| LA ÉPOCA PERSA 1. Ciro Desde el punto de vista de la historia del pensamiento, el destierro babilónico (586-538 a. C.) fue uno de los periodos más fecundos de la historia judeo-israelita. Las fuerzas dirigentes espirituales, tanto las de la comunidad en el exilio como las que habían permanecido en Palestina, desplegaron una asombrosa actividad y a ellos debemos algunos de los más importantes capítulos de la literatura veterotestamentaria. Pero no analizaremos aquí este aspecto. Judá no vuelve a surgir a la luz de la historia como magnitud étnica y religiosa hasta el reinado de Ciro II, de la estirpe real de los aqueménidas, fundador del imperio persa (559-529 a. C.). El año 539 Ciro conquistó Babilonia (y con ella todas las provincias del reino babilónico, incluida Palestina) y, mediante un decreto real, concedió a los judíos la libertad para volver a su patria y reconstruir el templo de Yahveh en Jerusalén. Bajo la guía de un cierto Sesbasar, a quien Ciro concedió, para llevar a buen término la misión encomendada, el titulo de gobernador, un pequeño primer grupo de inmigrantes emprendió, el año 538, el camino hacia Jerusalén, para iniciar las obras de reconstrucción del templo. Pero, al parecer, sólo consiguieron levantar el altar de los holocaustos. La reconstrucción sólo empezó a tomar cuerpo cuando, el año 521, una poderosa caravana, bajo la jefatura del davídida Zorobabel, tomó el camino de Palestina. Enardecidos por la predicación de los profetas Ageo y Zacarías, el año 520 pusieron manos a la obra. A pesar de los manejos, las intrigas y las obstrucciones de los samaritanos, pudieron consagrar el templo el año 515 a. C., tras cuatro años y medio de trabajos.
Si Ciro fue el creador del imperio persa, Darío I (521-485 a. C.), su segundo sucesor, fue su genial organizador. Dividió el imperio en 20 provincias o satrapías. Palestina formaba parte de la quinta, cuyo nombre, en la lengua aramea de la administración, era Abar-Nahara. No sabemos con certeza dónde se hallaba la residencia oficial de esta satrapía. Al parecer (y al menos al principio) el gobernador competente en los asuntos relacionados con Jerusalén residía en Samaría. Parece evidente que Jerusalén obtuvo una mayor independencia con Nehemías, que el año 20 de Artajerjes (es decir, el año 445 a. C.) llegó a la ciudad con poderes extraordinarios de la corte persa para reconstruir las murallas. La reconstrucción de las murallas fue posible gracias a un generoso acto de benevolencia del gobierno central persa; al parecer, este gobierno fomentaba de manera expresa la reconstrucción moral de la comunidad judía. Uno de los principios de la política persa era, en efecto, respetar las tradiciones nacionales y religiosas de los pueblos sometidos, porque de esta manera se esperaba conseguir una estabilidad del reino mayor que la que podía implantarse mediante medidas coercitivas. Resulta así comprensible, la disposición de Ciro de pagar con fondo del erario público no sólo los costes de la reconstrucción del templo, sino también los derivados del culto regular. Esta política quedó plenamente confirmada en la misión del escriba Esdras, que el año 7 de Artajerjes fue enviado a Jerusalén con una caravana de personas que deseaban regresar, para enseñar allí la ley judía y obligar a su cumplimiento. Se discute bajo qué rey aqueménida aconteció, si bajo Artajerjes I (464-424 a. C.) o Artajerjes II (404-358 a. C.). Según cuál fuera el reinado, el año 7 puede ser o bien el 458 a. C., o bien, y mucho más probablemente, el 398 a. C. Esdras entendió que su tarea principal como reformador era combatir los matrimonios mixtos que amenazaban desde dentro la existencia de la comunidad judía, ya débil en su frente exterior. Dado que no había ni un rey ni una estructura estable que asegurara su supervivencia, ésta sólo podía ser garantizada por y desde la Ley. De aquí se derivaba inexorablemente el acrecentamiento del poder sacerdotal. Mientras que en épocas anteriores el sacerdocio se situaba a la sombra de la realeza, ahora pasaba a ser (dentro de la relativa independencia respecto al gobierno central persa) la primera fuerza del país. El primer sacerdote del templo de Jerusalén, el "sumo sacerdote", se convertía en el supremo e indiscutible guía del pueblo, y esto no sólo en las cuestiones "espirituales". 3. El cisma samaritano En el contexto de la reconstrucción del templo y de los muros de la ciudad, los libros de Esdras y Nehemías mencionan varias veces las dificultades y las triquiñuelas puestas por los samaritanos. La animosidad entre judíos y samaritanos tenía sus últimas raíces en la vieja rivalidad entre las tribus del norte y las del sur y en la escisión del reino de David y Salomón derivada de aquellos enfrentamientos, una de cuyas consecuencias fue que las regiones del reino de Israel se vieran alejadas del templo de Jerusalén. Pero el sentimiento de hostilidad creció más aún por la desaparición del reino del norte, la aclimatación de colonos extranjeros en Samaría y el consiguiente sincretismo religioso. Al parecer, el elemento predominante entre los colonos paganos lo constituían gentes de Kutá (unos 25 km al nororeste de Babilonia), hasta el punto de que a menudo en la literatura posterior se designa erróneamente a los samaritanos como kuteos. Era inevitable que las tensiones desembocaran en ruptura abierta por el hecho de que, según la administración persa, Jerusalén dependía en lo político del gobernador de Samaría pero, al mismo tiempo, el edificio del templo y la pecular vida religiosa judía gozaban del favor permanente del gobierno. Coexistían así, uno junto al otro, dos centros, uno político en Samaría, y otro religioso en Jerusalén. Los samaritanos intentaron salir al paso de la creciente importancia de Jerusalén por el rodeo de participar en la construcción del templo. Al ver rechazada su petición se vengaron a base de denuncias. La rivalidad entre ambos centros sólo podía suavizarse a largo plazo desligando políticamente a Judá y Jerusalén de su vinculación a la provincia de Samaría. Así ocurrió de hecho, con el nombramiento de Nehemías como gobernador provincial. La inevitable reacción del gobernador de Samaría, Sambalat, fue montar una serie de intrigas contra la construcción de las murallas de Jerusalén y calumnias contra la persona de Nehemías. El siguiente paso de los samaritanos era de todo punto previsible: construyeron en el monte Garizim un templo, considerado siempre como templo de Yahveh. No puede fijarse con seguridad la fecha en que se llevó a cabo esta construcción. Tal vez ocurrió aún en vida de Nehemías, o tal vez hacia finales del siglo IV a. C. El templo se mantuvo en pie hasta el año 107 a. C., fecha en que Juan Hircano ordenó su demolición. Pero el Garizim siguió siendo, también después, lugar de sacrificio de los samaritanos. Incluso actualmente los pocos cientos de samaritanos supervivientes celebran allí la fiesta de Pascua según los antiguos ritos.
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