PILATO Poncio Pilato fue el quinto gobernador de Judea, después de Coponius, M. Ambibulus, L. Annius Rufus y Valerius Gratus. Pilato era un hombre de la clase media romana (un caballero), cuyo nombre gentilicio, Poncio, parece pertenecer a una dinastía de origen italiano no romano. El cognomen familiar, Pilato, significa armado con un pilum (lanza), y debe referirse a alguna acción bélica en la que se distinguió algún antecesor. Filón lo describe como un hombre avaro, cruel, altanero e inflexible, pero la fuente no es muy de fiar, siendo Filón judío y recogiendo además calificaciones procedentes de Herodes Agripa, que quería justificar la supresión de la procura en favor de su nueva monarquía. Su gobierno estuvo marcado por peligrosos enfrentamientos con los judíos, a quienes ciertamente no tenía simpatía y en ocasiones parece incluso despreciar. Se ha dicho que Pilato pudo ser una especie de agente en Palestina de L. Aelio Sejano, ministro de Tiberio que trató de seguir una política claramente antijudía en todo el imperio. El primer choque entre Pilato y los judíos se produjo de forma deliberada por parte del gobernador. La clase dirigente judía era muy sensible al riguroso cumplimiento de las prescripciones religiosas externas en la ciudad santa de Jerusalén. Una de ellas consistía en eliminar imágenes profanas (pinturas o esculturas), sobre todo si tenían una connotación pagana y, de manera especial, si la exhibición de tales figuras se hacía en el templo o sus proximidades, pues entonces el acto revestía la gravedad del sacrilegio. Hasta entonces, las tropas romanas, que patrullaban por la capital religiosa judía, habían tenido la precaución de no exhibir sus estandartes y enseñas militares, que llevaban representaciones odiosas para la mentalidad judía. En el resto del país las unidades militares ostentaban con naturalidad estas imágenes sin que ello creara ningún problema. Pilato, sin embargo, para provocar a los dirigentes religiosos, ordenó que la guarnición de Jerusalén penetrara durante la noche en la ciudad desplegando sus enseñas militares, y que éstas quedaran expuestas en los cuarteles. Entre ellas figuraba la efigie del emperador divinizado. El tumulto que se produjo fue de una dimensión quizá no sospechada por el gobernador. Una copiosa representación del pueblo con sus dirigentes bajó a la ciudad de Cesarea y permaneció allí en protesta durante cinco días. Pilato los convocó en el estadio para darles una explicación, y ésta consistió en que los numerosos soldados allí apostados desenvainaron sus espadas y amenazaron desafiantes a la multitud. La conmoción en toda la provincia fue tan grave que, al fin, el gobernador reconsideró su actitud y mandó retirar las enseñas militares de la ciudad santa. En su obstinación de dar una lección a los judíos, Pilato hizo colgar en un sitio muy visible del palacio de Herodes en Jerusalén unos escudos que, aunque no tenían imagen alguna, llevaban la inscripción con el nombre del emperador. De nuevo el pueblo se amotinó seriamente, y los dirigentes, sin duda apoyados por el tetrarca Antipas, trasladaron el asunto a Roma sin pasar por Pilato. Tiberio ordenó a Pilato que retirara los escudos a Cesarea. Todos estos hechos encendieron un gran rencor en Pilato. Años después se produjo otro enfrentamiento. Pilato se venía ocupando eficazmente de las obras públicas en la provincia. Entre éstas se había llevado a cabo una importante conducción hidráulica a Jerusalén, que permitía disponer de agua abundante en el templo, donde ésta era de extrema necesidad higiénica. Cuando llegó el momento de afrontar los gastos, Pilato no dudó en echar mano del erario del propio templo, en cuyo beneficio se había hecho principalmente la obra. La clase dirigente se indignó y lo tomó como si se tratara de un sacrilegio. Cuando Pilato subió a Jerusalén, se encontró con una multitud amenazante en la plaza. Entre la gente congregada se habían camuflado soldados vestidos a la usanza del país, que llevaban ocultos unos garrotes con los que apalearon a la multitud. La jornada terminó trágicamente, con numerosos heridos y muertos. Josefo nos cuenta una última revuelta sofocada sangrientamente por parte de Pilato, de la que esta vez fueron protagonistas los samaritanos. El incidente, de nuevo presentado en Roma ante el emperador, le costó el puesto a Pilato, que fue sucedido por Marcellus. Fuente: Arqueología y evangelios, de Joaquín González Echegaray. |