| LOS REINOS DEL NORTE Y EL SUR HASTA LA CAÍDA DE SAMARÍA 1. La división del reino Roboam, hijo de Salomón, fue aceptado sin dificultades como rey por los hombres de la tribu de Judá, pues habían sido favorecidos por su padre y habían admitido al principio, ya puesto en práctica con el mismo Salomón, de la monarquía hereditaria. Pero en la doble monarquía del reino davídico-salomónico, el sucesor al trono tenía que ser también reconocido por Israel. Las tribus del norte afirmaban, en efecto, que la monarquía se basaba en un contrato libre entre el hombre designado por Yahveh y el pueblo. Por consiguiente, Roboam se trasladó a Siquem, capital de las tribus septentrionales. Éstas no rechazaron de entrada al pretendiente al trono, pero exigieron una más justa distribución de las cargas impositivas. Las negociaciones emprendidas por Roboam revelan esa mezcla de vacilación y extrema dureza que suele ser síntoma de debilidad. Se puede considerar también un signo de debilidad el hecho de que Roboam se tomara un tiempo de reflexión. ¿Qué había que meditar? Las exigencias de los israelitas estaban claras para todos. Hasta Roboam debía de haber tenido una idea de ellas antes de iniciar las negociaciones. En lugar de eso, la estrategia no se diseñó hasta llegar a Siquem, y en la discusión iba a renacer el inmemorial conflicto que enfrenta a jóvenes y ancianos. Los funcionarios más antiguos, que estaban familiarizados con los problemas de Israel, aconsejaron que se hicieran concesiones. Los más jóvenes abogaron por una dureza inflexible. Estos últimos habían crecido en la corte, en una atmósfera de obediencia en la que no cabían consejos ni negociaciones. La obtusa intransigencia de Roboam precipitó la ruptura y las tribus del norte encontraron muy pronto su propio candidato: Jeroboam, que durante una parte del reinado de Salomón había sido ministro responsable de las prestaciones personales en Israel, y que se había rebelado ya en vida de Salomón, se apresuró a regresar de su destierro egipcio. Era de todo punto natural que Jeroboam fijara su residencia en Siquem, donde fue proclamado rey. A ello se añade que existían fuertes lazos entre las tribus de la Palestina central y el santuario siquemita. Al sucesor de David sólo le siguieron Judá y los clanes confederados del sur. Ello no obstante, el nuevo rey no fijó su residencia en Hebrón, que había sido el centro político tradicional de los clanes judíos. El traslado del arca de la alianza, la construcción del templo, los edificios administrativos y la organización del aparato del Estado habían marcado ya tanto a Jerusalén como capital que resultaba imposible hacer girar hacia atrás la rueda de la historia. A la división del reino se la califica a menudo como cisma. Desde el punto de vista político esta expresión no es correcta. No debe olvidarse que el norte y el sur no formaron un reino único, sino que fueron siempre dos reinos distintos que, bajo David y Salomón, tuvieron un mismo rey. Sí puede hablarse, en cambio, de cisma religioso. Es indudable que cuando Jeroboam contrapuso al templo de Jerusalén templos en su propio reino, un culto y un calendario propios, sólo pretendía destruir la unidad política. Las imágenes de becerros que mandó erigir en Betel y Dan simbolizaban a Yahveh. Pero como imitaban, para representar al Dios sin imágenes de Israel, las figuras de Baal, perturbaron la sensibilidad religiosa y llevaron finalmente a la apostasía. 2. Judá e Israel hasta la revolución de Jehú (926-845) La intervención del profeta Semaías logró evitar, de momento, una guerra fratricida entre ambos reinos. Pero no tardaron en estallar las hostilidades, que se prolongaron durante más de 50 años. Se benefició del mutuo debilitamiento el faraón Sesonq I (llamado en la Biblia Sosaq), que había derrocado a la dinastía XXI y fundado la XXII. Dado que la dinastía XXI había estado emparentada con la casa real de Judá, era natural que Sesonq considerara al reino de Judá como enemigo. Su primer paso consistió en renovar las antiguas pretensiones de Egipto sobre Palestina. Así, el año quinto de Roboam (922) cayó sobre Judá y saqueó los tesoros del templo y del palacio real. La información bíblica sobre estos sucesos debe interpretarse en el sentido de que Roboam consiguió rescatar las ciudades judías, y especialmente Jerusalén, mediante la entrega de un tributo. Estos lugares no aparecen, en efecto, en la lista de los 165 ciudades conquistadas por Sesonq que mandó escribir en la pared del gran templo de Amón en Karnak. Dicha lista menciona, en cambio, 50 ciudades del reino del norte, Israel. La Biblia nada dice sobre una incursión de Sesonq en estos territorios septentrionales, pero no fueron perdonados, tal como testifica un fragmento de estela, con el nombre de Sesonq, descubierto en las excavaciones de Meguiddó. En Jerusalén, esta acción de pillaje debió de causar auténtica consternación. Para prevenir en el futuro tales desastres, Roboam decidió fortificar las ciudades meridionales y occidentales de su reino. La lista de 2 Cro 11, 5-11 indica hasta qué punto se había reducido el territorio de Judá. De ella deducimos que no había, evidentemente, una frontera septentrional firme y estable frente a Israel. En el curso de las constantes guerras entre Israel. En el curso de las constantes guerras entre Israel y Judá bajo los sucesores de Roboam, Abiyyam y Asá, la línea fronteriza ora avanzaba ora retrocedía. Bajo Asá (908-868) discurría a escasos kilómetros al norte de Jerusalén. Presionado por esta situación, el rey tomó una desafortunada decisión: se alió con el enemigo septentrional de Israel, Ben-Hadad I de Damasco, que, por este camino, pudo poner pie en Galilea. Aquella vergonzosa alianza introducía un elemento nuevo en las relaciones de los reinos hermanos que, al final, provocó la ruina de los dos. No fueron menos desdichados que los del sur los destinos del reino del norte. Faltaba allí, sobre todo, una tradición dinástica. En un corto periodo de tiempo perecieron asesinados tres monarcas. Hasta Omrí (882-871 a. C.) no conoció el país un periodo de relativa paz. Este sexto rey de Israel inauguró lo que era la cuarta dinastía. Sólo bajo su reinado tuvo el reino del norte una capital estable y definitiva. Tras la incursión de Sesonq, Jeroboam había trasladado provisionalmente la residencia real de Siquem a Penuel, en Transjordania, y, más tarde, a Tirsá, donde también residió su sucesor, Basá. Era evidente que a largo plazo aquella residencia no podía satisfacer las necesidades del reino. La única acción de Omrí mencionada por la Biblia es la fundación de una nueva capital, en la descollante colina de Samaría. De hecho, la importancia de esta fundación es comparable a la conquista de Jerusalén por David. Samaría era una ciudad nueva, sin tradición, situada en el centro del reino del norte, con buenas comunicaciones hacia el norte y el oeste. Omrí adquirió el terreno y, de acuerdo con el nombre de su anterior propietario, Shemer, la nueva ciudad se llamó Shomeron, aunque el topónimo más usual es Samaría. El acierto de la elección se puso también de manifiesto desde un punto de vista estratégico: la ciudad, levantada sobre un promontorio, se podía defender con facilidad. El entorno era fértil y abundante en agua; según Isaías, Samaría era como una corona sobre un valle feraz. Hasta entonces Israel no había desempeñado ningún papel fuera de sus fronteras, pero con la fundación de Samaría Omrí daba a entender que estaba dispuesto a entrar en el juego de la política internacional. El reino del norte se insertaba de este modo en la complicada relación de fuerzas del Oriente próximo. Omrí buscó aliados entre los fenicios, porque le interesaba hallar un contrapeso a las amenazas arameas. La Biblia informa, en efecto, aunque de una manera enteramente casual, que había perdido cierto número de ciudades a manos de los arameos. A este propósito respondía también el matrimonio de su hijo Ajab con Jezabel, hija del rey de Sidón. Desde el comienzo, la población de Israel había estado mezclada entre hebreos y cananeos. Para la política de Omrí, consistenten en unificarlos en un único pueblo, el culto que Jezabel había traído de Tiro podía constituir un punto de partida. La esposa de Ajab había traído a Samaría el diso de la ciudad de Sidón, Melkart, junto con su clero, los llamados "profetas de Baal". Este culto a Baal pretendía establecer una relación entre las divinidades locales cananeas y el dios venerado en la capital. La adoración de Baal contaba, entre los cananeos de Israel, con una tradición de un siglo de antigüedad. Y en el centro del lugar de culto en Samaría había ya un ídolo dorado con forma de toro, que Jeroboam había erigido como imagen de culto para los hebreos. Dada la parcialidad de las fuentes del Antiguo Testamento resulta difícil saber si Omrí tuvo éxito con su política religiosa, y si así fue, hasta qué punto lo consiguió. Las aspiraciones absolutas del yahvismo iban a aparecer en un momento en el que no sería necesario tener en cuenta ningún tipo de consideración política: es posible pensar que la proclamación de Yahveh con exclusión de otros dioses, o al menos con un neto predominio, fuera una forma tardía de compensar la impotencia política. En cualquier caso, está claro que Omrí intentó llevar a cabo un acto conciliador desde el punto de vista religioso y político, buscando el equilibrio entre las concepciones religiosas de hebreos y cananeos. Desde el punto de vista político puede considerarse a Omrí como el verdadero fundador del reino de Israel. De hecho, los anales asirios denominaban al reino del norte, incluso después del derrocamiento de esta dinastía, "país de Omrí". Ajab (871-852), hijo de Omrí, prosiguió la política de su padre. Puso fin a las disputas con Judá, que se venían prolongando desde los días de la escisión del reino, y concluyó una alianza con Josafat, rey de Judá, también esta vez sellada con un matrimonio: Ajáb entregó a su hija Atalía como esposa a Joram, hijo de Josafat. Las alianzas con los fenicios y las consiguientes actividades comerciales proporcionaron un periodo de gran prosperidad al reino del norte. Ajab amplió de una manera verdaderamente espléndida el palacio construido por su padre en Samaría. En razón de la gran abundancia de objetos de marfil empleados en esta ampliación, se le dio el nombre de la "casa de marfil". El dato ha sido confirmado por las excavaciones. Bajo Ajab alcanzó Israel su época de máximo esplendor. También en el campo de la política exterior supo actuar Ajab con talento y consechó excelentes resultados. Aunque Ben-Hadad II de Damasco consiguió algunos triunfos iniciales, fue al fin derrotado y hecho prisionero por el rey de Israel. Ajab perdonó la vida a su adversario a cambio de ciertas concesiones políticas y comerciales, porque ya comenzaba a dibujarse en el horizonte un peligro mucho más grave: Asiria, que desde comienzos del siglo IX estaba impulsando una política expresamente orientada a la expansión hacia Occidente. Contra esta política hicieron causa común los príncipes de Siria, y cuando el año 854 a. C. se llegó a un enfrentamiento con Salmanasar III en Karkar, junto al Orontes, las tropas de Ajab combatieron codo a codo con las de Damasco. La batalla resultó indecisa y Salmanasar regresó a Asiria. Apenas conjurado, por el momento, el peligro asirio, volvieron a enfrentarse Israel y Damasco. Se libró una batalla en Ramot de Galaad, en la que resultó herido de muerte el rey Ajab. El relato sobre la campaña contra Ramot y la precedente consulta a los profetas indica bien a las claras la profunda crisis a que se había visto arrastrada la religión yahvista durante el reinado de Ajab. Como suele ocurrir en la historiografía antigua, la responsabilidad recayó sobre una mujer: Jezabel, que había impulsado la hegemonía del culto de Baal haciendo exterminar a los partidarios del culto de Yahveh. Pero algunos de los más altos funcionarios del Estado ocultaron y socorrieron a los profetas de Yahveh. La historia de Elías, que se inserta en este contexto, muestra la brutalidad con la que se desarrolló finalmente el enfrentamiento. 3. Desde la revolución de Jehú hasta la destrucción del reino del norte (845-722 a. C.) Fueron círculos proféticos los que provocaron el derrocamiento de la dinastía de Omrí y Ajab. Ajab murió tras un reinado de 21 años. Le sucedieron dos hijos. El primero, Ocozías (853-852 a. C.), no fue muy afortunado: cayó a través de la celosía de un balcón, y no se recuperó de las consecuencias del accidente. A su hermano, Joram (852-842 a. C.), se le presentaron unos problemas de política exterior mayores que a sus predecesores en el trono. El rey Mesa de Moab se negó a pagar los tributos, y las expediciones de castigo de los asirios anunciaban la aparición de una nueva potencia en el este. Todo esto trajo consigo una serie de guerras que no procuraron victorias ni botín, lo que encrespó el ánimo de la población. En el contexto de una sociedad tan marcada por la religión, tales derrotas sólo podían interpretarse como el resultado de errores en la celebración del culto, de forma que parecía consecuente iniciar una vuelta atrás en el proceso religioso que estaba en marcha. Los adversarios de los omridas abrieron las hostilidades en 842 a. C., precisamente cuando Joram asediaba la ciudad de Ramot en Galaad, que entre tanto había caído en poder de los arameos. En un audaz y rapidísimo golpe de mano proclamaron rey a Jehú, jefe del ejército. Jehú se dirigió con un pequeño destacamento a Jezrael, donde Joram se recuperaba de unas heridas sufridas en Ramot, y allí lo hizo matar, antes siquiera de que Joram se hubiera enterado de este levantamiento. El nuevo monarca desató una persecución implacable contra los adoradores de Baal y contra todos los miembros de la dinastía depuesta: Jezabel fue arrojada por una ventana y las cabezas cortadas de los ejecutados fueron enviadas a Jezrael, donde Jehú las hizo amontonar frente a una de las puertas de la ciudad. No se puede negar que el éxito del levantamiento de Jehú se debía sobre todo al rechazo contra la política religiosa de los omridas. Con Jehú (842-815 a. C.) se habían aliado aquellos grupos que estaban descontentos con la equiparación de Baal y Yahveh, así como con el papel que desempeñaban los cananeos en el reino. Jehú se presentó como el restaurador del culto originario a Yahveh. El fundamento espiritual de todo el movimiento queda de manifiesto en el encuentro de Jehú con Yonadab, caudillo de los recabitas. Ambos se desplazaron a Samaría para asistir al exterminio de los adeptos de Baal. Estos recabitas representaban, en cierto modo, la vida nómada, una tradición que nunca se había perdido del todo entre los hebreos. Los recabitas solían aliarse con los más enfervorizados partidarios de exigir un regreso a las formas de vida propias de los buenos y viejos tiempos. Para los recabitas el ideal nómada implicaba abandonar todos los progresos de la agricultura. Tenían prohibido beber vino, poseer viñas o cultivar la tierra, y debían habitar en tiendas. Se oponían a todo lo cananeo y, en consecuencia, rechazaban también la cultura urbana, que había penetrado en Israel a través de este pueblo. Estos grupos apoyaron el gobierno de Jehú cuando vieron que este emprendía su lucha contra los santuarios de Baal en Samaría, haciendo que sacerdotes y fieles fueran exterminados. El templo del Baal tirio en la capital fue convertido en una letrina. Aunque Jehú no fuera capaz de erradicar totalmente el culto a Baal, sí consiguió encarrilar la implantación del culto a Yahveh, y en este sentido su actuación fue decisiva y tuvo importantes consecuencias posteriores. Pero la reacción política dirigida por Jehú no tuvo sólo consecuencias en el ámbito religioso porque, evidentemente los cananeos no la aceptaron sin resistencia. Su negativa a colaborar con el Estado tuvo pronto consecuencias funestas: Israel se debilitó, se quedó casi sin defensas y cayó en un completo aislamiento. Casi al mismo tiempo se registraba también en el sur una similar campaña purificadora. Durante el reinado de Ajab en Samaría, Judá había tenido en Josafat (868-847 a. C.) un rey hábil y capaz, tanto en política interior como exterior, que llevó a cabo una enérgica campaña de reforma religiosa. Su único fallo fue su estrecha relación con Ajab de Israel. Dio su asentimiento al matrimonio de su hijo Joram con Atalía, hija de Ajab y de Jezabel. Tras la muerte de su esposo Joram y de su hijo Ajías, Atalía consiguió hacerse proclamar reina (845-840 a. C.). Cuando finalmente fue destronada mediante una revolución palaciega tramada por sacerdotes con ayuda del ejército y el campesinado, se nos da noticia de la destrucción de un templo de Baal en Jerusalén, evidentemente construido durante el gobierno de la reina. Con Jehú se iniciaba en Samaria la quinta dinastía, que se mantuvo en el poder durante casi un siglo (845-747 a. C.). El cambio dinástico no trajo bienes, sino males, al reino. Con su política, Jehú acabó completamente con la potencia de Israel en el marco de la región de Siria-Palestina. Damasco se mostró tan pertinaz y levantisco que Jehú no vio otra salida que pagar tributo a los enemigos de Siria, los asirios. Así lo confirman los Anales de Salmanasar III. Damasco se vengó arrebatando a Jehú toda la Transjordania, hasta el Arnón. También se independizó de Israel, por aquel mismo tiempo (hacia el 840 a. C.), Mesa, rey de los moabitas. Sólo bajo el cuarto y último rey de la dinastía de Jehú, Jeroboam II, recobró Israel su pasada prosperidad. Damasco y Asiria atravesaban una etapa de debilidad, de modo que Israel pudo reconquistar todos sus antiguos territorios. Las relaciones comerciales aportaron grandes riquezas al reino, pero el bienestar material desembocó en degeneración religiosa y moral, sobre todo en el campo de la ética social. En aquel tiempo ejercieron su actividad profética en el reino del norte Amós y Oseas, que denunciaron implacable e incansablemente aquella cultura brillante, pero enteramente profana y secularizada. Con la muerte de Jeroboam II y el final de la dinastía de Jehú entraba Israel en la agonía. También en el reino del sur, Judá, vivía, por aquella misma época, bajo el rey Azaría (Ozías, 787-736 a. C.) una parecida etapa de esplendor derivada de las mismas causas: paz con Israel, debilidad de Damasco y Asiria, fomento de la agricultura y la viticultura y reactivación del comercio exterior. También fueron iguales las consecuencias: riqueza, secularización, pésima situación social. Bajo este monarca inició Isaías su actividad en el reino del sur. A partir de entonces, la historia de ambos reinos estuvo condicionada por el resurgimiento de Asiria. Teglatfalasar III (745-726 a. C.), a quien la Biblia llama también Pul, reanudó la antigua política expansionista hacia Occidente. Sometió a Siria y el año 738 a. C. Menajem de Samaría tuvo que pagarle tributo. Pero su sucesor, Pecajías, organizó una coalición contra Asiria, de la que formaban parte, además de Damasco, otros cuatro aliados. Quisieron también obligar por la fuerza (guerra siro-efraimita) a Ajaz de Judá (741-723 a. C.) a unirse a la alianza. En vano exhortaba Isaías a poner la confianza en Yahveh. Ajaz se dejó guiar por consideraciones humanas y pidió ayuda, contra la coalición, a los asirios, que ya habían penetrado en Siria. Teglatfalasar no sólo conquistó Damasco sino que arrebató también al reino del norte los campos de Galaad y de Galilea, que pasaron a ser las provincias asirias de Galaad, Meggidó y Dor. Israel quedaba reducido a la zona montañosa efraimita, con Samaría como capital. Cuando finalmente Ozías, asesino de Pecaj, se negó, tras la muerte de Teglatfalasar, a seguir pagando tributo, y entabló negociaciones con Egipto, quedó sellada la ruina de Israel. Sin pérdida de tiempo, el nuevo rey de Asiria, Salmanasar V, regresó a Samaría y, tras un asedio de tres años, se apoderó de la capital (entre diciembre de 722 a. C. y abril de 721). Da noticia detallada de ello, en sus Anales, Sargón II, sucesor de Salmanasar. Desaparecía así el Estado de Israel. Su territorio se convirtió en la provincia asiria de Samaría. Una parte de la población fue deportada y asentada al norte de Mesopotamia y en Media, donde fue absorbida tanto étnica como religiosamente por su entorno. En un movimiento inverso, Salmanasar (y también sus sucesores) trasladaron a Samaría un abigarrado conjunto de gentes de otros países. Se desarrolló, por consiguiente, en el suelo samaritano, un sincretismo religioso cuyas consecuencias se prolongaron hasta la época neotestamentaria. |
:: Menú principal :: Israel en la antigüedad :: Historia de Israel ::