PALESTINA BAJO EL DOMINIO ROMANO: ENTENDIMIENTO Y CONFLICTO

CARMEN HERRANZ PASCUAL
Reseña Bíblica 15 (1997) 49-57

Durante la dominación romana de Palestina, Roma choca con un elemento singular de oposición por parte de los judíos: la defensa de su propia fe yahvista. Los motivos de este choque son el objeto de estudio de este artículo. En las diversas coyunturas del Imperio romano se hicieron patentes diferentes aspectos de la fe de Israel. El precepto sabático y las prescripciones dietéticas de esta religión lícita en el imperio deja exenta del servicio militar a la población judía. Herodes el Grande, aun cuando es respetuoso con la ley y con las costumbres judías, prescinde de la influencia política del sumo sacerdote. Durante mucho tiempo se mantiene la licitud de la religión judía en el Imperio, pero los valores culturales de las dos mentalidades chocan entre sí. Con todo y exceptuando situaciones extremas de dominio, hubo judíos que llegaron a aceptar valores de la cultura romana, provocando un enfrentamiento interno con los fariseos. Tras la guerra judía y la desaparición del Templo, los rabinos se constituyen en los guías principales de la reconstrucción del judaísmo, determinado en adelante por la impronta farisea.

La época de dominio romano en Palestina se extiende desde la llegada de Pompeyo a Jerusalén en el año 63 a. C. hasta los días del Imperio bizantino.

1. El interés de Roma en Palestina

El fenómeno de encuentro cultural que la llegada de Roma supoen es ya conocido en la zona. La helenización está presente en Palestina desde la época de Alejandro Magno y recibe un mayor impulso después de que Antíoco III derrote a los Ptolomeos en Panias, en torno al 200 a. C. Bajo el gobierno de los monarcas seléucidas, el pueblo judío se divide entre quienes aceptan las nuevas ideas, pertenecientes por lo general a las clases altas, y quienes se apegan al cumplimiento de la Ley cada vez de una forma más marcada y exclusivista, los maestros de la Ley. Las posturas de estos dos partidos se irán polarizando progresivamente.

Los excesos de Antíoco IV, que llevan a la revuelta macabea y a la instauración de la dinastía asmonea, tienen todos los tintes de una guerra contra la religión judía. Pero hay otro componente: Antíoco IV busca quitarse el mal sabor de boca que le deja su fracaso en una intervención en Egipto, abortada por Roma.

Roma pone freno, por tanto, a la expansión de los seléucidas en Egipto y se enfrenta al panorama de un Mediterráneo oriental dividido en distintos reinos helenistas, entre los que existe una cierta homogeneidad cultural y lingüística que no evita constantes enfrentamientos dinásticos y guerras.

Palestina, como tantas veces a lo largo de su historia, se encuentra en medio, pasa del poder de los Ptolomeos al de los Seléucidas, y por hallarse en esta situación pasa a formar parte del Imperio romano. El único "mérito propio" añadido es la constante división interna, entre los gobernantes y en el seno del pueblo.

Ante la inestabilidad de la zona, Roma vuelve a intervenir en el siglo I. En el año 67 a. C. Pompeyo recibe un imperium para combatir a los piratas del Mediterráneo, que se le prorroga indefinidamente en el año 66 para poner orden en Siria. En el aó 64 acaba con el reino seléucida y Siria se convierte en provincia romana.

Los enfrentamientos internos entre los asmoneos Hircano II y Aristóbulo II son el pretexto para la intervención de Roma en Palestina. Pompeyo llega a Jerusalén en el año 63. Mientras Aristóbulo II se refugia en el monte del Templo, Hircano II le abre las puertas de la ciudad. La independencia tan difícilmente lograda por los asmoneos termina así. A Hircano II se le concede el gobierno de Jerusalén y Judea y conserva el título de Sumo Sacerdote. Los restantes territorios pasan a formar parte de Siria.

Palestina no es anexionada, pero se convierte en Estado vasallo, obligado a pagar tributo dentro del sistema romano de percepción de impuestos y parte del cinturón que Roma construye para frenar la presión de los partos.

En este contexto de guerras civiles, los judíos quedan exentos de prestar servicio militar debido a su peculiar religión: en el ejército no podrían respetar el sábado ni las leyes dietéticas. Roma promulga diferentes decretos favorables a los judíos. En distintas ciudades se permite a los judíos guardar el sábado y vender alimentos puros. Podía tratarse de decretos puntuales, o sólo aplciables a una ciudad, pero aun sientan las bases del estatuto particular de que gozaron los judíos desde su integración al Imperio romano. El judaísmo goza del status de "religión lícita" dentro del Imperio, y de este status se beneficiarán también los primeros cristianos, hasta su total separación de la religión madre.

La llegada de Julio César al poder supone una mejora en la situación de los judíos. Hircano II, Sumo Sacerdote como sucesor de la dinastía asmonea, y Antípatro, su ministro idumeol, apoyeron a César y lograron que se reconstruyeran las murallas de Jerusalén y se devolviera el puerto de Jaffa a los judíos. Hircano y sus hijos fueron confirmados como sumos sacerdotes y etnarcas de Judea y los hijos de Antípatro lograron puestos de importancia: Fasael fue nombrado gobernador de Jerusalén y Herodes gobernador de Galilea.

2. El reinado de Herodes el Grande

El asesinato de César en el 44 a. C. trae consigo una inestabilidad que llega también a Palestina. Los partos ocupan las provincias romanas del este e instalan a Antígono, hijo de Aristóbulo II, en el trono. Hircano y Fasael fueron hechos prisioneros, pero Herodes logró huir aRoma, donde se convirtió en el único aliado de los romanos en Palestina y logró ser nombrado rey. Con la ayuda de ejércitos romanos se dispuso a conquistar su reino, lográndolo por completo en el año 37 a. C. Su llegada al trono supuso el fin de la dinastía asmonea.

Herodes, que no pertenecía a la dinastía, llegó al poder como consecuencia de la política exterior romana. Sus orígenes (su padre era idumeo) le acarreaban la antipatía del pueblo, pues Idumea había sido conquistada por los asmoneos a finales del siglo II a. C. y sus habitantes judaizados no eran considerados verdaderos judíos por los más piadosos.

Por ello, Herodes nunca ocupó el puesto de Sumo Sacerdote, para el que designaba a hombres de paja. Herodes sabía que sin Roma no era nada, por lo que toda su política se basó en un principio fundamental: complacer al Imperio. En las ciudades no judías se condujo como un soberano helenista. Construyó a lo largo del país y lo embelleció: Sebaste, Cesarea, diferentes fortalezas. Promovió la práctica de juegos y espectáculos y logró para su reino una prosperidad económica notable, dentro del nuevo orden de pax augusta impuesto por Octavio Augusto. Según la autobiografía de Nicolás de Damasco, más de diez mil helenos tenían algún cargo en su corte cuando murió. Pero nunca intentó imponer el helenismo a los judíos.

Los intentos de legitimar su poder ante su pueblo fueron varios. Se casó con Mariamme, descendiente de los últimos gobernantes asmoneos, aunque acabó matándola por celos. Para congraciarse con los judíos, acometió las obras de reconstrucción y embellecimiento del Templo. Las obras ocuparon a miles de personas durante decenas de años y Herodes no escatimó en ellas gasto alguno. Los restos de la Jerusalén herodiana configuran aún hoy en día la fisonomía de esta parte de la ciudad. Las excavaciones arqueológicas llevadas a cabo en dicha zona demuestran el nivel de riqueza alcanzado por las clases acomodadas de la aristocracia económica que se creó bajo su reinado. Él mismo amasó una enorme fortuna, fruto, entre otras cosas, de su eficaz sistema de recaudación de unos impuestos excesivos para la mayoría. Las tensiones sociales, inevitables, estallaron tras su muerte.

Herodes se esforzó en respetar las tradiciones judías y no trató de cambiar la religión. Se preocupó especialmente de que se respetara minuciosamente la Ley durante la construcción del Templo. Pero el poder político era exclusivamente suyo. Se enfrentó con la clase sacerdotal dirigente, formada por la minoría más culta, el partido saduceo, y acabó privando al Sumo Sacerdote de cualquier influencia en la política. El Sanedrín se convirtió en una especie de consejo personal suyo, perdiendo cualquier significación como órgano de gobierno del pueblo. Los fariseos, apegados al cumplimiento de la Ley, eran tolerados mientras no se metieran en política. Parece que honraba y respetaba a los esenios, quienes se mantenían apartados de Jerusalén, al margen de cualquier lucha por el poder, y llevaban una vida dedicada a la religión en sus comunidades junto al Mar Muerto.

Favoreció la vuelta de judíos de la diáspora a Palestina, en su necesidad de apoyarse en quienes no tuvieran nada que ver con el régimen asmoneo. En este contexto podemos entender la vuelta de personajes como Hillel el babilonio, que llegó a ser el mayor sabio fariseo de su época.

Su buena relación con Octavio Augusto le permitió lograr un trato favorable para las comunidades judías de otros puntos de la diáspora. Augusto confirmó el status de "religión lícita" concedido por Julio César a los judíos. En toda Asia Menor estaban exentos de prestar el servicio militar, se les permitiría enviar dinero al Templo de Jerusalén y formar organizaciones sociales y económicas. En ocasiones estos privilegios despertaron las protestas del resto de la población.

Mientras la sucesión de Herodes estaban aún sin decidirse, estallaron numerosos disturbios sociales que provocaron la intervención de Varo, gobernador de Siria. La represión fue tan brutal que esta "guerra de Varo" fue en la memoria de los judíos el episodio más sangriento entre la toma de Jerusalén por Pompeyo y la destrucción del Templo en el año 70. Finalmente Augusto confirmó el testamento de Herodes, que dividía el reino entre sus hijos.

Pero los hijos de Herodes no fueron capaces de mantener el gobierno de sus territorios, que poco a poco pasarán a estar bajo control directo de Roma. A partir del reinado de Augusto sólo las provincias pacificadas son provincias senatoriales, con un gobernador que cuenta con legiones. Palestina será gobernada por un procurador, que depende directamente del emperador y cuenta únicamente con tropas auxiliares. Tiene poderes civiles y judiciales, reside en Cesarea, acudiendo a Jerusalén únicamente con motivo de las fiestas de peregrinación. A través del procurador Roma percibe diferentes tipos de impuestos, en cuya recaudación participan en estos nomentos los publicanos, financieros judíos que trabajan para la administración romana. En este periodo los abusos son constantes, pues la primera preocupación de los procuradores es su bienestar, antes que el de Roma y, por supuesto, que el del pueblo.

3. Las fuentes del conflicto

En un contexto de religiones tolerantes y no excluyentes entre sí, el judaísmo rechazaba aspectos que no suscitaban recelo en otros creyentes. Entre Roma y Judea el culto al César era el problema religioso fundamental. No se trataba de un problema nuevo, pues los judíos habían tenido que afrontar el culto al soberano desde comienzos del siglo III a. C. Los honores divinos que recibían los reyes helenísticos y los emperadores romanos eran una expresión de gratitud. Se honraba lo que había de divino en un hombre favorecido con cualidades excepcionales al que había correspondido una determinada suerte. Siempre que ese culto se mantuviera dentro de los límites que imponía la fe judía, era aceptado por las comunidades israelitas. El culto a la persona del emperador no implicaba su deificación. El Sumo Sacerdote rezaba por él, y no hacerlo era interpretado más como un acto de rebelión política que como una muestra de celo religioso.

Por lo general, los emperadores romanos no impusieron su culto a los judíos, más bien mantuvieron los privilegios de los judíos, más bien mantuvieron los privilegios de los ojudíos en todo el Imperio. El status de religión lícita se mantuvo por espacio de tres siglos, salvo en el breve intervalo del reinado de Adriano. Aun así, se produjeron distintos choques con la sensibilidad religiosa de los judíos, imposibles de evitar, dada la total divergencia de las dos mentalidades.

El antagonismo se manifestaba también en los valores culturales y en la forma de entender la vida: el desprecio por el trabajo manual, tan arraigado en la tradición judía; la afición de griegos y romanos a los espectáculos, gimnasios y baños; su admiración por el cuerpo humano, etc.

La actitud de Calígula (37-41 d. C.) fue totalmente opuesta, pues al poco tiempo de comenzar su reinado exigió que se le reconociera como dios en sentido estricto. Se produjeron distintos incidentes, y Calígula ordenó que el Templo de Jerusalén se convirtiera en un Templo a su persona, y se colocara una estatua suya en el Santo de los Santos. Algo así era totalmente inaceptable para la fe judía. El asesinato de Calígula acabó con el problema, pero puede que muchos judíos comenzaran a pensar que su situación era tan débil que el capricho de un emperador podía poner en peligro su fe, y que el único camino posible para asegurarse la libertad religiosa era reconquistar su independencia política.

Aun así, había muchos judíos que aceptaban los valores de la civilización romana, y su enfrentamiento con los ortodoxos fariseos, que rechazaban de plano cualquier acercamiento, es constante. Las agudas tensiones sociales, la efervescencia de esperanzas apocalípticas, la división en las clases sacerdotales y la instigación de zelotas y sicarios provocan una inestabilidad que desemboca en el conflicto sangriento y desesperado que estalla en el año 66 d. C., a finales del reinado de Nerón. No puede decirse que una política dura de Roma llevara a los judíos a la revuelta. En los años previosl, muchas veces los judíos fueron escuchados por el gobernador o por el mismo emperador. Características específicas del judaísmo instigaron la resistencia y provocaron la irritación y la represión por parte de Roma.

4. La Guerra de los Judíos

Como hemos dicho, una de las fuentes de intranquilidad son los movimientos mesiánicos que buscan establecer un Estado al margen de Roma. Circulaba por todo el Oriente en aquellos momentos la creencia de que un hijo del este gobernaría el mundo. Para muchos, se trataría de Vespasiano, pero para otros sería un judío. Flavio Josefo nos habla de distintos grupos de resistentes a los romanos, no excluyentes entre sí: bandidos, sicarios y zelotas. Bandidos y sicarios actuaban a plena luz del día contara los romanos y contra cualquiera que, a su juicio, aceptara someterse a ellos, sembrando el terror en la región. Los autodeterminados zelotas se consideraban herederos de un extremismo religioso muy antiguo.

El detonante de esta Guerra de los Judíos fue un incidente poco grave que se convirtió en una rebelión abierta cuando, probablemente a instancias de los zelotas, se decretó la supresión del sacrificio diario en honor del emperador. Pronto la revuelta se extendió por todo el país hasta un punto sin retorno. La defensa de Galilea fue encomendada a Flavio Josefo, quien, pese a su actitud claramente favorable a Roma, nos deja a través de sus obras las más importantes fuentes para el estudio de esta época.

Cesio Galo, el gobernador de Siria, se mostró incapaz de someter la revuelta, por lo que Nerón le encargó a Vespasiano su completo aplastamiento. La estrategia fue ir sometiendo progresivamente y sin fisuras todos los territorios, de forma que en la primavera del 68 los rebeldes sólo controlaban Jerusalén y otras fortalezas en la zona del Mar Muerto. En junio, Nerón murió en Roma, produciéndose una crisis en el Imperio que acabó con la proclamación de Vespasiano como César por las tropas de Alejandría. Como en otras ocasiones a lo largo de su historia, Jerusalén, la ciudad sitiada, se salva de forma milagrosa, pues transcurrieron casi dos años en los que los romanos llegaron a perder territorios previamente conquistados antes de que Vespasiano emprendiera viaje a Roma, dejando a su hijo Tito al frente del asedio.

Durante este tiempo los romanos contemplaron como las sangrientas peleas internas entre los distintos partidos judíos les facilitaban la tarea. En este momento podemos situar la huida de Yojanán ben Zakkai de Jerusalén. Este relato es uno de los más famosos de la literatura rabínica. El sabio fariseo se presenta ante Vespasiano y le pide como favor una ciudad en la que los maestros de la Ley se puedan refugiar y dedicarse al estudio. Yojanán ben Zakkai, incapaz de hacer entrar en razón a los miembros de las distintas facciones, comprendió que el desastre era inevitable, y tuvo la visión de lo que tendría que ser el judaísmo posterior. Los sabios que con él se instalan en Yavne son los únicos que construyen en esta época de destrucción.

En septiembre del año 70 Tito domina toda la ciudad y el Templo está destruido. En el año 74, con la toma de Masada, concluye la guerra de los judíos contra Roma. Judea se convirtió en una provincia romana gobernada por un pretor, y una legión se instaló de forma permanente en Jerusalén. Las consecuencias socioeconómicas de la guerra fueron profundas y trascendentes: en los asentamientos judíos devastados se instaló una población de origen mixto; el territorio pasó a pertenecer al emperador, y los agricultores judíos quedaron reducidos a colonos. El motor financiero que era el Templo había desaparecido, lo que dificultaba la reconstrucción.

Si, en la guerra desaparecieron los distintos partidos rebeldes, la supresión del culto provocó el declive de la clase sacerdotal y el partido saduceo. Desaparecidos tanto quienes mejor aceptaban la asimilación a la cultura del Imperio como quienes aspiraban a la recuperación de la soberanía política, los posteriores enfrentamientos entre Roma y los judíos tendrán, aún con componentes políticos, una motivación marcadamente religiosa.

Entre todas las consecuencias de la guerra, probablemente las religiosas fueron las más importantes. La desaparición del Templo, eje central del culto, obligó a los sabios de Yavne a legislar conforme a situaciones legislativas y judiciales que en su día poseyera el Sanedrín, y el valor del culto como vehículo de expiación fue trasladado a las buenas obras. Los rabinos se convirtieron en guías del pueblo y reconstructores del judaísmo, empeñados en hacerlo fuerte y capaz de sobrevivir en cualquier circunstancia. La desaparición de todos los grupos restantes permitió que la impronta farisea marcara al judaísmo para siempre.

Después del año 74 Roma podía haber cambiado su política respecto a los judíos, pero lo cierto es que los privilegios de los judíos no fueron anulados, salvo la conversión del impuesto del Templo en el fiscus Iudaicus. Las relaciones continuaron, a veces mejores y a veces peores. En distintas ocasiones embajadas de sabios visitaron Roma para lograr tratos favorables. Aunque los rabinos odien a Roma y se refieran a ella en su literatura como al "malvado imperio", no se quejan de injusticia o discriminación con respecto a otros pueblos. A pesar de las revueltas, los judíos siempre mantuvieron una relación vertical con Roma y no buscaron alianzas con otros pueblos sometidos. Judíos y romanos compartían la creencia de haber sido elegidos por los dioses para una misión especial.

5. Los últimos intentos

Al final de su reinado, el emperador Trajano decidió poner orden en el Oriente: sus objetivos eran someter a los nabateos y crear la provincia de Arabia, y llevar a cabo una campaña contra los partos. Durante su estancia en Mesopotamia (115-117) estallaron revueltas judías en distintos puntos: Egipto, Cirenaica, Chipre y también Mesopotamia. Aunque los motivos no son muy claros, los disturbios llegaron a ser importantes. Los más peligrosos para el emperador eran los que se producían en las fronteras orientales, recién arrebatadas a los partos. Parece que los sucesos no se extendieron a Judea, donde la presencia romana era mayor, pues en estos momentos había ya dos legiones. Aún en estos momentos no se perseguía a los judíos, aunque sí a los cristianos.

Pero la revuelta aguardaba en Judea, donde estalló quince años más tarde, en el 132, cuando las especulaciones de los que creían que el Templo sería restaurado y el reino mesiánico comenzaría transcurrido un jubileo (49 años) estaban en su punto álgido, pues habían pasado ya 42 años.

Esta revuelta, conocida como la rebelión de Bar Kojbá, es comparable a la primera guerra judía en su violencia y en sus desastrosas consecuencias. Tampoco en esta ocasión los judíos se muestran unidos, pues entre los sabios se dan posturas distintas. Frente a los que el yugo romano y la urgencia de seguir vivos y mantener las escuelas abiertas como única vía para asegurar la pervivencia del judaísmo, están los que defienden que es necesario liberarse de Roma, pues la presión del Imperio sólo irá a más, por lo que cualquier diálogo es inútil. Muchos se obstinan en cumplir cada precepto y terminan muriendo como mártires. Otros abandonan la fe y se convierten en apóstatas, en busca de posiciones más favorables.

Las causas esta vez son varias: la tradición literaria rabínica habla de la intención de Adriano de reconstruir el Templo de Jerusalén, obstaculizada por los samaritanos. El emperador decide finalmente reconstruir la ciudad, pero transformada en una urbe romana, Aelia Capitolina. También en este momento se prohíbe la práctica de la circuncisión, aunque no como medida antijudía, pues era una prohibición dirigida a todos los que la practicaran. Ante la respuesta violenta de los judíos, termina también prohibiéndose la enseñanza de la Ley. Surge en medio de la confusión y el desánimo la figura de Bar Kojbá, caudillo militar que aglutina las esperanzas mesiánicas del pueblo, y llega a lograr el apoyo de uno de los más grandes sabios del momento, Rabí Aqiba.

La revuelta termina con una estrepitosa derrota. Los judíos que no mueren son enviados a llenar los mercados de esclavos del Imperio. Jerusalén se convierte efectivamente en una ciudad romana a la que no se permite entrar a los judíos. Judea pasa a llamarse Palestina y el centro del judaísmo se desplaza hacia el norte, a Galilea. Sólo esta última revuelta fue seguida de una serie de medidas antijudías, que se verían, no obstante, suavizadas bajo el gobierno de Antonino Pío. Los romanos nunca persiguieron a los judíos por el mero hecho de serlo. El poder imperial romano procuró respetar el carácter específico de los judíos, concediéndoles, como hemos visto, diferentes privilegios conforme a sus tradiciones. Ellos se negaron a cualquier tipo de asimilación y tras varias revueltas políticas desaparecieron como Estado, aunque siguieron viviendo como pueblo religioso. Conocieron épocas de relativa prosperidad y los sabios de Israel pudieron dedicarse, tanto en Palestina como en otros puntos de la diáspora, a tareas tan importantes como la fijación del canon de la Biblia Hebrea y al desarrollo y fijación de toda la serie de leyes que constituyen la Misná y el Talmud. Los judíos no conocieron verdaderamente la persecución religiosa hasta la adopción del cristianismo como religión del Estado por Constantino, pero ésa es ya otra parte de la historia del judaísmo.

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