NABUCODONOSOR II

Nacido hacia el 630 a. C., era el hijo mayor de Nabopolasar, el restaurador caldeo de la independencia babilónica. Su largo reinado de cuarenta y tres años (c. 605-562 a. C.) marca el cénit de la grandeza alcanzada por el Segundo Imperio Babilónico. Aunque poseemos largas inscripciones de Nabucodonosor, éstas sin embargo tratan principalmente del recuento de sus empresas arquitectónicas. Nuestro conocimiento de su historia es incompleto, y debemos depender de información de la Biblia en su mayor parte, Beroso y los historiadores griegos. De las guerras que condujo antes o después de su ascenso al trono de su padre, sólo debe resaltarse que después de que los cimerios y escitas fueron definitivamente aplastados todas sus expediciones se dirigieron en dirección oeste, a pesar de que un poderoso vecino se encontraba en el norte; lo que permitió esto fue un sabio matrimonio político con Amuhia, la hija del rey medo, que aseguró una paz duradera entre los dos imperios.

Nabucodonosor estaba aparentemente más orgulloso de sus construcciones que de sus victorias militares. Durante el último siglo de la existencia de Nínive, Babilonia había sido devastada, no sólo por Senaquerib y Asurbanipal, sino también como resultado de siempre renovadas rebeliones. Nabucodonosor, continuando la obra de reconstrucción de su padre, se concentró en hacer de su capital una de las maravillas del mundo. Antiguos templos fueron restaurados, nuevos edificios de increíble magnificencia (Diodoro de Sicilia, II, 95; Herodoto, I, 183) fueron levantados a las múltiples deidades del panteón babilónico. Nada se escatimó para concluir el palacio real iniciado por Nabopolasar, ni siquiera "madera de cedro, ni bronce, oro, plata, raras y piedras preciosas". Un pasaje subterráneo y un puente de piedra conectaba las dos partes de la ciudad separada por el Eúfrates; la misma ciudad era inexpugnable por la construcción de una triple línea de murallas. Tampoco la actividad de Nabucodonosor se limitó a la capital. Se le atribuye la restauración del lago de Sippar, la apertura de un puerto en el Golfo Pérsico, y la construcción de la famosa muralla meda entre el Tigris y el Eúfrates para proteger el país de incursiones provenientes del Norte. De hecho, son escasos los sitios alrededor de Babilonia donde su nombre no aparezca y donde trazos de su actividad no se encuentren. Estas gigantescas empresas requerían de inumerables obreros: de la inscripción del gran templo de Marduk podemos inferir muy probablemente que cautivos traídos de varias partes de Asia Occidental constituían la mayoría de la fuerza laboral utilizada en todas sus obras públicas.

De inscripciones de Nabucodonosor y de los templos levantados o restaurados por este príncipe parece deducirse que era un hombre muy devoto. Lo que sabemos de su historia lo muestra poseedor de una humana disposición, en marcado contraste con la deliberada crueldad de muchos de los soberanos asirios de alma endurecida. Es debido a esta moderación que Jerusalén fue perdonada repetidamente, y finalmente destruida sólo cuando se volvió una necesidad política. Príncipes rebeldes obtenían el perdón con facilidad, e incluso Sedecías, cuya ingratitud al rey babilonio fue particularmente odiosa, pudo, de haber manifestado menos obstinación, haber sido tratado con mayor indulgencia. Nabucodonosor mostró mucha consideración a Jeremías, dejándolo en libertad de acompañar a los exiliados a Babilonia o de permanecer en Jerusalén, y designando a uno de los amigos del profeta, Godolías, como gobernador de Jerusalén. Otorgó tal grado de libertad a los judíos exiliados que algunos alcanzaron posiciones prominentes en la corte y Baruc consideró como un deber exhortar a sus paisanos a tener en el corazón el bienestar de Babilonia y orar por su rey.

La tradición babilónica menciona que hacia el final de su vida Nabucodonosor, inspirado desde lo alto, profetizó la inminente ruina del Imperio Caldeo. El Libro de Daniel registra com Dios castigó la soberbia del gran monarca. Acerca de este misterioso castigo, así como el interregno que debió haber provocado, los anales babilónicos se mantienen en silencio. Nabucodonosor murió en Babilonia en el año 562 a. C., entre el segundo y sexto mes del cuadragésimo-tercer año de su reinado.

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