pompeyanos. A Hircano le concedió Pompeyo la suprema dignidad sacerdotal, pero sin poderes civiles. Palestina fue incorporada al Imperio Romano y anexionada a la provincia de Siria.

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