EL TEMPLO DE HERODES
El programa de obras públicas de Herodes incluía dos proyectos en Jerusalén: el gran complejo palaciego de la ciudad alta y la reconstrucción del Templo. La reconstrucción del templo de Salomón después del regreso de Babilonia era un pobre sustituto del edificio original. Herodes estaba decidido a que su Templo superara al de Salomón en toda su gloria. Sus planes eran tan grandiosos que, a pesar de su entusiasmo por el proyecto, el pueblo dudaba de que se pudieran llevar a cabo. De hecho, temían que se destruyera el Templo existente sin lograr completar el nuevo. Así pues, se negaron a aceptar la reconstrucción hasta que se hubieron reunido todos los materiales y obreros.
En primer lugar, se amplió considerablemente la explanada, lo que exigió grandes proezas de ingeniería. El muro de contención debía resistir grandes tensiones. Dos de sus esquinas colgaban sobre el valle y la plataforma estaba allí a unos 45 m. por encima del suelo. En la esquina del sureste hubo que sostener la plataforma con una serie de arcos, conocidos en la actualidad como los establos de Salomón.
Fue un trabajo colosal que se empezó en el año 20 a. C. y que no estuvo totalmente terminado hasta el 62 d. C., mucho después de la muerte de Herodes (4 a. C.). La construcción necesitó permanentemente 10.000 obreros, de los cuales 1.000 eran sacerdotes, pues para no profanar el templo en algunas zonas sólo podían trabajar sacerdotes. La calidad de la obra, su estilo arquitectónico, el tallado de las piedras, necesitaron de técnicos romanos.
En la parte exterior estaba el patio de los gentiles, rodeado de una muralla almenada; los cuatro lados del patio estaban rodeados de suntuosos pórticos al estilo helenista. En el centro de este patio comenzaba el templo propiamente dicho. En primer lugar, el patio de las mujeres; en cada uno de sus ángulos se levantaban algunas salas (reservas de madera, almacén de aceite, casa de los leprosos, de los nazireos). Venía luego el patio de Israel reservado a los hombres, separado por una balaustrada del patio de los sacerdotes. Allí estaba el altar, así como los mataderos. Alrededor de todo este espacio, nuevos pórticos y salones, entre ellos uno para las reuniones del sanedrín. El santuario era una imitación del de Salomón: un vestíbulo con una entrada majestuosa; la mesa de los panes de la proposición y el gran candelabro de los siete brazos, el altar de los perfumes. Finalmente, separado por una cortina doble, el Santo de los Santos, en el que sólo el sumo sacerdote entraba el día de la fiesta de la Expiación.
Este templo, a pesar de estar cubierto de oro, seguía siendo obra de Herodes y no respondía a la piedad judía. Con poco acierto, Herodes había ordenado erigir en él algunas estatuas y hasta un águila de oro encima de la puerta principal. En otra puerta hizo inscribir, para honrarlo, el nombre de Marco Agripa. Todo esto era una ofensa contra la piedad judía. Algunos jóvenes fariseos intentaron destruir el águila a hachazos y fueron quemados por Herodes.