| LA MONARQUÍA UNIDA Apenas se había fundado Israel, cuando ya la falta de unidad tribal puso de nuevo en peligro su existencia misma. Hasta entonces las tribus habían podido detener, actuando por separado, los asaltos procedentes de Transjordania. Pero los ataques desencadenados por los filiseos desde la costa marítima contra las regiones israelitas eran de muy distinto cariz. Aquí ya no se trataba de acciones de reducido alcance local y temporal libradas en la periferia de la zona tribal israelita, sino del ataque concentrado de una potencia militar de gran capacidad ofensiva contra la totalidad del territorio. Muy pronto, la existencia misma de Israel estuvo pendiente de un hilo. No es, pues, nada extraño que fuera tan alto el clamor que pedía la mano fuerte de un rey. Saúl A la hora de proceder a la elección del primer rey, las miradas se dirigieron espontáneamente al Israel profundo, al "proto-Israel", es decir, a la tribu de Benjamín. Las aclamaciones del pueblo se centraron en la persona de Saúl, debido sobre todo a la victoria que había alcanzado sobre los ammonitas y a su atrevido golpe de mano en la fortaleza de Yabes de Galaad. El acto de su proclamación tuvo lugar en Guilgal, santuario tribal de Benjamín. Saúl fijó su residencia en su lugar natal, Guibá (hoy Tell el-ful, 6 km. al norte de Jerusalén). Su pequeña fortaleza, todavía de construcción un tanto tosca, es el primer edificio israelita de cierta importancia de que tenemos noticia. A pesar de sus éxitos iniciales y de las numerosas campañas que llevó a cabo con riesgo de su vida, no pudo Saúl culminar la misión que se le había confiado de liberar a Israel del yugo filisteo. Cuando, al final, fue derrotado y muerto en batalla por los filisteos, la situación de Israel era más desesperada que nunca. En política interior Saúl tampoco había conseguido llevar a término la tarea de forjar la unidad de todos los israelitas. A su muerte, las tribus del sur, desentendiéndose de las del norte, eligieron por rey, en su santuario de Hebrón, a David, de la tribu de Judá. Ya en vida de Saúl podía adivinarse con absoluta claridad que David era el hombre del futuro. Los relatos bíblicos giran casi exclusivamente en torno a las relaciones de Súl con David. La aportación de Saúl desaparece bajo la sombra de su gran sucesor, de modo que es relativamente poco lo que sabemos sobre sus acciones de gobierno. David La tradición israelita ha considerado siempre a David como el mayor rey de Israel. Tuvo una importancia determinante para toda la historia posterior de este pueblo el hecho de que el nuevo monarca perteneciera a la tribu de Judá. Con ello, la jefatura política pasaba, y ya para siempre, de las tribus septentrionales a las meridionales. Y esto implicaba no sólo que el centro de gravedad se desplazaba del norte al sur, sino que, en virtud de este giro, Judá alcanzaba, por vez primera, su significación histórica. Hasta entonces, esta tribu apenas había desempeñado algún papel en la confederación. En la bendición de Moisés (Dt 33, 7) Judá aparece todavía aislado y en busca de conexión con las restantes tribus. Sólo gracias a la brillante personalidad de David alcanzó una posición dominante en la confederación. Ésta es la situación que reflejala bendición de Jacob (Gn 49, 10). En un primer momento fue sólo la tribu de Judá, en el sur, la que aclamó por rey a David en Hebrón. David procuró de inmediato ganarse también el favor de las tribus transjordanas y septentrionales. Pero éstas siguieron otro camino; tras la derrota frente a los filisteos, Abner, general de Saúl, se refugió, con los restos del ejército, en Galaad y proclamó allí al hijo de Saúl, Isbaal, por rey "sobre todo Israel" (es decir, las tribus del norte). Aquella decisión originó un prolongado enfrentamiento entre los dos rivales. Sólo cuando Abner e Isbaal perecieron a manos de asesinos quedó despejado el camino hacia la unidad. En realidad, también las tribus de norte añoraban un caudillo enérgico que les librara del yugo filisteo y David parecía el más indicado. Así, pues, sus ancianos se trasladaron a Hebrón para reconocerlo como rey de Israel. Pero con esto no se había forjado aún la unidad del reino. David era rey de dos entidades políticas, cada una de las cuales tenía su propio y diferente pasado monárquico. Era, pues, rey de una doble monarquía, en una especie de unión personal: era rey de Israel y de Judá. Por lo demás, no tenemos suficiente información sobre el reinado de David. Las fuentes que ofrecieron tan detallada descripción del paso de la realeza de Saúl a David centraron más tarde su interés en la conquista de Jerusalén y pasaron luego a los acontecimientos en torno a la sucesión al trono. Tenemos, pues, más una crónica familiar de David que la historia de su reinado. De todas formas, nos es posible reconstruir los rasgos básicos de su política exterior. Los filisteos, que habían prestado poca importancia al reino de David en Hebrón, recurrieron a las armas cuando se convirtió en rey de todo Israel. Las guerras filisteas se prolongaron durante mucho tiempo. Pero David consiguió quebrantar de tal modo la supremacía filistea que en el futuro dejaron ya de ser un serio peligro. Se trocaron los papeles: las ciudades filisteas quedaron sujetas al dominio de David y hubo mercenarios filiseos en la guardia real. David se alzó también rápidamente con la victoria sobre los restantes pueblos vecinos. Edom pasó a ser provincia del reino, administrada por un gobernador; Moab se convirtió en estado vasallo sujeto a tributo; Ammón fue simplemente sojuzgado y anexionado al reino. Los arameos pudieron librarse a cambio de pagar un excepcional tributo. David mantuvo relaciones amistosas con Tiro. Surgía así por vez primera en la historia, un gran reino autóctono en el espacio siro-palestino. Para llevar a cabo la unificación del reino, tarea a la que David concedió primordial importancia, era necesario absorber las ciudades-Estado cananeas. Se ganó a la liga de los gabaonitas, que había sido duramente reprimida por Saúl, mediante el recurso de entregarles a los descendientes de éste. Pero la acción más decisiva de su reinado fue la conquista del enclave de Jerusalén, habitado por los jebuseos. Ya desde el simple punto de vista militar se trataba de una empresa de gran aliento, dado que la ciudad estaba considerada como una fortaleza inexpugnable, por estar sólidamente amurallada y rodeada, por tres de sus lados, de profundos valles. Al trasladar su residencia a esta ciudad, David daba una magnífica prueba de su sagacidad política. Para su propósito de unificar las tribus del norte y las del sur, Jerusalén parecía el punto poco menos que predestinado a convertirse en capital del reino. En virtud de su situación geográfica, se encontraba en el justo límite entre ambos grupos tribales (es decir, en la frontera entre las tribus de Judá y Benjamín). Pero era, sobre todo, una ciudad "neutral", que hasta entonces no había pertenecido a ninguna tribu y que no podía suscitar, por tanto, el recelo o la animosidad de ninguna de ellas. Finalmente, Jerusalén parece haber tenido, ya desde la época cananea, un carácter sacro. David conquistó y consagró a Yahveh no sólo el antiguo templo de Jerusalén, sino también su sacerdocio. También así daba muestras de clarividencia política; el clero era un importante factor de poder. Con este proceder, David conseguía apoyarse sobre los cimientos políticos y culturales que ofrecía Jerusalén. En la época siguiente la ciudad no fue incorporada a ningún territorio tribal, sino que se mantuvo como dominio personal de David, de modo que éste disponía de un centro político no vinculado a ninguna tribu concreta. Para convertirla, además, en centro cultual del reino, ordenó trasladar desde Kiryat Yearim a Jerusalén el arca de la alianza y acometió ingentes preparativos para la construcción de un templo a Yahveh, aunque no vivió para contemplar su realización. Todas estas medidas evidenciaban el propósito de centralizar el reino. Otras medidas fueron el censo del pueblo, la organización de un aparato administrativo con su cuerpo de funcionarios y la creación de un ejército permanente. El reinado de David ofrecía, pues, una imagen espléndida. Por desgracia, esta imagen se vio ensombrecida por las debilidades humanas del monarca, su historia familiar con episodios a veces lamentables y las turbias intrigas por la sucesión al trono. Pero es que, además, tampoco su obra política fue duradera. A pesar de sus esfuerzos por unificar la nación, tuvo que sofocar levantamientos de las tribus del norte. No pudo asimilar al reino las ciudades fronterizas conquistadas y ni siquiera consiguió consolidar la unidad interna de Israel, como los acontecimientos posteriores se encargaron de demostrar. Ello no obstante, pocas casas reales en la historia han logrado mantenerse tanto tiempo como la davídica. Mientras que en el reino del norte en el lapso de dos siglos se sucedieron nueve dinastías, los descendientes de David reinaron en Jerusalén por espacio de más de cuatro siglos. Salomón En las intrigas palaciegas por la sucesión al trono de David salió triunfante Salomón, hijo de Betsabé. Fue ungido rey y ejerció el poder todavía en vida de su padre. Fue, por tanto, corregente con David. El libro primero de los reyes nos transmite los acontecimientos de su gobierno según un orden más lógico que cronológico: la sabiduría de Salomón, sus construcciones, sus actividades comerciales, sin echar al olvido las sombras de su carácter y de su gobierno. De hecho, el reinado de Salomón no tuvo ya la misma dinámica que el de su padre. Salomón procuró conservar, explotar y, sobre todo, extraer utilidad de lo ganado antes. Los intereses de su política exterior fueron más diplomáticos que guerreros. El faraón de Egipto le entregó su hija por esposa, con la ciudad de Guézer por dote. Salomón mantuvo y confirmó las amistosas relaciones con Tiro iniciadas por David. Pero, sobre todo, creó una red de amplias relaciones comerciales con los pueblos vecinos. Durante su reinado Palestina se convirtió en plaza de intercambio del comercio internacional. Se importaban de Cilicia caballos no sólo para satisfacer la demanda de Salomón, sino también para exportarlos a Egipto, mientras que de este país venía material bélico con destino a Siria. Palestina, por su parte, cambiaba cereales y aceite por madera del Líbano. En el valle medio del Jordán desplegaba su actividad la industria metalúrgica de Salomón. Se atribuye, en cambio, erróneamente, a este monarca la explotación de minas de cobre en las proximidades de Esyón-Guéber. El transporte de mercancías ya no corría a cargo sólo de las caravanas; en colaboración con Tiro y con marineros fenicios, Salomón mantuvo una flota en el Mar Rojo que llevaba oro a Palestina (probablemente desde Arabia occidental y el país de Somalia situado frente a Arabia). No fueron, en cambio, tan buenas las relaciones con los edomitas y los arameos. En Edom logró hacerse con el poder un príncipe nativo, Hadad, que había tenido que huir a Egipto durante el reinado de David. De todas formas, Salomón conservó el control de la ruta comercial con el Mar Rojo. Entre los arameos fundó una dinastía independiente en Damasco un cierto Razín. Comenzaba, pues, a resquebrajarse el gran imperio davídico, aunque el reino de Damasco no constituyó un verdadero peligro hasta más tarde, bajo los sucesores de Salomón. El comercio proporcionó grandes riquezas al rey, pero fueron totalmente absorbidas por los suntuosos gastos de la corte y en especial por las construcciones. Así lo indica el relato de 1 Re 7 acerca de los edificios civiles salomómonicos ("la Casa del Bosque del Líbano", un vestíbulo con triple fila de columnas de madera de cedro, de 15 columnas por fila; la sala del Tribunal; el palacio del rey y el palacio de la hija del faraón), de los que, por lo demás, ofrece pocos datos, y la construcción del templo. con todo, la interpretación de esta última descripción tropieza con grandes dificultades. Su autor vivió en el exilio y no tenía, por tanto, a la vista el templo que describía. A pesar de todas estas obras, Salomón cosechó aún peores resultados que su padre en la tarea de la forja de la unidad del reino. Más bien contribuyó a preparar su futura escisión. Dividió el territorio en 12 circunscripciones administrativas, pero exceptuando a Judá (que, en cierto modo, como dominio privado del rey, gozaba de un estatuto especial). Mientras que prácticamente todos los altos cargos de la administración eran de esta tribu, el resto de Israel se veía sujeto a pesados tributos y los cananeos tenían incluso que contribuir con levas de trabajadores forzados. Esta política no hacía sino reforzar las tendencias secesionistas (presentes desde el principio) derivadas del binomio Judá/Israel. Debió de ser particularmente doloroso para los patriotas israelitas el hecho de que, actuando con enorme irresponsabilidad, Salomón vendiera al rey de Tiro un distrito galileo, con veinte poblaciones, para financiar las construcciones del sur del país. No es, pues, extraño que ya en vida de Salomón comenzara a perfilarse la insurrección de las tribus del norte. Fueron cabezas visibles de la rebelión el efraimita Jeroboam y el profeta Ajías. De momento, la sublevación fracasó. Jeroboam tuvo que huir. Pero tras la muerte de Salomón la ruptura se hizo inevitable. |
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