TIEMPO DE DESTRUIR, TIEMPO DE EDIFICAR. ISRAEL ENTRE BABILONIA Y PERSIA

ENRIQUE RUIZ
Reseña Bíblica 15 (1997) 31-40

El exilio en Babilonia y el ulterior retorno a Judá constituye para Israel la mayor crisis de identidad que imaginarse pueda. Bajo el poder de Babilonia, el exilio, interior y exterior, marcará el horizonte inmediato de la comunidad. Con los persas, se resignarán a la ilusión de una restauración parcial y tutelada, pero conscientes de que "nosotros, los de entonces, ya no seremos los mismos".

Sin embargo, de la pérdida de cuanto hasta entonces le diera "vida", de la "muerte" a un pasado glorioso, surgirá una comunidad renovada en sus concepciones de la fe y afianzada en nuevas instituciones. El exilio fue una encrucijada en la que sobre las ruinas de la gloria de antaño hubo que construir una esperanza nueva.

1. Fuimos la irrisión y la burla de los que nos rodean (Sal 79, 4)

Se veía venir y tenía que pasar. Desde que cayó el Reino del Norte, Judá estuvo constantemente amenazada por los imperios vecinos. La disyuntiva que se planteaba era clara y la división de la comunidad inevitable. De un lado, algunos profetas que conminaban a confiar en la protección de Yahveh; del otro, los pragmáticos gobernantes, quienes creían más eficaz buscar auxilio en los enemigos del adversario.

En tiempos del rey Ezequías hubo suerte. Obstinado en su resistencia a los consejos de Isaías, se alió con Egipto provocando el ataque de Senaquerib a Judá. En esta ocasión Yahveh, una vez más, intervino en favor de su pueblo; milagrosamente el ejército asirio se retiró de las puertas de Jerusalén. El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro auxilio es el Dios de Jacob (Sal 46, 4). Y el "mito" de la ciudad santa e inexpugnable, protegida por su Dios, creció: Los reyes se aliaron para atacarla juntos; pero, al verla, quedaron aterrados y huyeron despavoridos (Sal 48, 5s). Pero, a pesar de advertencias y consejos de profetas, a pesar de que Dios diera pruebas manifiestas de su poder y protección, los gobernantes, en un escenario internacional cambiante, siguieron buscando alianzas terrenas y olvidando la protección divina.

Sólo Josías se apartó de esta pauta. Tras el reinado de los impíos Manasés y Amón, Josías promovió una profunda reforma religiosa: no sólo desterró todo culto idólatra sino que, para evitar riesgos, en el año 622 centralizó el culto en Jerusalén, clausurando todos los santuarios periféricos. Su impulso de conversión encontró justificación teórico en los preceptos de un código "milagrosamente" descubierto en las obras de reforma del templo. En el año 612 Nínive, la capital de los asirios, cae en manos de Nabucodonosor, general entonces del emergente imperio neobabilónico. Encrucijada de todos los caminos, Judá se convertía de nuevo en manzana de la discordia entre Egipto y los imperios del norte, Josías opta por apoyar a Nabucodonosor en su expansión hacia el sur pero muere en Meguido cuando intentaba controlar al faraón Nekó. La muerte del rey fiel es difícil de entender y es posible que algunos grupos, los más perjudicados por la reforma del culto, se empezaron a preguntar si Dios no rechazaba la nueva situación religiosa.

Los años que siguieron se cuentan por derrotas y desengaños hasta la catástrofe final. La tensión entre filo-egipcios y pro-babilónicos marca la pauta de las decisiones de estado. Finalmente, Nabucodonosor nombra rey a Matatías y le cambia el nombre en Sedecías para dejar patente su condición de vasallo. Pese a las convincentes advertencias del profeta Jeremías, Sedecías se rebeló contra su señor babilónico, solicitó la ayuda de Egipto y atrajo sobre Jerusalén la definitiva y final intervención. El 19 de julio de 587 el templo era destruido hasta sus cimientos; todos los vasos sagrados, los objetos ornamentales y todo el metal de valor se tomó como botín. Para evitar nuevas revueltas, la ciudad, al parecer, fue severamente castigada y se decretó una nueva deportación (según Jr 52, 39 se deportaron 832 judíos, bastantes menos que en el año 598). El rey Sedecías, antes de que le sacaran los ojos, hubo de contemplar cómo asesinaban a sus hijos y después fue llevado con los otros deportados a Babilonia, donde murió.

Nabucodonosr suprimió la monarquía y designó como gobernador a Godolías, amigo de Jeremías y abiertamente probabilónico. Poco después Godolías fue asesinado por los últimos insurrectos, lo que motivó una tercera y última deportación en el 582. Definitivamente la comunidad queda a merced de los que los rodean y nunca más volvería a recuperar la total independencia. Israel, herido de incertidumbre, queda separado en grupos distintos y separado también del control de "la tierra".

2. ¿Tiene asco tu garganta de Sión? (Jr 14, 19)

La catástrofe del 587 supso la quiebra de todas las esperanzas de Israel. Todo aquello en lo que había confiado desapareció. La tierra, signo tangible de la bendición de Dios sobre su pueblo, cambia de dueño. El rey, cauce y garante de esa bendición divina ha muerto o está deportado. Jerusalén, la ciudad inexpugnable que Dios se había elegido como morada, ha sido conquistada. Y sobre todo, el Templo, vía, acceso y garantía de la presencai de Yahveh, ha sido profanado por manos impuras y reducido a cenizas. Con el Templo no sólo cae un edificio, se derrumba desde sus cimientos la representación visual de la legitimación divina del orden establecido. Los mensajes de sacerdotes, profetas cultuales y teólogos cortesanos, la promesa mesiánica depositada en la monarquía, el territorio que "prometió dar a nuestros padres", todo abandonado por Dios.

Judá, rechazada, no quedó, sin embargo, desierta. Al contrario que los asirios, los babilonios no realizaban deportaciones masivas, se conformaban con descabezar políticamente las comunidades y no acometían grandes campañas de deportación. Históricamente el número de desterrados, con ser importante, debió de ser bastante reducido en comparación con la gente que quedó en Judá, que siguió viviendo de modo semejante a como lo hiciera hasta entonces. Los deportados salieron de las ciudades, sobre todo de Jerusalén, y pertenecían a las clases más altas de la sociedad. El campo quedó en manos de los aparceros que, con beneplácito del poder, ocuparon las posesiones y tierras de los deportados. Los babilónicos querían un territorio apaciguado, con una población satisfecha y, sobre todo, sin posibilidad de rebelión y organización. Económicamente, el territorio pronto recuperó cierta estabilidad. Para quienes quedaron en Judá, el destierro fue un castigo provocado por las clases dirigentes, a las que Dios mostraba su rechazo.

Sin embargo, el sentimiento de fracaso, desesperación y decepción fue igual para todos. Un sentimiento que se torna reproche a Yahveh por no haber defendido a su pueblo y por entregarlo a enemigos que hacen burla de su falta de poder.

Es más, la profanación del Templo y el colapso del Estado probablemente indujeron a la apostasía. Para la mentalidad antigua lo que sucede en la tierra no es sino trasunto de las batallas que libran los poderes celestes. Si la morada de Dios ha sido profanada se debe a que los dioses del enemigo son más poderosos que Yahveh; el Dios de Israel ha sido derrotado y, por lo tanto, no es dios. La tentación de incredulidad asalta a los vencidos.

3. Junto a los canales de Babilonia (Sal 137, 1)

Esta incertidumbre angustiosa afectó más a quienes sufrieron directamente el exilio. La situación en el cautiverio, aunque difícil de precisar por la escasez de los datos, no debió ser excesivamente opresiva. Diversos testimonios permiten colegir unas condiciones de vida relativamente prósperas. Parece que se permitió a los deportados residir agrupados en comunidades, particularmente en el área de Nippur, y mantener comunicación con Judá. Ambos hechos facilitaron extraordinariamente la cohesión de las comunidades y contribuyó a preservar la identidad. En este clima de razonable libertad muchos de los israelitas prosperaron económicamente, hasta el punto de que buena parte de los deportados no regresaron a Palestina cuando ello fue posible. En los archivos de Murashu, documentos contables de una rica familia babilónica, figuran numerosos judíos como activos partícipes de la vida comercial, lo que avala la relativa prosperidad de que gozaron los judíos en Babilonia. La imagen del desterrado cortesano que aparece en el libro de Daniel bien puede ser acorde con la realidad de los hechos.

Precisamente la prosperidad, enemiga siempre de la lucha, provocó serios riesgos de asimilación. La decepción por la derrota contrastaba con la bonanza económica y hacía peligrosamente atractivo un culto deslumbrante representado visualmente en una magnífica arquitectura y sostenido por hermosos poemas fundacionales que transmitían una seductora magnífica imagen de poder.

4. Si me olvido de ti, Jerusalén (Sal 137, 5)

La tentación de la apostasía arreciaba y la lejanía, física y espiritual, de un templo destruido contribuía a ello. Aunque la convivencia permitiese cierta cohesión (y control) de los fieles, se hacía urgente dar respuesta a las lacerantes preguntas sobre las causas del desastre y dotar a los creyentes de un soporte válido para resistir firmes a los encantos de Babilonia. Volver la mirada a Jerusalén y alentar la espera.

En gran medida esta tarea recayó sobre los responsables de la situación: las clases gobernantes y los consejeros y funcionarios de corte, representantes todos ellos de la doctrina "oficial". De su esfuerzo por explicar el fiasco de la teología nacionalista surgirá la corriente deuteronomista, que será uno de los soportes principales del nuevo Israel.

El primer asidero para comprender la catástrofe se encontrará en las profecías de condenación del periodo pre-exílico. Históricamente, la corriente profética de condenación estuvo relegada al papel, casi subversivo, de crítica necesaria de la teología monárquica oficial. El profeta se transforma en la memoria colectiva en el único representante legítimo de Yahveh, por encima incluso del rey.

Los oráculos que fueron recitados de modo oral por un individuo al margen de la doctrina oficial, resuenan ahora con renovado vigor y son recogidos en el culto y fijados literariamente. La reelaboración y organización de los mensajes proféticos tienen un claro objetivo pedagógico: colegir de los errores del pasado las causas del presente desastre para reorientarse en un camino que evite en el futuro parecidas consecuencias. En el horizonte del destierro, ante la amenaza de apostasía, el acento de la reflexión sobre el mensaje profético se pone en la crítica a todo sincretismo, con lo que se rechaza toda posibilidad de que la derrota sea interpretada como resultado del castigo al culto exclusivo a Yahveh.

En esta encrucijada de la historia, los círculos deuteronomistas, herederos de la reforma de Josías, hacen hincapié en aquellos aspectos que aluden a ese culto exclusivo a Yahveh: prohibición de otros dioses e imágenes, centralización del culto, prohibición de todo culto ajeno, en particular los rituales mánticos. Una vez más el énfasis en el primer mandamiento no es sino el contrapeso al sincretismo emergente entre los desterrados: ha sido precisamente el culto a dioses extraños, supuestamente vencedores, lo que ha conducido al pueblo a la situación en que se encuentra. Y para demostrarlo realizan un repaso retrospectivo por toda la historia de Israel.

La historiografía deuteronomista tenía que explicar por qué habían sido expulsados de "la tierra que Dios había prometido dar a nuestros padres". Por ello la obra comienza, justo en las vísperas de la entrada en Canaán, con un largo discurso de Moisés que, a modo de clave de interpretación, enuncia las condiciones en que ese don se realiza: la permanencia en la tierra está vinculada al cumplimiento de la ley, particularmente del primer mandamiento.

Sentada esta premisa en el libro del Deuteronomio, el resto de la historiografía deuteronomista, recogida en los libros de Josué, Jueces, 1/2 Samuel, 1/2 Reyes, se consagra a revisar la historia emitiendo un juicio desde estos presupuestos. Acontecimientos que en su momento tuvieron pleno sentido son leídos a la luz de la presente situación, y recreados y reinterpretados con el propósito de justificar por qué el desarrollo de la historia abocó a tan trágico fin. El yahvismo se reformula en el exilio y se proyecta retroactivamente a momentos pasados confiriendo un valor nuevo a hechos pretéritos. Como muestra, un botón: cuando Jeroboam, al separarse de Judá, eleva a la categoría de santuario real los santuarios de Betel y Dan en ambos extremos del nuevo reino, tan sólo seguía una práctica habitual de adoración a Yahveh en santuarios locales. Y los toros de bronce que allí erigió no eran representaciones idolátricas de divinidades extrañas, sino muy probablemente un estrado en el que Yahveh ponía sus pies, función muy parecida a la que en origen debió tener el arca de Jerusalén. Visto por la escuela deuteronomista, el episodio es "la madre de todas las desgracias", el pecado original que introdujo la semilla del mal y acarrearía la destrucción del Reino del Norte.

No es que deliberadamente se deforme la historia, es que se reinterpreta a la vista de las trágicas consecuencias en busca de explicación. Consiguientemente, y en conclusión, la destrucción de Samaría y Jerusalén, juntamente con el destierro, no son más que el justo castigo merecido por Israel a causa de sus incontables pecados. La historiografía deuteronomista es una larga confesión del pecado. Si perdieron la tierra fue porque reyes y súbditos, a pesar de avisos y advertencias de los profetas, se apartaron del camino señalado en la ley (Dt 29, 23-27).

Además de entender el porqué de su situación, el pueblo necesitaba para sobrevivir afirmarse en su propia tradición frente a tradiciones ajenas. Perdidas todas las instituciones anteriores, a falta de un templo, hubo que crear nuevas señas de identidad que los identificasen como comunidad en medio de los pueblos paganos. Los sacerdotes fueron el principal elemento vertebrador de la reorganización social y religiosa de la comunidad. Adoptaron ritos, fiestas y costumbres de la tradición y les dotaron de un nuevo significado. Las antiguas prácticas familiares se convirtieron en un vehículo de expresión de la nueva religiosidad oficial (circuncisión y normas dietéticas) y antiguas fiestas cultuales se transformaron en ritos familiares (sábado y Pascua).

Veamos por temas este proceso de transformación.

La circuncisión fue probablemente el primer rito sustitutorio introducido como nueva seña de identidad. Originalmente la circuncisión debió de consistir en un rito apotropaico en conexión con la iniciación a la edad adulta o al matrimonio. No era un uso exclusivo de Israel, pero no era practicada por los babilónicos. Por ello en el destierro, a falta de Estado, se transforma para Israel en signo de alianza entre Dios y el pueblo. Para resaltar esta reafirmación, el rito se traslada al momento del nacimiento, convirtiéndose en toda una confesión de fe.

Es probable que en un contexto extranjero se acentuasen las costumbres alimenticias propias como un signo diferenciador (Dn 1, 8-16). Aunque desconocemos cuál fuera el origen preciso de las normas dietéticas observadas por el judaísmo, resulta verosímil pensar que toda la reglamentación sobre la pureza e impureza de los alimentos, así como las normas para su preparación, provengan de este periodo.

La observancia del sábado, signo de consagración del tiempo a Dios, se convierte en un rito sustitutorio del culto. Es probable que existiera un día semanal de descanso en las faenas agrícolas, pero no parece que tuviera especial significado religioso. La pérdida de instituciones durante el exilio confieren al sábado una dignidad cultual y, en su justificación última, se vinculó con el poder creador de Dios que con esta práctica marca a su pueblo y lo diferencia de los adoradores de falsos dioses.

Durante la reforma deuteronomista la fiesa de la Pascua, de honda raigambre y larga tradición familiar, se había convertido en una fiesta de peregrinación que expresaba la identidad nacional en torno a Yahveh. Tras la destrucción del templo se hizo imposible este tipo de celebración colectiva solemne, por lo que se recuperó el antiguo ámbito familiar confiriéndole un valor casi litúrgico e nel que el oficiante era el cabeza de familia. El vínculo de esta fiesta con los acontecimientos del éxodo ayuda a avivar la esperanza del pueblo en un nuevo retorno.

Como atestigua Ezequiel, la comunidad se congregaba en asambleas posiblemente para leer y reflexionar sobre los antiguos textos. Quizá en este ámbito se practicaron algunos ritos que no necesitaban templo: ayunos, plegaria, ritos de purificación en los que interviene el agua (Sal 137).

Los sacerdotes, al reafirmar al pueblo en la propia tradición, contribuyeron a fortalecerlo en la fe. Pero también hubo que hacer frente a la seducción que Babilonia provocó en los judíos. Para contrarrestar este influjo, los sacerdotes desarrollaron una historiografía "competitiva" que resaltará la omnipotencia de Yahveh. Utilizando el mismo lenguaje y manipulando los mismos tópicos, la historiografía sacerdotal revisa la historia de Israel y polemiza contra aquellas tradiciones foráneas, dotando al mismo tiempo de soporte teórico a las nuevas instituciones. Así, si el arca en la que Atra Asis consigue salvarse del diluvio tenía siete plantas como los zigurats, la de Noé sólo tiene tres, a imagen del templo de Salomón, único santuario del que proviene la salvación. En el episodio de la torre de Babel, el polemista israelita juega con el significado de las palabras y lo que fuera la "puerta de los dioses" (Bab-ilu en acadio) lo troca en fuente de toda "confusión", que es su significado en hebreo. El relato sacerdotal de la creación es un magnífico exponente de alusiones desafiantes a los mitos babilónicos:

- Al igual que Marduk, también el Dios de Israel crea separando.

- Si en la tradición del Enumah Elish Marduk se ha de enfrentar con dioses iguales o superiores a él, en Génesis todo queda sometido bajo el poder de Yahveh. El sol y la luna carecen de categoría divina, ni siquiera se les menciona por su nombre para evitar confusión. Sólo son lumbreras, término extraído del lenguaje ritual que alude a las lámparas que arden en el templo. De la Tiamat primordial no hay más que un remoto vestigio en la palabra tehom, "abismo".

- Los judíos han de observar el sábado porque Dios creó el mundo en seis días y tmabién Él descansó en el séptimo.

La historiografía sacerdotal, como la deuternomista, también repasa la historia reelaborándola según sus premisas y transmitiendo una imagen del pasado "retocada" en base a sus presupuestos doctrinales.

Con el paso de los años, la aparición en la escena internacional hacen albergar nuevas esperanzas que son recogidas y alentadas por los profetas exílicos de salvación: Ezequiel y Deutero-Isaías.

Ezequiel es consciente de la culpa colectiva. El pueblo ha de aceptar la responsabilidad de su conducta, aunque, en el futuro, cada uno rendirá cuentas de sus propias acciones. Ezequiel denuncia abiertamente a los culpables de la catástrofe: los poderosos. Dios ha rechazado a los antiguos dirigentes y el culto estatal.

El profeta o grupo profético que se acoge al "patronazgo" del Isaías histórico aprendió de él que Dios rige la historia según un plan misterioso, con periodos de juicio y salvación en los que en ocasiones utiliza potencias foráneas para guiar a su pueblo. A la luz de esta teología, el Deutero-Isaías interpreta la inminente y sorprendente victoria de Ciro como una intervención de Yahveh en favor de su pueblo. Es Yahveh quien suscita a Ciro y lo llama para cumplir su plan (Is 44, 28).

Para evitar toda tentación de apostasía, el profeta reprocha al pueblo su ceguera por no reconocer en los acontecimientos la mano de Dios. Recogiendo como los deuteronomistas la tradición profética preexílica, también el Deutero-Isaías entiende que la catástrofe nacional es la justa consecuencia del pecado. Si Yahveh ha sido quien ha castigado a su pueblo por mano de Babilonia y ahora, con Ciro, provoca un cambio de todo el orden internacional sólo por salvarlo, es porque Él es el único Dios y Él es quien gobierna los destinos de los pueblos (Is 45, 21).

5. Traeré a mis hijos de lejos (Is 43, 6)

La conquista de Babilonia por Ciro en el 539 a. C. fue saludada por propios y ajenos como una liberación. Político extremadamente hábil, el soberano persa adoptó una política de pacificación del imperio permitiendo a cada pueblo conservar sus propias tradiciones religiosas, que serían asumidas por el poder central como norma legal válida. También permitió el regreso de los deportados a sus territorios, entre ellos a los judíos.

En el año 538, un primer grupo acaudillado por Sesbasar retorna a Judá con el propósito de reconstruir el templo y la comunidad. Pero Israel no pudo restaurar su identidad según el esquema preexílico sino sometido a la autoridad del poder imperial persa. A partir de ese momento se planteaba una nueva situación:

- De un lado, la tutela persa sobre la nueva realidad emergente planteaba, en particular a los grupos más "nacionalistas", la cuestión de si la fidelidad permanente a las autoridades persas no era un precio demasiado alto.

- Por otro lado, la completa desolación y la ruina económica de Palestina (Ag 1, 6.9-11; Zac 8, 10) no hacía especialmente atractivo el nuevo proyecto.

- Incluso para aquellos que habían permanecido en Judá, la perspectiva del regreso de desterrados tampoco reportaba ningún beneficio: reclamarían sus antiguas propiedades y reivindicarían su antigua situación de dominio.

Por todas estas razones, tras el primer intento con Sesbasar, el regreso no fue inmediato y sólo en el 520, unos 18 años después del decreto, un grupo importante decidiría asumir después del decreto, un grupo importante decidiría asumir el riesgo del retorno para concluir la obras del Templo. No fue menor el peso que en esta decisión tuvieron las revueltas que se produjeron en Babilonia al principio del reinado de Darío. La voluntad de Darío al promover este segundo y más importante retorno era pacificar de modo permanente la conflictiva zona occidental del imperio y abrir el camino hacia Egipto. Por esta razón concitó los intereses de aquellos que mantenían una esperanza nacionalista implicando en la misión a Zorobabel, presentado continuamente por las fuentes bíblicas como "hijo de Sealtiel" (Esd 3, 2.8; 5, 2). Según 1 Cr 3, 17, Sealtiel es el hijo mayor de Joaquim, el rey de Judá deportados a Babilonia. Es evidente que para muchos judíos Zorobabel representaba al descendiente legítimo de la dinastía davídica.

Es muy posible que la presencia de un descendiente de la dinastía davídica en una situación de descontrol del poder central excitase las esperanzas proféticas de reconstrucción encarnadas por los profetas Ageo y Zacarías. La edificación del nuevo templo, siempre representación de la identidad nacional ligada a la tradición monárquica, pudo alentar la ilusión de un reino independiente, lo que pone en evidencia la debilidad del acuerdo con el poder persa. La situación de rebeldía hizo necesaria la presencia del sátrapa Tatnai para poner las cosas en su sitio (Esd 5, 3-17). Aunque permite la continuación de las obras de restauración del Templo, la única condición que pudo imponer el representante de la autoridad central para que el Templo siguiese adelante fue que Zorobabel fuese relegado y que la profecía cesase. En este fracaso de la profecía y su desplazamiento a corrientes periféricas descansa en última instancia el surgimiento de la corriente apocalíptica.

Una vez más, la profecía, tanto la de Ageo y Zacarías como la profecía de salvación exílica, ha quedado incumplida. Ante el nuevo fracaso, es socialmente relegada a una posición marginal y, en consecuencia, progresivamente escatologizada. Los círculos profético-visionarios que se aglutinan en torno a esta corriente rechazan la posibilidad de que la prosperidad futura pase por un programa de restauración política nacional y, pintando con negros tonos la situación presente, desplazan sus esperanzas a un futuro en que llegará la definitiva actuación divina.

Frente a ellos, los círculos teocráticos sacerdotales, preocupados por la continuidad de las instituciones y por la salvaguarda de la doctrina tradicional, tomarán el testigo de la reconstrucción de la comunidad. Tras la inauguración del templo (515 a. C.), dos fueron los grupos que se encargaron de reconstruir la comunidad en lealtad consciente al poder persa:

- los sacerdotes interesados en reinstaurar un culto del que eran responsables autónomos, al margen de la supervisión real;

- los líderes legales administrativos que, fracasada la esperanza de una restauración monárquica, aspiraba a una especie de auto-administración "democrática".

Esta coalición tendrá que lidiar -a veces acaudillará- los movimientos de rebelión contra el poder persa favorecidos por los momentos de inestabilidad tras la muerte de Darío en el 486 a. C. Las quejas de los samaritanos reflejadas en los libros de Esdras y Nehemías habría que interpretarlas en este contexto. Durante el reinado de Artajerjes I (464-424), le llegan al rey serias protestas de las autoridades de Samaría acerca de los judíos de Jerusalén, que reconstruyen las murallas y la ciudad (Esd 4, 7). Esta actividad es considerada como un intento de rebelión para conseguir la independencia. Artajerjes ordena que cesen los trabajos inmediatamente.

6. Los mandamientos que el Señor, tu Dios, te da (Dt 6, 1)

En este contexto, y dejando a un lado los graves problemas cronológicos que plantea, la misión de Nehemías y Esdras habría que interpretarla como el esfuerzo de Artajerjes por reforzar la coalición filopersa gobernante frente a las corrientes independentistas. Se persigue garantizar y renovar la lealtad al imperio persa granjeándose el apoyo de los dirigentes el apoyo de los dirigentes de la comunidad en el destierro y aumentando las concesiones autonómicas de Judá.

Durante su primera misión, que pudo desarrollarse entre el 445-433 Nehemías reconstruye las murallas (Neh 2, 11-4, 17; 6, 1-16); a pesar de la reticencia de la población a ocupar una ciudad en ruinas, repobló Jerusalén (Neh 7, 4-5; 11, 1-2), trasladando por decreto al 10% de las familias que vivían en el campo. Y con ello eleva a Judá a la categoría de provincia, librándose de la dependencia de Samaría. En la segunda misión (430 a. C.), como representante del poder civil se ocuparía de la organización del culto en el Templo.

La misión de Esdras vino a completar en cierta medida el primer ciclo de reorganización del pueblo. Enviado por el rey persa, recibe la misión de "ver cómo se cumple en Judá y Jerusalén la ley de tu Dios, que te han confiado" (Esd 7, 14). Bajo su impulso, como representante de la autoridad persa, se crea la Torah. Las tres corrientes que surgieron en el exilio (deuteronomista, sacerdotal y profecía de salvación) pugnan, tras el retorno, por imponer su pensamiento doctrinal como soporte de la comunidad restaurada. Sin embargo, ninguna de las minorías intelectuales que las sustentan tenían poder suficiente para hacer triunfar su concepción. Ya que la reconstrucción de la monarquía como elemento aglutinador era imposible, se hizo necesario un diálogo en busca de un consenso.

El texto actual de la Torah es un desarrollo interno de Israel que nace como resultado del compromiso entre la teología deuteronomista y la teología sacerdotal. De este modo se asegura la identidad religiosa y la continuidad de la tradición legal de la comunidad sobre la base de los dos grupos dominantes. Por primera vez se creaba, aunque en tensión dialogante entre las dos corrientes, una norma para el nivel oficial de la religión yahvista. Pero no es menos cierto que este compromiso fecundo del que nace la Torah fue alentado por la autoridad persa, que usaría el código religioso como instrumento administrativo de gobierno. "Los mandamientos que el Señor, tu Dios, te da" son en parte el legado de una tradición ancestral que ahora se recopila, enparte formulaciones contemporáneas desde presupuestos teológicos bien definidos, y en parte resultado del diálogo con un segundo "señor" que delega una autonomía tutelada.

El desierto y el primer retorno, contrariamente a lo que se pensó durante siglos, fueron épocas extraordinariamente fecundas en las que se forjaron la mayor parte de los libros bíblicos. La impresión que dé la historia sagrada surge, para bien o para mal, como resultado de los "filtros" ideológicos de esta época. Tenerlo presente ayudará a entender mejor cuánto de añadidura de esta época hay en los textos.

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