e;s II, puso los pies más allá de la actual Palestina.
En este pulso armado entre Egipto y el reino hitita se vio forzosamente involucrada Palestina, situada entre ambos contendientes. La fiebre que azotó a Canaán ha quedado reflejada en las Cartas de Amarna, colección de tablillas que forman parte del archivo de Estado de Amenofis III y Amenofis IV y que nos informan que durante los siglos XVy XIV a. C., Canaán estaba fragmentada en una muchedumbre de minúsculos reinos, cada uno de ellos con una ciudad fortificada como centro, en la que residían los príncipes. Aunque se concedían el título de reyes, eran en realidad vasallos egipcios. En la correspondencia de Amarna figuran, entre otros, los reyes de Biblos, Beirut, Sidón, Tiro, Akkó, Ascalón, Meguiddo, Guézer, Lakis y Jerusalén. Algunos de los príncipes de las ciudades cananeas intentaban sacudirse el yugo egipcio. Además, en el norte intrigaban los hititas y, por otra parte, también perturbaban la paz del país las incursiones de grupos nómadas.
La situación étnica de Palestina en la época patriarcal era muy compleja. El Antiguo Testamento enumera una lista de pueblos que habitaban en Canaán en tiempos preisraeiltas. De ordinario se les llama cananeos, hititas, amorreos, perezeos, jiveos y jebuseos. El elemento étnico predominante era, sin duda, el semita. Pero resulta difícil explicar, por ejemplo, qué relación existía entre los cananeos y los amorreos. Durante algún tiempo se creyó que cananeos y amorreos representaban dos oleadas o dos fases diferentes de inmigración semita en Palestina, pero esta teoría ha sido rebatida porque se ha demostrado, entre otras cosas, que la palabra cananeo es una denominación geográfica, mientras que amorreo es un concepto étnico. Según la antigua tradición israelita, los cananeos estaban asentados en la llanura litoral y los amorreos en la zona montañosa de Jordania oriental. Dado que, en sentido estricto, el nombre de Canaán designaba la franja costera fenicia, no tiene nada de extraño que los israelitas llamaran cananeos a los portadores de la cultura claramente urbana de la llanura litoral, reservando el nombre de amorreos para los habitantes de las montañas, a los que se suponía más fieles a la cultura nómada de los inmigrantes amorreos. En cualquier caso con estos dos conceptos los israelitas querían distinguir dos pueblos y dos culturas, aunque también es cierto que esta diferencia no aparece de forma clara en todos los pasajes del Antiguo Testamento relacionados con este tema. Al parecer, en épocas posteriores los nombres de cananeos y amorreos pasaron a ser moneda desgastada, de modo que se empleaban uno y otro indistintamente para designar a la población no israelita de Palestina.
No sabemos nada con certeza sobre el origen o la pertenencia étnica de los perezeos y los jebuseos. No puede excluirse la posibilidad de que fueran pueblos indogermanos. Su mención en la Biblia demuestra, como mínimo, que la población preisraelita de Palestina estaba compuesta por elementos muy heterogéneos. Así lo evidencia, de una manera especialmente clara, la mención de los hititas y los jiveos.
El Antiguo Testamento cita a los hititas de una forma por así decirlo natural, entre los cananeos y los amorreos, es decir, entre dos pueblos semitas, de donde podría extraerse la conclusión de que también ellos eran semitas. La verdad es que los hititas fueron un poderoso pueblo indogermano que en los inicios del segundo milenio penetró en Asia Menor y fundó allí un sólido reino. El Antiguo Testamento menciona en repetidas ocasiones a los hititas, desde las narraciones patriarcales hasta la época postexílica. Así, por ejemplo, Abraham compró a los hititas un terreno en Hebrón para convertirlo en cementerio de su familia. Es indudable que el dominio de los hititas no llegó nunca hasta estos lugares, ni hubo tampoco allí una población de esta etnia. Probablemente un relato tardío conservó el vago recuerdo de aquella capa feudal superior que, a través del movimiento de los hicsos, pasó de Asia Menor a Palestina y que pudo contar entre sus componentes con algunos elementos indogermanos.
Respecto a los misteriosos jiveos, hay buenas razones para admitir que en el texto bíblico hebreo la "r" fue desplazada por una "v" (ambas letras muy parecidas en hebreo), de modo que deberíamos leer "hori" en vez de "hiwwi". Se trataría, por tanto, de los hurritas, hoy día bien conocidos. Los hurritas eran un pueblo no semita, que habitaba ya desde mediados del tercer milenio en las montañas al este del Tigris y que más tarde se sintió atraído por la rica llanura mesopotámica. Desde el siglo XVIII hay ya hurritas mezclados con la población de varias ciudades del alto Éufrates y del norte de Siria. En una época posterior debieron avanzar hasta Siria y Palestina, como se desprende de varias observaciones arqueológicas. Al parecer, se les debe identificar, al menos en parte, con los hicsos. El periodo de su historia mejor conocido por nosotros se sitúa en los siglos XV-XIV. Desde aproximadamente el año 1500 formaron el reino de Mitanni, que en algunos momentos se extendía desde los montes Zagros hasta el curso medio del Éufrates e incluso hasta las costas de Siria. La población era básicamente hurrita, si bien dominada por una capa superior indoaria. En la época de Amarna encontramos hurritas no sólo en la Mesopotamia superior y en el norte de Siria, sino también en Capadocia, Babilonia y Palestina. Eran numerosos los príncipes y funcionarios palestinos que llevaban nombres hurritas, por ejemplo Abdi-Chepa, rey de Jerusalén. El elemento hurrita fue tan predominante en Palestina que los faraones de la dinastía XVIII dieron a aquel país el nombre global de Hurru.
El acusado distanciamiento frente a la población sedentaria y la cultura de Palestina que manifiestan los patriarcas según los relatos del Génesis no estaba provocado sólo por su estilo de vida de pastores trashumantes de ganado menor. Dependía también de un cierto estatus ético y social que las narraciones bíblicas describen con la denominación de "hebreos" ('ibrim). Durante mucho tiempo se consideró que los conceptos de "israelita" y "hebreo" eran sinónimos. Pero los resultados de la arqueología han demostrado que significan dos cosas distintas.
De hecho, los textos cuneiformes designan, durante siglos, a pueblos concretos o grupos de pueblso como "habiru" o "hapiru". En textos de los siglos XIX-XVIII a. C. se les presenta como prisioneros o soldados. En el poderoso reino de Mari, en el Éufrates medio (siglo XVIII), son grupos de merodeadores que amenazan a las ciudades de la Mesopotamia superior. Un cuadro parecido a éste reflejan las Cartas de Amarna. En todo caso, constituyen ya un considerable poder militar. En los textos de Nuzi del siglo XV reaparecen como extranjeros que, de todas formas, gozan de un estatus social superior al de los esclavos. Entran voluntariamente al servicio de otros y pueden comprar de nuevo su libertad con sus propios recursos. En el siglo XIII, finalmente, figuran en Ugarit como elementos extraños y de dudosa fiabilidad.
Ahora bien, desde el siglo XV hallamos a estas mismas gentes, bajo el nombre de "'prw", en Egipto. En un texto del citado siglo se los menciona como prisioneros de guerra que el faraón trajo consigo desde Siria y Palestina. Pero,
| ÉPOCA DE LOS PATRIARCAS Acerca de la datación de los patriarcas bíblicos y de los acontecimientos que la tradición israelita vincula con estos personajes, existen grandes divergencias de opinión entre los especialistas. Los relatos bíblicos sobre los antepasados de Israel constituyen una formación literaria e histórico-tradicional muy complicada, que reflejan hechos que pueden estar separados entre sí por varios siglos de distancia. De todas formas, puede afirmarse que se enmarcan en un cuadro general situado entre el 1900 y el 1450 a. C., de suerte que es perfectamente legítimo considerar este medio milenio como la edad de los patriarcas. En los albores de aquella época, Palestina se hallaba bajo la administración egipcia. Egipto desempeño una importante función política, económica y cultural, pero como elemento étnico los egipcios nunca se instalaron en aquellas regiones. Mientras que en el curso de la historia gentes asiáticas penetraron en repetidas ocasiones en las tierras del Nilo, o las invadieron, y se asentaron en ellas, unas veces provisionalmente y otras de modo estable y permanente, nunca, en cambio, se establecieron los egipcios en Palestina. Se adentraron con frecuencia en el espacio palestino, pero sólo como conquistadores y dominadores. Tras el caos político que siguió al Imperio Antiguo, la dinastí XI restableció la unidad hacia el 2040 a. C. No obstante, Egipto no volvió a ser una potencia mundial hasta la dinastía XII. Bajo estos faraones, su zona de influencia se extendía desde la segunda catarata del Nilo hasta el norte de Fenicia. El Imperio Medio termina con la invasión de los hicsos, nombre dado por los griegos a un conjunto de pueblos de origen asático, quizás bajo mando hurrita, que con toda probabilidad incluía también a indogermanos y a semitas. En un primer momento (1720-1610 a. C.) el dominio de los hicsos se extendía también por el sur de Egipto y Nubia, pero en su segunda fase (hacia 1610-1550 a. C.) se había reducido al norte de Egipto y al sur de Palestina. Tras la expulsión de los hicsos por Amosis, fundador de la dinastía XVIII, Palestina volvió a caer dentro de la zona de influencia política y cultural de Egipto. Los faraones de la nueva dinastía cultivaron una política expansionista frente a Siria y Palestina. A partir de Amenofis III se dejaron sentir los primeros síntomas de una crisis que fue en aumento, hasta convertirse, bajo Amenofis IV, en auténtica catástrofe, que llevó a Egipto al borde de la ruina total. En esos momentos el reino hitita se había convertido en poderoso rival de Egipto en el escenario asiático. Sólo los enérgicos faraones de la dinastía XIX supieron sacar a Egipto de aquella postración y restablecer la supremacía egipcia en el norte de Siria. Es evidente que no pudieron conseguirlo sin duros enfrentamientos bélicos con los hititas, que culminaron en la batalla de Qades, entre el rey hitita Hattusilis III y Ramsés II. Éste no pudo conquistar Qades, y a partir de ese momento la frontera egipcia retrocedió un buen trecho al sur de esta ciudad. Esto significa que tanto Qades como todo el espacio de Siria septentrional permaneció en manos hititas. Tampoco Merneftah, sucesor de Rams&eacut al mismo tiempo, se los tiene por súbditos libres y leales: en una carta de Amarna el faraón pide a su vasallo de Damasco que le envíe "habiru" para asentarlos en Nubia, en sustitución de las poblaciones nativas, que habían sido deportadas. Más tarde, bajo Ramsés II, III y IV, estuvieron empleados como trabajadores forzados en la fabricación de adobes y en las construcciones de los faraones. Esto despierta forzosamente en la memoria los trabajos de los israelitas en Egipto. Hasta donde alcanzan nuestros conocimientos actuales, es seguro que los "hab/piru" de los textos cuneiformes y los "'prw" de los textos egipcios se refieren a unas mismas gentes. Desde el punto de vista fonético no hay razones graves que impidan relacionarlos con los "'ibrim" de la Biblia. Parece, pues, obvio, establecer una conexión entre los "hebreos" y los "hab/piru-'prw". |