LA ÉPOCA GRIEGA HASTA LA REBELIÓN MACABEA

1. Alejandro Magno y sus sucesores

En el siglo IV a. C. aquel imperio persa que bajo Ciro había alcanzado cumbres tan gloriosas, ya casi había agotado su vigor moral. La dinastía de los Aqueménidas había degenerado. Tendría que surgir en el escenario un hombre que, como el antiguo Ciro, cambiara de golpe el rostro político y cultural del mundo antiguo. Este hombre fue el macedonio Alejandro Magno.

Cuando Filipo de Macedonia ascendió al trono, el año 359 a. C., su reino, que en el siglo V había conseguido, junto a los griegos, su época de máximo esplendor, se hallaba ya en la agonía. Pero cuando murió asesinado en el año 336 a. C. había convertido a Macedonia en un gran reino, bajo cuya dirección las ciudades griegas se habían unido en la llamada "Liga Corintia". Europa había creado, por vez primera, una estructura política de alcance universal. Alejandro, hijo de Filipo, amplió la herencia paterna con una clarividente fijación de objetivos. Accedió al poder a los veinte años de edad y murió a los 33. En sólo 13 años creó un mundo nuevo.

Alejandro estuvo dominado desde el primer momento por la idea de agrupar todas las fuerzas griegas bajo su mando y lanzarlas contra el imperio aqueménida para vengar las desventuras que desde los días de Maratón habían venido causando al pueblo griego los persas. En la primavera del año 334 a. C. emprendió la marcha hacia Oriente, pero tras cruzar victoriosamente Asia Menor, en vez de proseguir su avance hacia el corazón del imperio, giró hacia el sur, se apoderó de las ciudades costeras fenicias y de Palestina, se ciñó en Egipto la doble corona de los faraones y fundó la ciudad de Alejandría, que en épocas posteriores acabaría por ser el centro más importante de la diáspora judía. A continuación emprendió la ruta del norte, cruzó el Tigris y el Éufrates, derrotó a Darío III en Gaugamela (cerca de Nínive) y entró, sin combatir, en Babilonia. A continuación cayeron en sus manos Susa, Persépolis y Ecbátana.

Apenas cumplido su primer objetivo de derrotar al imperio persa, Alejandro se proponía otro aún más ambicioso: dominar el mundo entero, hasta sus últimos confines. Avanzó, al frente de sus tropas macedónicas, hasta las faldas del himalaya, pero el año 324 a. C. tuvo que regresar a Susa. Aquí determinó que 10.000 hombres de su ejército se casaran con mujeres iraníes, para mezclar indisolublemente el reino macedónico con el imperio persa. Él mismo tomó por esposa a una hija del último rey persa, Darío III. Murió al año siguiente (323 a. C.), en Babilonia, a causa de una fiebre.

A la muerte de Alejandro Magno, sus generales se repartieron el imperio. Al principio asumieron una función parecida a la de los antiguos sátrapas, pero muy pronto, uno tras otro, se fueron dando el título de rey.

En Babilonia consiguió encumbrarse a la dignidad de sátrapa Seleuco, antiguo soldado de la entera confianza de Alejandro. A este acontecimiento, que al principio no tuvo nada de espectacular, se le consideró más tarde de tanta trascendencia que se le convirtió en punto de partida de una nueva etapa histórica, la era Seléucida (que se inicia el 1 de octubre de 312 a. C.). Como sátrapa de Babilonia, caían dentro de los territorios de Seleuco las provincias orientales del imperio de Alejandro. Pero, además, gracias a la iniciativa de su hijo Antíoco, se apoderó de Siria. El año 305 a. C. se concedió el título de rey, iniciando así la dinastía Seléucida. El año 300 a. C. fundó, para su residencia, la ciudad de Antioquía, junto al Orontes. Tanto en Antioquía como en otras ciudades por él fundadas hizo asentar colonias judías. A su muerte, el reino abarcaba Siria, Mesopotamia, Armenia, toda Asia Menor, Tracia y Macedonia.

De todas formas, Palestina estaba incluida al principio en el área de influencia de los Ptolomeos. Al macedonio Ptolomeo, hijo de Lagos, jefe de la guardia personal de Alejandro, le había correspondido la satrapía de Egipto. También él se proclamó rey, el año 305 a. C., fundado así la dinastía de los Ptolomeos o Lágidas, que figura en la historia egipcia como la XXXI y última (305-30 a. C.). Sin pérdida de tiempo, se apoderó de Palestina. Pero fue sobre todo Ptolomeo II Filadelfo (283-246 a. C.) quien dio al país su peculiar fisonomía, claramente perceptible incluso en nuestros días, ya que helenizó las ciudades existentes y creó otras nuevas. El punto de apoyo más sólido del dominio lágida en Palestina fue la antigua ciudad portuaria de Akkó, llamada en adelante Ptolemaida en honor del rey. También la antigua capital de los ammonitas de Transjordania, Rabat Ammón, pasó a llamarse Filadelfia, en recuerdo del nombre de la reina.

En Antioquía se alzó con el poder, el año 224, Antíoco III Megas (223-187 a. C.). Su reinado marcó decisivamente los destinos de Palestina. En efecto, en el curso de los enfrentamientos armados que con diversa suerte libró contra su adversario Ptolomeo IV, Antíoco consiguió arrebatar Palestina a los Ptolomeos e incorporarla a sus dominios. Para la población palestina este cambio significó un giro no sólo político sino también, y muy pronto, religioso. Los Ptolomeos se habían mostrado benévolos con los judíos y sus instituciones. Especialmente en Alejandría, los judíos constituían un notable contingente de la población y era muchos los judíos que se alistaban en el ejército. También en Palestina mantuvieron los Ptolomeos la política liberal de los Aqueménidas. A pesar de ello, parece ser que la población judía de Palestina recibió con alborozo el cambio de dominio de los Ptolomeos a los Seléucidas. Antíoco III era un hábil político, que supo ganarse la benevolencia de sus nuevos súbditos mediante donaciones para el culto y la suavización de las cargas impositivas.

Pero muy pronto comenzaron a percibirse los signos de la tormenta que se avecinaba. Cierto que el sucesor de Antíoco III, Seleuco IV Filopátor (187-175 a. C.), atendía con sus rentas personales a los gastos necesarios para el servicio de los sacrificios, y la persona del piadoso sumo sacerdote Onías parecía ofrecer garantía de que todo discurriría por los mejores cauces. Pero, por otro lado, resulta perfectamente creíble la noticia bíblica según la cual Seleuco, forzado por la miserable situación financiera en que se encontraba, quiso apoderarse de los tesoros del templo.

Fuera como fuere, el relato deja entrever claramente que las tensiones interiores que azotaban a la comunidad judía eran mucho más alarmantes que las amenazas exteriores. Precisamente, el hecho de que tanto Alejandro Magno como los Ptolomeos y los primeros Seléucidas no sólo no atentaron lo más mínimo contra la libertad religiosa de los judíos, sino que incluso le dispensaron un trato de favor, entrañaba en sí el peligro que se creía ya definitivamente superado en virtud del castigo del exilio babilónico: comenzaron a desdibujarse las fronteras entre judaísmo y paganismo y las concepciones paganas de la vida influían con creciente fuerza en la mentalidad judía.

La irrupción de Alejandro Magno en Oriente había puesto en marcha el movimiento cultural y religioso conocido en la historia por helenismo. A través del idioma griego, convertido en lengua universal y unitaria, los países orientales se vieron inundados por la filosofía griega, la literatura griega, la arquitectura griega y las costumbres griegas, que desembocaron, también en el ámbito religioso, en una mezcla de cultos griegos y orientales. La contraposición entre la religión revelada judía y el evangelio del disfrute ilimitado de la vida que predicaba el helenismo tiene su mejor expresión plástica en el libro de la Sabiduría, compuesto en aquella época. El escrito muestra que el ataque del helenismo al judaísmo, así como la resistencia judía, se libró inicialmente con armas espirituales. La situación cambió cuando accedió al poder, el año 175 a. C., Antíoco IV.

2. La rebelión macabea

Los intentos de helenización de Antíoco IV fueron inicialmente bien acogidos por un fuerte partido judío grecófilo de Jerusalén. De hecho, cuando el rey visitó por primera vez la capital, el año 175 a. C., el sumo sacerdote y los judíos le dispensaron una solemne recepción. Pero cuando los romanos bloquearon los intentos del monarca seléucida de apoderarse de Egipto, comenzaron a percibir los judíos las primeras muestras de su enojo. Saqueó el tesoro del templo, reprimió la oposición y ordenó a sus gobernadores de Celesiria acelerar el proceso de helenización de los judíos. El templo fue profanado, el sábado ultrajado, todos los libros sagrados entregados a las llamas y castigada su posesión. Quedó prohibida la circuncisión y se obligó, por medios coercitivos, a comer carne de cerdo. Si hasta entonces el partido grecófilo había aprobado la política de Antíoco, ahora su intento de introducir en Jerusalén el culto a Zeus Olímpico tropezó con una protesta generalizada. Aquel atentado contra la religión se estrelló contra el movimiento popular de los Macabeos.

Tras una inicial resistencia pasiva, que llegó en ocasiones hasta el martirio, se dio la señal de partida para el levantamiento activo, que no surgió de Jerusalén, sino de la pequeña localidad de Modín (28 km al noroeste de la capital). Su promotor fue el anciano sacerdote Matatías y sus cinco hijos. Encontraron seguidores en la "asamblea de los asideos", partido exclusivamente religioso, que exigían, frente al helenismo, el estricto cumplimiento de la Ley. De él surgieron más tarde los partidos de los esenios y de los fariseos. Tras la pronta muerte de Matatías se puso al frente de la resistencia su tercer hijo, Judas (166-160 a. C.), conocido bajo el sobrenombre de Macabeo ("martillo"). Gracias a dos victorias alcanzadas en breve espacio de tiempo consiguió apoderarse de Jerusalén (salvo la fortaleza siria, situada en el monte Sión) y restaurar el culto divino. La nueva consagración del templo (165 a. C.) debería conmemorarse todso los años mediante una fiesta conmemorativa (Dedicación o Hannuká). Aunque Judas fue desalojado, los sirios aceptaron un compromiso en virtud del cual se les concedía solemnemente a los judíos el libre ejercicio de su religión. Se conseguía así el principal objetivo de la insurrección macabea. Para poder sacudirse enteramente el yugo sirio, Judas acudió a los romanos. Pero con esta iniciativa provocó un rápido contraataque de los sirios y Judas cayó en la batalla.

Los hombres de Judas eligieron a su hermano Jonatán (160-143 a. C.) por su jefe y caudillo. Entre el 160 y el 153 supo convertir a sus seguidores en un fuerte partido, cuyos favores llegaron incluso a disputarse los pretendientes al trono sirio, enfrentados entre sí. Jonatán aprovechó hábilmente esta circunstancia para obtener concesiones y consiguió incluso que el año 153 el seléucida Alejandro Balas lo nombrara sumo sacerdote y el 150 estratega y gobernador de Judea, aunque siempre bajo la autoridad formal del rey seléucida. Se alcanzaba así el segundo gran objetivo de los Macabeos: el dominio único, total e incompartido del partido nacional religioso. Pero las siguientes tentativas de Jonatán por acrecentar su poder despertaron la desconfianza de los sirios. Le tendieron una emboscada en la que encontró la muerte.

Jonatán había dejado perfectamente claro que lo que deseaba era la independencia total frente a Siria. La importancia de su hermano y sucesor, Simón (143-143 a. C.) radica en que llevó a cabo aquel propósito y convirtió a Judea en un estado independiente. Expulsó a la guarnición siria de la fortaleza de Jerusalén; lo único que le faltaba era el reconocimiento formal de su propio pueblo. Lo obtuvo mediante la decisión popular del año 141 a. C., en la que se le nombraba sumo sacerdote, jefe del ejército y del pueblo judío para siempre, "hasta que aparezca un profeta digno de fe". "Para siempre" implicaba que su dignidad era hereditaria. Se creaba así una dinastía judía que tenía en sus manos el poder religioso y político. Por el nombre de un supuesto antepasado de Matatías, (H)asmón, se la denomina dinastía de los (H)asmoneos.

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